Recordando a Clark Ashton Smith

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Nació el 13 de enero de 1893, en Long Valley. Artista polifacético, escritor, dibujante, pintor de lo insólito, Ashton Smith es, junto con Lovecraft, el más dedicado a lo remoto de su generación. Este autor californiano se complace en evocar paisajes de pesadilla más allá de cualquier frontera terrestre. Sus relatos, que se refieren a otras dimensiones, universos o eras de la Tierra fueron muy apreciados por el creador de los Mitos de Cthulhu, que no duda en situarlo entre los más grandes. De él toma al dios negro Tsathoggua y la primordial Hiperbórea. Clark Ashton Smith, conocido como el mago de Auburn, localidad donde nació, inició su carrera como escritor de lo terrorífico con La abominación de Yondo, difundida en 1925. Muy pronto, Lovecraft comenzó a cartearse con el joven autor. Por su parte, el de Providence le propuso -o favoreció- que publicara en la revista Weird Tales, donde remitió tres poemas que aparecieron en 1926. Entre 1929 y 1937 Smith conoció su etapa de mayor producción. Escribió alrededor de cien historias y novelas y se carteó con Robert E. Howard, creador de Conan. El suicidio de este último en 1936 y la muerte de Lovecrat en 1937 le sumieron en una profunda desesperación que sólo le permitió escribir otros doce relatos hasta 1961. Durante todo ese tiempo, Clark Ashton Smith decidió centrarse en la pintura, la poesía y la escultura. En todos aquellas formas de percibir el arte, disfrutó de los valores que tiempo antes habían establecido los simbolistas franceses. Para este autor, Baudelaire había, una vez más, impuesto definitivamente sus cánones, por lo que en toda su obra predominaron la estética de lo grotesco, el mal hecho arte, el desafío a lo moralmente apropiado, en definitiva, la huida de los espacios comúnmente aceptados. Ashton Smith murió en 1961.

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La desolación de Soom

Se dice que el desierto de Soom se extiende en un extremo del mundo, de difícil situación geográfica, entre tierras casi desconocidas y otras inimaginables. Los viajeros le tienen miedo porque sus arenas desérticas y movedizas no tienen oasis; además, cuenta la leyenda que allí habitaban horrores indescriptibles. En este sentido, existen numerosos relatos, cada cual distinto. Algunos dicen que no es ni visible, ni audible, y otros dicen que se trata de una mera quimera de muchas cabezas, cuernos y rabos, y una lengua cuyo sonido es semejante al tañido de las campanas en auditorios abovedados durante algún funeral solemne. Todas las caravanas y aventureros solitarios que regresaron de Soom contaban relatos extraños; otros ni pudieron regresar siquiera, y hubo incluso quien se volvió completamente loco a causa del terror y el vértigo provocados por un espacio infinito y vacío… En efecto, eran muchos los relatos que existían en torno a un ser que espiaba furtivamente, o a todo un ejército de mil diablos; se hablaba de algo que se escondía aguardando detrás de las dunas movedizas, o de algo que rugía y susurraba desde la arena o desde el viento, o se mueve invisible en un silencio opresor, o cae desde el aire como un insecto aplastante, o bosteza abriéndose como un pozo repentinamente ante los pies del viajero.
Pero hace mucho tiempo existió una pareja de amantes que llegaron al desierto de Soom y cruzaron las estériles arenas. Desconocían la existencia del mal por aquellos parajes, y como habían encontrado un acogedor edén en sus respectivos ojos, es posible que no se dieran cuenta de que atravesaban un desierto. Y entre todos los que se atrevieron a pisar la temible desolación fueron los únicos que no regresaron con una nueva historia sobre algo terrible, sobre algún horror que los hubiera seguido o espiado, algo visible o invisible, audible o inaudible. Para ellos no hubo ni quimeras de múltiples cabezas, ni pozos bostezantes, ni insectos monstruosos. Además, nunca pudieron comprender las historias que les relataron caminantes menos afortunados.

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Las estatuas de la noche

Limitadas por un horizonte lejano, que desde cierto punto se encuentra muy remoto y parece fundido con la brillantez azul de un cielo metálico, contrastan el negro esplendor de sus formas marmóreas con el insuperable resplandor del sol. Construidas en el amanecer de los tiempos, por una raza cuyas tumbas en forma de torre y ciudades de altas cúpulas constituyen ahora un solo polvo con el de sus constructores en las lentas evoluciones del desierto, permanecen en pie para contemplar los terribles amaneceres postreros, que surgen en otros países, consumiendo los velos de la noche en las desolaciones infinitas. Al mismo nivel de la luz, sus ceños temibles conservan el orgullo de los reyes Titánicos. En sus ojos de mirada pétrea, implacables y sin párpados, se refleja la desesperación de quienes han contemplado el infinito durante demasiado tiempo.

