{Reseña} Francisco Villaespesa: El último Abderramán y otras novelas cortas (Berenice)

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Francisco Villaespesa es uno de los escritores del Modernismo que poco a poco van reapareciendo en las librerías, de donde habían estado ausentes debido a nuestra habitual desidia literaria. Editorial Berenice presenta El último Abderramán y otras novelas cortas, volumen que reúne la totalidad de narraciones del escritor almeriense y que permanecían inencontrables desde hacía décadas, por lo nos encontramos ante un acontecimiento editorial de importancia del que esperamos que no pase, como tantos otros, sin pena ni gloria entre la mayoría de los lectores.

La producción de Villaespesa fue frenética en sus primeros años en Madrid (entre tres y cuatro libros al año), fundamentalmente de poesía, con libros de la importancia de Intimidades (1898), Luchas (1899), La copa del rey de Thule (1900), El alto de los bohemios (1902), Rapsodias (1905) o Tristitiae rerum (1906). Pero como indica Pedro M. Domene en su extensa y documentada introducción: «Francisco Villaespesa quería añadir a su fama de poeta y dramaturgo la de novelista porque pretendía que un género fuertemente expresivo se adecuara a un mundo imaginario de absoluta ficción, para conseguir así que la nueva estética se ajustara a ese curioso proceso creativo tan en boga en el momento literario». Villaespesa publica estas obras narrativas antes de su viaje a América, entre 1907 y 1917, apareciendo la mayoría en revistas como Los contemporáneos, El Cuento Semanal o La Novela Corta, contribuyendo, en parte, a mitigar sus apuros económicos.

Los argumentos de todas estas obras reflejan las características del Modernismo literario hispánico: orientalismo, historicismo, gusto por los ambientes exóticos y legendarios, personajes insólitos, morbideces decadentistas, tremendismo, hagiografías, permanente presencia y búsqueda de la belleza… Estas narraciones sobrepasan al cuento, no ya en extensión, sino en rasgos definitorios, como son la superposición de historias, el gran número de personajes, la complejidad de la acción, presencia importante del diálogo, así como las frecuentes descripciones de lugares.

Dos veces todos los años, el viejo narrador del desierto, levantaba las largas y pesadas cortinas de púrpura, que impedían la entrada a su tienda, y aparecía en el umbral, envuelto en sus amplias vestiduras blancas, grave y solemne, con la majestad de un profeta que se dispone á traducir, en el mísero lenguaje de los hombres, los misteriosos conceptos sobrehumanos, que entre el fragor del trueno y el deslumbramiento del relámpago, le fueron revelados en la cima de una bíblica montaña.

Dos veces al año el narrador del desierto, extendía sobre el umbral de su tienda una gran alcatifa franjeada de seda, tejida con extraños arabescos de hilos de plata, que al enlazarse en el centro formaban un maravilloso jeroglífico.

Gravemente, como el que cumple un rito sagrado, colocaba en el centro de la alcatifa, un cojín de cueto negro sobre el cual resaltaban complicados adornos de oro, interrumpidos de cuando en cuando, por pequeños óvalos de ámbar, que le daban vitales fosforescencias felinas. Y este cojín le servía de asiento.

Siempre escogía para empezar sus narraciones, esa hora silenciosa y dulce en que el sol declina, cuando es más intenso y puro el azul diáfano de los cielos, curvado sobre la inmovilidad broncínea de los palmares lejanos. A su espíritu extático y contemplativo, le parecía aquel momento el más oportuno y propicio para interpretar, en palpitantes relatos, el sentido misterioso y oculto de las más herméticas profecías.

