{Reseña} Rainer Maria Rilke: Historias del buen Dios (Montesinos)

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Rainer Maria Rilke ha pasado a la historia de la literatura como el gran poeta de las letras alemanas. Es cierto que sus más perfectas composiciones se enmarcan en el género lírico, pero asimismo escribió textos en prosa de gran profundidad en la expresión de contenidos, con un rico mundo simbólico, numerosos referentes culturales y una altísima calidad formal. Es, además, un extraordinario representante del relato experimental de su época.

En plena juventud escribe en prosa las Historias del buen Dios (“Geshichten vom lieben Gott”), una colección de trece fábulas o cuentos maravillosos estrechamente relacionados entre sí. El hilo conductor de esos relatos engañosamente humorísticos y casi infantiles es un personaje imaginario, un maestro de escuela que le pide al poeta unos cuentos para contárselos a sus pequeños alumnos. En realidad, Rilke se sintió siempre tímido con los niños y tomó para hablarles el rodeo de esa ficción: “Estas fantasías juveniles —dice Rilke en un comentario escrito veinte años después de publicadas las Historias del buen Dios— se improvisaron por un instinto que, si tuviera que especificarlo más particularmente, podría describir como el propósito de llevar a Dios desde la esfera del rumor hasta el dominio de la experiencia directa y cotidiana; recomendando por todos los medios hacer un uso ingenuo y viviente de Dios, uso que parece haberme sido concedido a mí desde la infancia.” Personajes entrañables y recurrentes a los que el poeta cuenta las historias son Ewald el paralítico, el señor Baum y su propia vecina y, cómo no, el propio Dios.

El señor Baum tenía una manera de someterse a prueba que resultaba un tanto irritante. Me propuse recompensarle con una historia. Y comencé sin más preámbulos:

– Cuando uno pasa por debajo del Ponte di Rialto, al lado de la Fondaco dei Turchi, y pasado el mercado del pescado, se le dice al gondolero: ¡derecha!, y él, algo extrañado, pregunta: «¿Dove?» Uno le insiste en ir hacia la derecha, se espera en uno de los pequeños sucios canales, discute con él, maldice, y se va a través de calles abarrotadas y de negros pasadizos llenos de humo hacia un lugar vacío y abierto. Todo eso, por la simple razón de que ahí es donde ocurre mi historia.

El señor Baum me tocó suavemente el brazo:

– Disculpe, ¿qué historia? -sus pequeños ojos iban de un lado a otro, algo atemorizados.

(de “Una escena del gueto de Venecia”)

La sencillez poética de la prosa rilkeniana expresa la impaciencia del hombre por vivir y la imposibilidad de Dios por sujetarlo con sus manos. Incluso los seres privilegiados, los artistas y los niños son encargados de contar a Dios cómo es el hombre. El tema está tratado con ironía y ternura, pero se refleja con claridad: Dios no es el propietario del hombre. Esta pequeña obra parece ser el resultado efectivo de la honda huella que le provocó su viaje a Rusia. En efecto, en 1897, Rilke conoció a Lou Andreas-Salomé, de ascendencia rusa, y dos años después viajaba con ella a su país natal (allí conoció a Tolstoi y entró en contacto con la religiosidad y la mística ortodoxa). Inspirado por las dimensiones y la belleza del paisaje ruso, así como por la profundidad espiritual de las gentes que conoció, Rilke se formó la creencia de que Dios está presente en todas las cosas, en todos los lugares, en todas las personas.

Historias del buen Dios es un libro realmente bello, que bajo su aparente sencillez y ligereza encierra insospechadas y profundas connotaciones existenciales. Recomendado.

Puntuación: 5 (de 5)
Montesinos (2007, Segunda edición)
Traducción: Miquel Nicolau
120 págs.

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Rilke escribió este libro tras una larga estancia en Rusia, donde visitó a Tolstoi, quien le causaría una gran impresión. Quizá de su influencia, y de las conversaciones con los campesinos, han surgido estas extraordinarias Historias del buen Dios, un libro en el que, a modo de parábolas, trece narraciones bucean en las raíces del ser. El narrador elige como destinatarios de sus historias a distintos personajes: Ewald, un paralítico asomado siempre a la misma ventana, el pedante Baum, su propia vecina o incluso, en la historia final, la oscuridad. Pretende que ellos, a su vez, las transmitan a los niños, quizá los únicos capaces de entenderlas en toda su profundidad. Cada una de las historias puede leerse, en su sentido literal, como fábulas fantásticas en las que la figura de Dios ocupa un lugar preeminente; pero los textos tienen también otra lectura, en la que las cuestiones morales, religiosas e incluso políticas afloran a través de símbolos y sobreentendidos. “Historias del buen Dios” es tal vez el texto en prosa de Rilke de mayor belleza y sensibilidad, y sin duda pide ser leído desde “la oscuridad de los corazones”, ese lugar que, según Rilke, Dios prefiere en lugar de “la clara y fría especulación de los pensamientos”. (Sinopsis de la editorial)

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Tras la ruptura matrimonial de sus padres, Rainer Maria Rilke (Praga, 1875 / Val Mont, 1926) ingresó en la misma Academia Militar en que había estado Musil –y que aparece en Las Tribulaciones del joven Törless– pero pronto comprendió que la carrera de las armas no era lo que mejor cuadraba a su carácter.  Abandonada la Academia, empezó a escribir poemas, y ya a los diecisiete años concluyó Vida y canciones, que sería publicada un año después.

Comenzaba así un trayecto literario que había de acabar constituyéndose en uno de los mayores y más renovadores del siglo; obras como Elegías del Duino o Los sonetos a Orfeo son una extrema y fascinante experiencia del espíritu y cumbres de la lírica del siglo xx.

Pero la talla literaria de Rilke no se encuentra sólo en sus poemas; su obra en prosa es también excepcional. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, la novela autobiográfica Ewald Tragy, los magníficos cuentos de Historias del buen Dios o estos Relatos de Praga no son obras secundarias, sino otra forma de expresar las ideas que, utilizando las palabras del propio Rilke, configuran algo más que una obra: un proyecto de existencia.

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