{Reseña} Ernst Jünger: Heliópolis (Página Indómita)

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Ernst Jünger fue una de las figuras literarias más extraordinarias del pasado siglo: en su larguísima vida (murió a los 102 años) tuvo tiempo para alistarse a los 18 años en la Legión Extranjera francesa, fue voluntario en la Gran Guerra (herido siete veces, obtuvo las máximas condecoraciones militares), oficial del ejército alemán en el París ocupado y en el frente oriental durante la Segunda Guerra Mundial, naturalista y entomólogo (descubrió y dio nombre a una mariposa de Pakistán, la Trachydura Jüngeri), filósofo, psiconauta, y, sobre todo, un personalísimo escritor con un puñado de obras magníficas, entre las que se destacan Tempestades de acero (1920), Sobre los acantilados de mármol (1939), Heliópolis (1948), Visita a Godenholm (1952), Las abejas de cristal (1957) y Eumeswil (1977). Figura desconcertante y contradictoria, Ernst Jünger fue, quizás, uno de los últimos artistas europeos poseedores de una personalidad verdaderamente aristocrática.

Heliópolis. Visión retrospectiva de una ciudad es una de las más alegóricas y complejas novelas de Jünger. Tras la “guerra civil universal” del siglo XX, se ha instaurado un Estado Mundial, basado en la tecnología electrónica. Pero tras el retiro del Regente, personaje dotado de gran poder pero extraño, el mundo está dividido en “estados semiautónomos” (a semejanza de los diádocos del mundo helenístico). Existe una disputa entre el Prefecto, cuya Oficina Central representa el poder tecnológico y coercitivo, y el Procónsul, que simboliza la política y la sensatez. En este ambiente se desarrolla la historia del comandante Lucius de Geer, el protagonista (que sirve al Procónsul como consejero y diplomático), que llega a la ciudad de Heliópolis procedente de una misión en las frontera occidental, en las Hespérides. Allí participará en una serie de intrigas políticas, pero hastiado de esa vida abandonará la capital.

Desde la retirada del Regente, el Procónsul y el Prefecto procuraban mantener una política de equilibrio, siempre repetida en situaciones similares. Los dos sabían que el gran golpe sólo podría descargarse una vez y que si se fallaba era inevitable la derrota total. Movían las piezas una a una para ganar tiempo y posiciones. Si el Prefecto se fortificaba en Castelmarino, el Procónsul se apoderaba de Vinho del Mar; si el Prefecto ordenaba el saqueo del barrio parsi, sabía bien que en algunos puntos habría disparos.

***

Lucius se sentía a gusto en la Volière. La altura, el amplio panorama y hasta la luminosidad, por otra parte insólita en el sombrío edificio, le recordaban el país de los Castillos. Se había acostumbrado a vivir aquí cuando se reintegró al servicio. No fue fácil, después de largos años de independencia. El ritmo de su vida se regía por unas costumbres regulares que crean en el hombre soltero una especie de sensación de hogar. Amaba sus libros, sus muebles, sus solitarios paseos y, de vez en cuando, tomar unos vasos en compañía de mentes despiertas, dotadas todavía de capacidad de asombro. Todo ello se daba cita aquí.

***

La caza de la felicidad lleva a las espesuras. Hay que dejar que la felicidad entre por sí misma. No se encuentra a gusto con los impacientes. Es como los preparativos, que son cada vez más bellos. No hay que acelerar el ritmo de la vida, hay que retardarlo, al modo de los ríos que fluyen hacia el mar. A medida que va ganando, con la edad, profundidad y fuerza interior, es capaz de arrastrar consigo oro, navíos y monstruos rientes. Raras veces nos salen al encuentro hombres felices: no quieren llamar la atención. Pero aún viven entre nosotros, en sus celdas y buhardillas, sumidos en el conocimiento, la contemplación, la adoración en los desiertos, en las ermitas bajo el techo del mundo. Tal vez a ellos se deba que nos llegue todavía el calor, la fuerza superior de la vida.

