{Reseña} E. M. Forster: La Máquina se para (Ediciones El Salmón)

Pocos lectores conocíamos que el famoso autor de novelas de éxito como Una habitación con vistas, Howards End o Pasaje a la India, había incursionado en la literatura de anticipación con La Máquina se para (The Machine Stops), un breve relato o nouvelle publicado en 1909 en The Oxford and Cambridge Review. Posteriormente Forster lo incluyó en The Eternal Moment and Other Stories (1928).

La novela relata la historia de una madre y un hijo —Vashti y Kuno— que viven en un mundo futuro donde la gente vive en celdas individuales subterráneas y que cubren todas sus necesidades gracias a una máquina que lo abarca todo. Se trata de un mundo en el que viajar no es habitual, los habitantes se comunican a través de pantallas de video y la gente se ha vuelto tan dependiente a la Máquina que han comenzado a adorarla como si se tratara de un dios. En un final apocalíptico, la máquina va dejando de funcionar hasta el colapso total, ya que ningún humano conoce su funcionamiento ni puede repararla. Tan sólo queda la esperanza de que existan habitantes en la superficie del planeta que han escapado de la artificiosidad de esa sociedad. El escepticismo de Forster con el abuso de la tecnología es evidente y contrasta con algunos adalides de la sociedad positivista y tecnológica como H.G. Wells. Forster no entra —es imposible en tan pocas páginas— en describir los orígenes de la Máquina ni la génesis de esa estructura social. Se centra en sugerir la deshumanización que se origina al subordinar todos los aspectos de la vida a la automatización.

“La ciencia, en lugar de liberar al hombre —los griegos estuvieron cerca de hacerlo— lo está convirtiendo en esclavo de las máquinas […] El ser humano tal vez obtenga un alma nueva y quizá de mayor grandeza bajo estas nuevas condiciones. Pero almas como la mía serán aplastadas.” Diario de E. M. Forster

Es una pena que Forster no desarrollara este magnífico argumento escribiendo una obra de mayor amplitud, ya que seguramente hubiera sido una  de las mejores novelas de anticipación de la historia. Con todo, La Máquina se para es un relato esencial para los aficionados a la literatura distópica y la ciencia ficción. Un gran acierto de Ediciones El Salmón. Totalmente recomendable.

Puntuación: 5 (de 5)
Ediciones El Salmón (2016)
Prólogo y traducción de Javier Rodríguez Hidalgo
86 págs.

 

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«Nadie confesaba que la Máquina era incontrolable. Año tras año se la servía con más eficacia y menos inteligencia. Cuanto mejor conocía un hombre sus obligaciones respecto a ella, menos comprendía las de su vecino, y no había en todo el planeta un solo cerebro que comprendiera el monstruo en su conjunto. Esas mentes privilegiadas se habían extinguido. Habían dejado instrucciones completas, cierto es, y cada uno de sus sucesores había llegado a dominar un fragmento de esas instrucciones. Pero la Humanidad, en su deseo de comodidades, había excedido sus límites. Había sobreexplotado las riquezas de la naturaleza. Con calma y satisfacción, iba hundiéndose en la decadencia, y el progreso había acabado significando progreso de la Máquina».

Publicada en 1909, desde entonces La Máquina se para ha sido ampliamente considerada en el mundo anglosajón como una de las mejores distopías tecnológicas. El libro no trata sólo de individuos productores de ideas de 140 caracteres, atrincherados en sus hogares y ensimismados ante sus pantallas: es también una reflexión doliente sobre la desaparición de la belleza y de la sensibilidad que la sociedad industrial está eliminando. (Sinopsis de la editorial)

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E. M. Forster (1879-1970), novelista y escritor inglés, famoso por obras como Una habitación con vistas, Howards End o Pasaje a la India y por las películas homónimas que inspiraron. Sus novelas no son sólo sátiras de esa clase media inglesa en una busca —a menudo infructuosa— de la autenticidad, la belleza y la sencillez humana, valores que da por perdidos en su avanzado país y que espera encontrar en regiones menos desarrolladas del planeta. Muchos de los personajes de sus narraciones más «realistas» se ven asediados por el deseo de apreciar y comunicar la belleza que la sociedad industrial está eliminando. Su obra se basa sobre todo en la aspiración, a veces frustrada, de comprender la complejidad del mundo y de aceptar lo que es diferente, pero sin disolverlo en la relatividad; de ahí el famoso epígrafe de Howards End, «Only connect…».

 

 

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