{Reseña} Leonardo Sciascia: El hombre del pasamontañas (Piel de Zapa)

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Este libro de Leonardo Sciascia es un conjunto de siete breves crónicas de 1983 en las que el autor amalgama con maestría historia y ficción, realidad y especulación, utilizando uno de sus procedimientos literarios más queridos, a saber, la investigación casi detectivesca de un hecho poco conocido o colateral de la historia a partir de antiguos documentos (actas policiales, autos policiales, diarios, cartas), para indagar en los resortes de violencia y falsedad a lo largo de los siglos y que pueden ser extrapolados a la sociedad actual.

Según Sciascia la historia «es una impostura total, no existe», de ahí que se pueda reescribir la historia fabulosamente, como lo hace en El archivo de Egipto o Los apuñaladores. En estos textos recoge algunos episodios marginales para armar unos relatos realmente magníficos. La crónica negra de Don Alonso Girón, acusado del asesinato de un adolescente y ejecutado con honores. La historia de herejía y locura del benedictino Don Mariano Crescimanno. En El príncipe Pietro se especula la posibilidad de que Pedro Bonaparte, que era un amigo de Victor Hugo y Stendhal, hubiera inspirado el personaje de Fabricio del Dongo en La cartuja de Parma. El trágico final de La pobre Rosetta, una joven cantante que es brutalmente —y gratuitamente— asesinada en Milán por la policía. Mata Hari en Palermo, a quien Sciascia sitúa actuando en el modesto teatro Trianon, en una fracasadas actuaciones y en un viaje inexplicable. El hombre del pasamontañas, que bien podría formar parte de la Historia universal de la infamia de Borges, cuenta la atroz confesión de un informante del régimen de Pinochet. El volumen termina con El inexistente Borges, un memorable texto (muy borgeano, claro) en el que se especula que Borges es una invención de Bioy Casares, Mujica Láinez y Leopoldo Marechal, y que cobró verosimilitud gracias a un actor contratado que interpretó toda su vida el papel del escritor.

«Me llamo Juan René Muñoz Alarcón, carnet de identidad 4824557/9. Tengo treinta y dos años, estoy casado y vivo en el 331 de la calle Sargento Menadier, en Puente Alto, Población Malpo. Soy un ex dirigente del Partido Socialista, ex miembro del comité central de la Juventud Socialista, ex dirigente nacional de la CUT (Central Única de Trabajadores). Pertenecí a la confederación de trabajadores del cobre… El hombre del pasamontañas del Estadio Nacional soy yo». Así comienza la confesión.

***

Pero lo que de este caso, de esta confesión, más nos impresiona, no es la complejidad del personaje ni la gravedad de las revelaciones: es la imagen del hombre del pasamontañas en su feroz, tremenda gratuidad. Porque el hecho es éste: así como sangrientamente gratuita, sangrientamente inútil, fue la sublevación militar –el gobierno Allende habría inevitablemente caído algunos meses después–, así también fue atrozmente gratuita, atrozmente inútil, la aparición del hombre del pasamontañas en el estadio de Santiago, en las calles. Gratuita pero atroz. Inútil pero atroz. Basta pensar un momento en ello: los hombres que se encontraban hacinados en el estadio habían sido arrestados en sus casas, conocidos por sus nombres, sus cargos, por lo que habían hecho o por lo que se temía que pudieran hacer. ¿Había necesidad de que alguien los reconociese, los señalase? Y del mismo modo los hombres en las calles: tanto es así que apenas finge Muñoz Alarcón equivocarse en uno, no reconocerlo, cae de inmediato un duro castigo sobre él. ¿Entonces?

Entonces, he aquí el hecho más espantoso, más inhumano que la cárcel, la tortura, el fusilamiento: se ha querido, con el hombre del pasamontañas, crear una indeleble, obsesiva imagen del terror. El terror de la delación sin rostro, de la traición sin nombre. Se ha querido deliberadamente y con macabra sabiduría evocar el fantasma de la Inquisición, de toda inquisición, de la eterna y cada día más refinada inquisición. («El hombre del pasamontañas»)

Una vez elegido el tema, Sciascia señala que “se entrega a los hechos candorosamente, esperando que la gracia me ilumine, intentando construir la verdad”. Parece que Sciascia se divierte al encontrar la fragilidad de los personajes tratados y las grietas de las pequeñas historias cuyo andamiaje vacila con el soplo de la duda; despierta la curiosidad, quiere verificar los hechos narrados de manera parcial, tratar de resolver un enigma o agregar misterio a verdades llenas de contradicciones. En todas las historias, Sciascia inserta consideraciones que, actualizadas en el momento en que se producen, son siempre válidas. La ironía, aguda y sutil, recorre estas páginas que se leen como los mejores cuentos y como lo que son: gran literatura. En resumen, El hombre del pasamontañas es un libro ágil, profundo y nada superficial, que sirve para complementar la lectura de las grandes novelas del genial siciliano. Muy recomendable.
*****

Puntuación: 5 (de 5)
Piel de Zapa (2014)
Traducción: Raúl Ruiz
96 págs.

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Este libro es un puzzle de siete pedazos, un dibujo de siete trazos que, unidos, configuran el perfil intelectual y humano de Leonardo Sciascia. En estas magníficas piezas literarias, escritas a modo de crónicas, el lector se topará con el honesto Sciascia, con el curioso Sciascia, el erudito Sciascia, con el detectivesco Sciascia que indaga, investiga, hurga y denuncia… Y su denuncia tiene siempre la misma diana: la Inquisición, toda inquisición, todo fanatismo, todo abuso de poder. Desde la Sicilia de los siglos XVII y XVIII hasta el atemorizado Chile de Pinochet, viaja Sciascia con la imaginación, la erudición y una pluma que moja en el tintero de una ética insobornable. Como en una agradable conversación, Sciascia nos cuenta historias verídicas que incitan a la ternura, a la reflexión, a la indignación, a la toma de postura. (Sinopsis de la editorial)

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Leonardo Sciascia nació en Racalmuto, Sicilia, en 1921, y falleció en Palermo en 1989 víctima de un cáncer. Su obra es fundamental para entender la Italia de la segunda mitad del siglo XX. Dedicó su juventud a la enseñanza, aunque ya en 1956 publicó su primer libro, Las parroquias de Ragalpetra. Jubilado anticipadamente en 1970, se dedicó al periodismo, el ensayo y la literatura. Entre sus numerosos libros destacan, por citar solo unos pocos: A cada uno lo suyo (1966); El contexto (1971); El mar de color vino (1973); Todo Modo (1974); Cándido (1977) y El caso Moro (1978).

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