***

Luego volvió sobre la observación de Lucius: “Tiene usted razón: no puede ahorrarse el sufrimiento. El bien no puede alcanzarse sólo mediante la contemplación: debe ser conquistado a través del dolor y las equivocaciones, de la culpa y el sacrificio. Ocurre como en las osadas incursiones del espíritu, que sólo producen fruto cuando son confirmadas por la experiencia.”

Jünger no tiene la intención de escribir una novela de anticipación o futurista, ni de describir minuciosamente una posible sociedad futura; su intención es realizar una reflexión sobre el pasado, el ejercicio del poder y la búsqueda de la libertad individual. Y lo hace con un hermoso lenguaje clásico y un ritmo lento y pausado, característico de la gran literatura centroeuropea del siglo XX. Una prosa más discursiva y reflexiva que narrativa, en la predominan los monólogos y anotaciones de diario sobre los diálogos. Una forma que algunos lectores apresurados juzgarán prolija, pero que yo prefiero sobre mucha de la desmadejada y coloquial escritura actual.

Heliópolis es una obra densa, filosófica, culta, profunda y extraña que no se agota en una única lectura. Todo lo contrario: es una obra que pide varias relecturas sucesivas para poder apreciar la riqueza de sus propuestas. Todo un acierto la recuperación, por parte de Página Indómita, de esta fascinante novela de Jünger. Plenamente recomendable.

Puntuación: 5 (de 5)
Página Indómita (2016)
Traducción: Marciano Villanueva
384 págs.

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Publicada originalmente en 1949, Heliópolis es la primera gran novela escrita por Jünger tras la Segunda Guerra Mundial. Se trata de una distopía que, a la luz de los últimos avances tecnológicos y del retorno del populismo y la xenofobia, resulta extraordinariamente visionaria.

La obra desarrolla el conflicto institucional entre el poder popular de la Oficina Central, que representa una forma de vida totalmente regida por la técnica, y el Palacio, que simboliza la tradición, el perfeccionamiento del ser a través de la disciplina y la cultura. Incapaz de adherirse a ninguno de los dos bandos, el personaje principal se rebela ante el automatismo y busca en lo atemporal el último baluarte de resistencia. (Sinopsis de la editorial).

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Ernst Jünger (Heidelberg, 1895-Wilflingen, 1998), cultivador de la crónica, el ensayo y la novela, soldado en las dos grandes guerras, viajero, psiconauta y hombre de ciencia volcado hacia el estudio de la naturaleza, es una de las figuras más lúcidas y polémicas del siglo XX.

Tras pasar su infancia en Hannover, huye del hogar familiar en 1913 y se alista en la Legión Extranjera francesa. Voluntario en la Primera Guerra Mundial, narra su experiencia en Tempestades de acero (1920), obra que obtiene un éxito inmediato y le vale la fama. En 1923 comienza sus estudios de Ciencias Naturales, y a finales de la década se traslada a Berlín, donde colabora en publicaciones del movimiento revolucionario conservador. Aunque su producción escrita, en especial obras como La movilización total (1930) y El trabajador (1932), suscita el interés de los nacionalsocialistas, Jünger rechaza varias veces la oferta para ocupar un cargo parlamentario y les prohíbe usar su obra con fines propagandísticos. Publica Sobre los acantilados de mármol (1939), su respuesta al totalitarismo, y al estallar la Segunda Guerra Mundial es destinado al mando alemán en París, donde conoce a diversas personalidades de la cultura. La publicación de Jardines y carreteras (1942) le vale la censura por parte del régimen y, tras el atentado contra Hitler en 1944, el mando alemán de París, involucrado en los hechos, es disuelto, y Jünger licenciado del ejército. Para entonces ya ha comenzado a circular de forma clandestina La paz, que se publicará en 1946 fuera de Alemania, ya que inicialmente también el gobierno militar británico de la zona ocupada le prohíbe publicar.

En la década de los 50 se traslada a Wilflingen, en la Alta Suabia, donde vivirá retirado hasta el final de sus días, compaginando la entomología y los viajes por Europa, Asia y África con su actividad como escritor, en la que destacan sus diarios.

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