Hacía mucho tiempo que le conocía la gente de aquellos contornos, y aunque solo se dejaba ver dos veces cada año, su recuerdo permanecía muy vivo en el corazón de los beduinos, y su nombre era siempre el motivo más familiar de sus veladas, bajo la luz de plata de la luna, en torno de las cisternas, o junto a las empalizadas que guardaban loa rebaños de la voracidad hambrienta de las fieras. (Las granadas de rubíes)

Como muestra, hago un repaso por alguna de ellas. Zarza florida cuenta la fascinante vida del griego Dyonisios, que pasa de las voluptuosidades del paganismo clásico a las búsquedas del eremitismo cristiano. Las garras de la pantera, ambientada en la Arabia del siglo VIII, es la historia de una venganza protagonizada por una aguerrida mujer. En Las granadas de rubíes, un viejo narrador de historias que recorre los desiertos de Oriente, describe a sus oyentes la portentosa hazaña bíblica de la victoria de David sobre Goliat. Las pupilas de Al-Motadid narra la terrible maldición que pesa sobre la mirada del califa Al-Motadid y el complot urdido para dejarlo ciego. En todos estos relatos hay ecos de Las mil y una noches, del Vathek de William Beckford y de todo el orientalismo romántico. El milagro del vaso de agua nos lleva a la España medieval: un “viejo y altivo castellano” que ha llevado una vida de crímenes y atrocidades —una especie de Gilles de Rais— busca la redención al final de su vida. Por último, La ciudad de los ópalos, único relato ambientado en la época contemporánea, es la historia del dandy y decadentista conde Max de Ragusa, supuesto hijo ilegítimo del emperador Maximiliano de México y personaje que bien podría haber salido de las obras de Jean Lorrain o Joris-Karl Huysmans. Como se ve por estos ejemplos, nada más alejado del Realismo de estirpe galdosiana o la narrativa noventayochista de los Baroja, Unamuno o Azorín.

Estas historias de Villaespesa hay que leerlas poco a poco, sin saturarnos, apreciando y degustando esta prosa modernista, recargada, enjoyada, profundamente literaria, llena de adjetivaciones inusuales y artificiosas, más cercanas a la poesía que la narración convencional; pero por la misma razón, el placer lector es inmenso y diferente a lo que estamos habituados.

Resumiendo, El último Abderramán y otras novelas cortas es una excelente excusa para acercarnos a un autor hoy un tanto olvidado, además de constituir una lectura obligada para cualquier amante de la literatura española más hererodoxa. Totalmente Recomendado.

Contenido: Introducción (El Modernismo y Francisco Villaespesa) | Zarza florida | El último Abderramán | Las garras de la pantera | Las granadas de rubíes | Breviario de amor | La marcha de las antorchas | Las pupilas de Al-Motadid | El milagro del vaso de agua | Amigas viejas | Resurrección | La ciudad de los ópalos

Puntuación: 5 (de 5)
Editorial Berenice (2018)
Colección: Contemporáneos
Introducción: Pedro M. Domene
416 págs

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En este volumen se recogen todas las novelas cortas de este admirable autor, cuya figura merece a todas luces una urgente reivindicación. Lo encabeza El último Abderramán, ambientada en la ciudad nazarita de Granada, con la Alhambra como su epicentro de ficción; un bello canto a su pasado narrativo más querido y la importancia que desprende el monumento, tanto en el ámbito sociológico como en el cultural y artístico. Frente a tanta belleza, afloran los celos y la envidia del emir Muhamed II hacia el valeroso protagonista del relato, Abderramán. Al hilo de esa historia, Villaespesa desgrana la más completa y encendida alabanza de la vega y el cielo granadinos. (Sinopsis de la editorial)

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FRANCISCO VILLAESPESA (Almería, 1877 – Madrid, 1936) es con toda probabilidad el principal exponente del modernismo español. Sus primeros libros de poemas supieron plasmar la renovación lírica impulsada desde América por Rubén Darío. Por las páginas de Intimidades (1898), Luchas (1899) o La copa del rey de Thule (1900) desfila la geografía de una imaginación poblada de paisajes orientales, cisnes, esfinges, paraísos artificiales, solitarios parques de otoño o esa sonámbula música de las fuentes que prefiguran la sensibilidad compleja de la modernidad, y de la melancolía. Villaespesa publicó entre 1907 y 1917 la mayoría de sus cuentos y novelas cortas, fundamentalmente en Los Contemporáneos, El Cuento Semanal, La Novela Corta y otras publicaciones de la época, y en todas, como en su lírica o su teatro, ofrece un lirismo matizado y sentimental que intensifica en su prosa la sugerencia en un manifiesto intento para interrogarse sobre el alma de las cosas, o quizá para abismarse en el misterio de la naturaleza humana.

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