{Reseña} Ángel Olgoso: La máquina de languidecer (Páginas de Espuma)

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Que Ángel Olgoso es el mayor escritor español dentro del género de ficción breve fantástica lo demuestra el hecho de que a pesar de su escasa aparición en los medios —parece que Olgoso es bastante refractario a las redes sociales y a los grandes saraos literarios—, cada libro suyo consigue el éxito total de crítica y de lectores. Poco a poco el escritor granadino ha ido forjando una obra coherente, genial y personalísima que constituye todo un corpus de horrores y fabulaciones exquisitas, de modo que es muy difícil leer un libro suyo y no necesitar leerlos todos.

Olgoso siempre se ha movido entre el microrrelato y el relato corto, ya que según ha declarado en alguna entrevista: «Estoy condenado a la brevedad, por convicción, por gusto, por respeto al lector y porque no sé hacerlo de otra manera. No sé contar en 200 páginas lo que puedo contar en una página. No se trata de escribir mucho o poco, sino tener el don de encontrar la extensión exacta». Buena prueba de su amor y dedicación al género lo encontramos en La máquina de languidecer, título que se antoja perfecto y de una maestría difícil de superar.

Olgoso continua la senda emprendida desde su primeros libros, todos influidos por la pluriforme y proteica tradición del Romanticismo negro, esa pesimista y oscura visión de la realidad y del hombre. Nombres como Henry Fuseli, Francisco de Goya, William Blake, E.T.A. Hoffmann y Poe, entre otros muchos, parecen ser el embrión del que crecen los escritos del autor andaluz.

Empirismo
Cuando cierro los ojos, el mundo desaparece. Cuando los abro, el mundo corre a recomponerse casi instantáneamente. A veces, durante el periodo infinitesimal de esa transición -no es más que una fugaz percepción-, creo sorprenderlo ultimando su tarea, los contornos de las cosas difuminados, ciertos crujidos, algún chispazo a destiempo, un acomodarse de las distancias, la luz del día que aún no posee su sabor pleno, mis hijos demorándose apenas una milésima en desplegar sus formas habituales, el pelaje del gato parece desdibujado y sus bigotes no existen todavía, descuidos, hilachas de un tapiz evasivo, disgregador, hasta que todo irrumpe de nuevo y se reintegra velozmente al orden, hasta que todo recobra su textura, su volumen y su nombre y este mundo plegadizo vuelve, una vez más, a ser perpetuamente engendrado e inhumado.

La expectativa
Boran fue condenado a cadena perpetua. Pasaron los años. Murieron los guardianes y los sustitutos de los guardianes. Se extinguió la especie humana. Los barrotes de acero se deshicieron con la erosión continuada e implacable del aire. Entonces Boran escapó. «Sólo era cuestión de tiempo», dijo.

Ulises
Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Homero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dáctilos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.

Posibles enormidades latentes
La enfermera grita mi nombre. Transfigurado de nerviosismo, levanto la vista del Catálogo Routlege de Filosofía, lanzo lejos los restos del último cigarrillo y la sigo a grandes saltos. “Es un niño”, me predispone. Incrédulo aún, y con gran alivio, pienso que las malas noches, las crispaciones, el sufrimiento, los estertores y el gorgoteo subcutáneo han acabado para siempre. Miro a la criatura tras el cristal. Además de la capacidad de parpadear de abajo hacia arriba, posee otras cualidades suplementarias  que la delatan: cierto fenómeno luminoso en la piel y esos palpos sensores de la frente que se retuercen en el aire. Es la viva imagen de su madre.

Esta colección de cien brevísimos textos presenta una coherencia absoluta debido a la materia común de todos ellos, que es la constante presencia de la muerte, el paso del tiempo, la súbita irrupción de lo extraordinario en la realidad, la reinterpretación de mitos, lo monstruoso y lo ominoso. Todo ello cincelado con un espléndido y trabajado estilo literario (en ocasiones algo barroco) que es difícil de observar en otros autores de su generación. Todos estos textos están impregnados de un sentido fabuloso, extraño, irreal e inquietante, con finales siempre sorpresivos y con una prodigiosa versatilidad capaz de transportar al lector a distintos escenarios geográficos y temporales. Sin olvidar la presencia de la crueldad (e incluso con algunas dosis de sadismo en algunas piezas) y de ciertos tonos líricos que recorren todo el libro. Como ya señalé, la lectura de Olgoso es adictiva; si no lo han leído les recomiendo que empiecen por este perturbador libro. No se arrepentirán.

De modo que La máquina de languidecer es un volumen esencial para los seguidores de Olgoso y para los amantes del cuento fantástico y de horror. Esta edición, a cargo de Páginas de Espuma, es inmejorable.

Puntuación: 5 (de 5)
Páginas de Espuma (2009)
Colección: Voces/Literatura, 132
136 págs.

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Los cien microrrelatos de este libro lúdico e inquietante, milimétrico y adictivo, diverso y embrionario, son orbes en miniatura, textos que en unas pocas líneas pueden transmutarse en delicadas esencias o en bebedizos letales, piezas repujadas por un exquisito orfebre des-de el corazón de la extrañeza, ficciones concentradas e intensas sobre lo poco común, sobre los melancólicos misterios del cuerpo humano, sobre los enigmas de la vida y la magia oscura del tiempo. Las cien breves singladuras de este viaje fantástico le impedirán una aceptación sumisa de la realidad. No las recorra todas seguidas. Si puede. (Sinopsis de la editorial)

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Ángel Olgoso (Cúllar Vega, Granada, 1961). Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Granada. Miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada y de la Amateur Mendicant Society de estudios holmesianos, Auditeur del Collège de Pataphysique de París, y fundador y Rector del Institutum Pataphysicum Granatensis, donde ha otorgado el rango de Sátrapa Trascendente −entre otros escritores y artistas− a José María Merino y a Umberto Eco.

En 1991 publicó Los días subterráneos, primer libro de relatos al que seguirán en este género La hélice entre los sargazos (1994), Nubes de piedra (1999), Granada, año 2039 y otros relatos (1999), Cuentos de otro mundo (1999, 2003 y 2013), Tenebrario (2oo3), El vuelo del pájaro elefante (2006), Los demonios del lugar (2007), Astrolabio (2007 y 2013), La máquina de languidecer (2009), Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995 (2010), Cuando fui jaguar (2011), Racconti abissali (2012), Las frutas de la luna (2013), Almanaque de asombros (2013), Las uñas de la luz (2013) y Breviario negro (2015).

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