Mudas como las montañas de cuyo seno metálico surgieran, sus labios nunca han reconocido la soberanía de los soles que en llamarada triunfante cabalgan de horizonte a horizonte por la tierra subyugada. Únicamente al atardecer, cuando el oeste arde como un horno gigantesco, y las lejanas montañas lanzan chispas doradas a las profundidades de los cielos caldeados -únicamente al atardecer, cuando el este se hace infinito e indefinido, y las sombras del desierto se mezclan con la sombra de la noche hasta formar una sola-, entonces, y sólo entonces, surge de sus gargantas pétreas una música que se eleva hacia el horizonte cobrizo; es una música fuerte y triste, extraña y de gran sonoridad, como el canto de las estrellas negras, o la letanía de dioses que invocan olvido; es una música que enternece al desierto llegando hasta su corazón de roca, y que retumba en el granito de tumbas olvidadas, hasta que los últimos ecos de su alegría, cual trompetas del destino, se unen al negro silencio de lo infinito.

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SELECCIÓN DE POEMAS

El Canto Del Los Seres Libres

Gato montés, hermano del alma,
indómito seas, sin cadenas;
no sigas senda alguna de los hombres,
y hazte fuerte en vistillas y malezas.
Halcón del cielo, compañero alado,
salvo para cazar, nunca desciendas;
y como en una atalaya, anídate en riscos
que circunden anchas torrenteras.
Gran cárabo, noctámbulo conmigo,
en claustro cavernoso de cipreses,
vela los secretos escondidos
a quien no ve la luz en las tinieblas.

¿Dónde Duermes, Eldorado?

Vida mía, en tu alteza
Nunca olvides nuestro amor;
En tu dulce gentileza
No rechaces mi dolor.
Por siempre desterrado
De las playas del placer
Y de la magia del ayer.
¿Dónde duermes, Eldorado?
Nunca olvides este amor
En las tardes más triunfales…
Y recuerda el gran calor
Y los altos robledales;
Y recuerda nuestro mar
Soñoliento en la lejana
Dicha de una edad pagana…
No rechaces mi pesar.

Lo Ignoto

Las bóvedas del tiempo y del abismo
no conocen otro ejemplar de tu beldad;
y ningún escultor es capaz de cincelar
la esencia de tu forma y de tu faz.
Atraídos por un engañoso magnetismo,
buscamos y no hallamos tu fugaz
palacio… y el farol del ocultismo
no te ha revelado en tu magnitud.
¿Te escondes en la noche estrellada?
¿o moras en el átomo profundo?
¿Descubierta, serás pira humeante?,
¿o llama nueva de un mundo inaudito?…
¿o luz del cielo en faros terrenales?…
¿o fuego fatuo de los tremedales?

La Isla Del Naufrago

Huérfano de naufragio
estoy en una tierra sin jardín,
sin campos cultivados,
una isla que el volcán ha desolado
en parte, y los salvajes han invadido,
dominando ahora su mitad mayor,
las frutas y el pescado son su botín.
Ellos me sitian y me retienen
lejos de los bananos y del mar:
En este lugar
no tengo más que la desnuda roca,
en donde crecerán
un día los líquenes, cuyas hojas
mañana tras mañana no pueden
marchitar…
Ninguna vela
blanquea los verdinegros mares…
¿En tal islote,
puedo sobrevivir con los otros insulares?

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Memoria Roja

Este recuerdo vuelve todavía
de un jardín de amaranto más retinto:
los lagos del ocaso, coloreando
mi desvarío como un vino tinto;
y los rubíes, hundidos talismanes,
en tus profundos ojos de jacinto.
Un esplendor de bermellón bañaba
las hiedras y las flores fúnebres;
y de tus labios yo bebí la sangre
que de un dios manaba fuera del ciprés;
y de mi corazón llovía la vida,
la esencia de sanguinos árboles…
Pero la noche vino a apagar
los mágicos rubíes y el fuego rojo
con el licor del dios… En vano busco
aquella claridad en cielo y ojos…
hallando ya en símbolos y palabras
la orilla del río Leteo y flojo.

Los Poetas

Somos los dueños
De todos los sueños
De la noche o del día.
Y siempre entonamos
Esta melodía:
El mundo es el suyo,
El sol es el tuyo,
La luna es la mía.

Dos Mitos Y Una Fábula

¿Dónde vais, guerreros orgullosos,
con cotas fulgentes como la luna?
– Salimos a matar al Basilisco,
en simas que sólo sus ojos alumbran.
¿A dónde vais, valientes marineros,
en un bajel tintado con los colores del otoño?
– Navegamos en busca de la verdina ribera,
postrer asilo de los Unicornios.
¿A dónde vais, innominados brujos,
con mantos más bermejos que el ocaso?
– Vamos a hallar de Salomón las Clavículas,
y a liberar a los genios encerrados.

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