{Reseña} Alfonso Reyes: El plano oblicuo (Editorial Drácena)

Borges escribió que Quevedo no fue inferior a ningún gran escritor, pero no dio con una obra capital que se apoderara de la imaginación de los lectores. Esto mismo cabe señalar de Alfonso Reyes, autor de una amplísima obra (editada en veintisiete gruesos volúmenes por Fondo de Cultura Económica), pero que no consiguió —probablemente tampoco lo intentó— un título deslumbrante que le concediera el conocimiento y la fama que merece. No son muchas las obras sueltas de Alfonso Reyes que tenemos actualmente disponibles, de ahí que esta apuesta de Editorial Drácena con El plano oblicuo es digna de agradecer.

El plano oblicuo es un libro de cuentos escritos entre 1910 y 1914 y publicado en Madrid en 1920. Es su primera gran obra de ficción (aunque para Reyes el concepto de ficción incluía casi todos los géneros que cultivó), con un pie en el Modernismo y otro pie en las vanguardias que se vislumbraban. En estas piezas Reyes muestra una imaginación desbordada, que antecedió por mucho a varios de los cuentos más famosos de la literatura hispanoamericana. Son una muestra de su portentosa prosa, unida a su fina ironía y su erudición amable, y en ellos, la gracia, agilidad y elegancia constituyen una delicia para el lector. Se trata de narraciones muy variadas entre sí que transitan del costumbrismo al cosmopolitismo, del lirismo a la ironía, de la fantasía al mundo helénico. Algunos de estos relatos son considerados, dentro de la historia de la literatura mexicana, como precursores del surrealismo literario y del realismo mágico.

Entonces, para disponer mi ánimo, retrocedí hacia los motivos de mi presencia en aquel lugar. Por la mañana, el correo me había llevado una esquela breve y sugestiva. En el ángulo del papel se leían, manuscritas, las señas de una casa. La fecha era del día anterior. La carta decía solamente:

«Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche. ¡Ah, si no faltara!…»

***

Nos sentamos bajo el emparrado. Las señoras comenzaron a decirme los nombres de las flores que yo no veía, dándose el cruel deleite de interrogarme después sobre sus recientes enseñanzas. Mi imaginación, destemplada por una experiencia tan larga de excentricidades, no hallaba reposo. Apenas me dejaba escuchar y casi no me permitía contestar. Las señoras sonreían ya (yo lo adivinaba) con pleno conocimiento de mi estado. Comencé a confundir sus palabras con mi fantasía. Sus explicaciones botánicas, hoy que las recuerdo, me parecen monstruosas como un delirio: creo haberles oído hablar de flores que muerden y de flores que besan; de tallos que se arrancan a su raíz y os trepan, como serpientes, hasta el cuello. (La cena)

La cena es la narración más justamente famosa del libro, que ha sido incluida en multitud de antologías. En este cuento, el sueño y la realidad, así como las dimensiones temporales y espaciales, se confunden en una experiencia irracional, onírica y mágica. La riqueza de símbolos y referencias literarias que Reyes teje a lo largo de esta historia son una característica de esta pieza fundacional de la literatura fantástica latinoamericana. La entrevista también participa de ese tono irracional y casi kafkiano que se desarrolla en una reunión intrascendente entre unos amigos. Lucha de patronos es un diálogo entre Eneas y Odiseo. Diálogo de Aquiles y Elena y Los restos de un incendio nos llevan de nuevo al mundo clásico, tan querido y estudiado por Reyes. En el resto de las piezas, de temas más realistas, la mezcla de inteligencia y fino humorismo llega a cotas insuperables.

El plano oblicuo es un libro importantísimo y esencial de uno de los maestros de nuestra lengua. Por si fuera poco, la edición de Drácena es inmejorable. Absolutamente recomendable.

Puntuación: 5 (de 5)
Editorial Drácena (2017)
Colección: Singulares, 3
Prólogo: Antonio Colinas
103 págs.

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El plano oblicuo es un homenaje al que, según Borges, «es el mejor prosista en lengua española del siglo XX», pues no solo es el primer libro de relatos de Alfonso Reyes sino, además, fue editado en España, durante aquel decenio de 1914 a 1924, cuando Reyes se instaló en Madrid y trabajó al amparo de Menéndez Pidal en el Centro de Estudios Históricos. Un tiempo que dejó una profunda huella en su obra, casi tanta como él en los literatos del momento. Baste recordar aquí su homenaje a Mallarmé en el Real Jardín Botánico de Madrid, al que acudieron Ortega y Gasset, Antonio Marichalar, Eugenio D’Ors, José Bergamín, Enrique Díez-Canedo, Mauricio Bacarisse, José Moreno Villa y Juan Ramón Jiménez.

Pues la gavilla de cuentos que constituyen El plano oblicuo son una magnífica, por primeriza, muestra de la insólita y excepcional prosa de Reyes, al punto que como dice Colinas en el prólogo, «me lleva a pensar que estos relatos comparten también las virtudes del ensayo o de la poesía. O de una erudición exquisita… Ese sentido de universalidad de la obra de Reyes que sólo puede sostenerse en una rica cultura y en el don natural de una fecunda expresividad». Para rematarse con «un autor originalísimo y lamentablemente aún por descubrir, entre nosotros los españoles.» (Sinopsis de le editorial)

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Alfonso Reyes nació en Monterrey, el 17 de mayo de 1889, y murió en la Ciudad de México, el 27 de diciembre de 1959. Bastaría con añadir que Borges dijo que era «el mejor prosista del idioma español del siglo XX» para expresar su talla e importancia literaria. Por lo demás, cursó sus primeros estudios en Monterrey y se licenció en Derecho por la Facultad de México en 1913. Para entonces ya había fundado el Ateneo de la Juventud con Henríquez Ureña, Antonio Caso y Vasconcelos, y publicado su primer libro, Cuestiones estéticas, e incluso había sido nombrado secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios, antecedente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde impartía Historia de la Lengua y Literatura Españolas.

En 1913, con la participación de uno de sus hermanos en los gobiernos de Huerta, aprovechó para ingresar en la embajada de México en Francia pero al año siguiente, ante el estallido de la Revolución, tuvo que exiliarse a España, donde residirá hasta 1924. Aquí, trabajó en el Centro de Estudios Históricos bajo la dirección de Menéndez Pidal y comenzó a publicar sus primeras obras fundamentales: El plano oblicuo, Barroco y Góngora, Cartones de Madrid, Visión de Anáhuac, El suicida, El Cazador… Mientras, colaboraba en la Revista de Filología Española, la Revista de Occidente y la Revue Hispanique, y hasta organizó el célebre homenaje de 1923 a Mallarmé, en el Real Jardín Botánico.

En 1924 se incorporó de nuevo al servicio diplomático mexicano en París. En 1927 era nombrado embajador en Buenos Aires, donde trabará amistad con Victoria Ocampo, Xul Solar, Lugones, Borges, Bioy Casares y Paul Groussac, y en 1936, fue embajador en Brasil. Además, en 1939, presidirá la Casa de España en México, fundada por los refugiados de la Guerra Civil, que después se convertirá en El Colegio de México. Mientras, seguirá publicando traducciones, estudios literarios e, incluso, sus títulos de creación que abundan en todos los géneros (poesía, teatro y narraciones) hasta completar una obra colosal y casi inabarcable. En 1940, fue nombrado miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y, luego, su director desde 1957 hasta 1959. En tanto, recibía reconocimientos de su país e internacionales que no hicieron sino confirmarlo como un grande de la literatura.

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