{Reseña} Ernst Jünger: Tempestades de acero (Tusquets)

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Recuerdo que uno de los primeros libros «serios» que leí fue Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. Esta novela me impresionó de tal manera que casi no he vuelto a leer literatura sobre la guerra desde entonces. En esto, Tusquets acaba de sacar en una nueva e impecable adición de Tempestades de acero, la primera novela de Ernst Jünger —uno de mis escritores favoritos— y una historia que eleva la literatura bélica a un nivel de excelencia sin parangón. Imposible resistirse finalmente a su lectura.

Como es sabido, Ernst Jünger tuvo una primera juventud aventurera y rebelde: tras pasar su infancia en Hannover, huye del hogar familiar en 1913 y se alista en la Legión Extranjera francesa en África. Tras su retorno a Alemania es de los primeros que se presentan como voluntario en la Primera Guerra Mundial donde fue herido siete veces, recibiendo las máximas condecoraciones militares. Durante su larga estancia en el Frente occidental redactó un diario con sus vivencias (publicado como Diario de guerra 1914-1918) que posteriormente se plasmarían en la novela Tempestades de acero («In Stahlgewittern», 1920), obra que obtiene un éxito inmediato y le vale la fama como escritor. De la ingente cantidad de literatura que generó la Gran Guerra es uno de los pocos títulos que ha ganado la inmortalidad.

Tempestades de acero adolecía de las deficiencias técnicas de un escritor primerizo. Consciente de ello, Jünger en las sucesivas ediciones de la obra (1922, 1924, 1934, 1935, 1961) expurgó, limó y reescribió totalmente el texto inicial hasta este definitivo que ha sido tomado de la segunda edición de sus Obras Completas (1978). Acompañan a esta novela otros dos títulos de Jünger sobre la Gran Guerra que también conocieron revisiones: la novela corta El Bosquecillo 125 («Das Wäldchen 125», 1925) y el cuento breve El estallido de la guerra de 1914 («Kriegsausbruch 1914», 1920) que tratan sobre el primer mes conflicto y sobre los momentos del alistamiento, respectivamente. Hay que resaltar que, pese a la relativa longitud de la obra, la lectura es muy rápida y ágil, sin duda favorecida por la excelente traducción de Andrés Sánchez Pascual.

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La perspectiva desde la que se nos muestran todas estas peripecias bélicas no es la de un hombre maduro y desengañado, sino la de un joven temerario y jovial incluso en las circunstancias más terribles y tétricas. Intuimos que Jünger no detestaba la guerra precisamente y que incluso fue feliz en el frente durante los cuatro años de contienda. El propio autor lo describió perfectamente en una entrada de 1916 de su Diario: «Hoy por hoy me lo paso bien en la guerra y le he tomado el gusto, ese constante jugarse la vida tiene un atractivo enorme».

Siempre se ha dicho que para los soldados las guerras son tremendamente aburridas y monótonas, salvo esos breves periodos de batalla y peligro, en los que el caos y la adrenalina colocan a estos hombres en otro universo diferente del usual. Jünger describe con igual intensidad los hechos más prosaicos y grotescos de las interminables esperas y los momentos memorables de valor y salvajismo guerrero, y lo hace con un realismo crudo, sin concesión alguna al sentimentalismo fácil o al moralismo tradicional (en esto comparte técnica con la novela de Remarque citada)

El tren paró en Bazancourt, pueblo de Champaña. Nos apeamos. Con un respeto incrédulo escuchamos atentamente los lentos compases de la laminadora del frente, una melodía que había de convertirse por largos años en algo habitual para nosotros. Allá muy lejos se diluía en el cielo gris de diciembre la bola blanca de una granada de metralla, un «shrapnel». El aliento de la lucha soplaba hacia nosotros y nos hacía estremecer de un modo extraño. ¿Presentíamos acaso que, cuando aquel oscuro ronroneo de allá atrás creciese hasta convertirse en el retumbar de un trueno incesante, llegarían días en que todos nosotros seríamos engullidos — unos antes, otros después

Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción nos habían fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo. Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande. Y entonces la guerra nos había arrebatado como una borrachera. Habíamos partido hacia el frente bajo una lluvia de flores, en una embriagada atmósfera de rosas y sangre. Ella, la guerra, era la que había de aportarnos aquello, las cosas grandes, fuertes, espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío.

Kein schönrer Tod ist auf der Welt… [No hay en el mundo muerte más bella …]

¡Ah, todo menos quedarnos en casa, todo con tal de que se nos permitiese participar! —¡A formar en columna de a cuatro!

La enardecida fantasía se iba serenando mientras caminábamos a paso de marcha por el suelo legamoso de Champaña, un suelo difícil de andar. Como plomo pesaban las mochilas, los cartuchos, el fusil.

—¡Acortar el paso! ¡Los de allá atrás no dormirse!

Por fin llegamos a la aldea de Orainville, lugar de descanso del 73º Regimiento de Fusileros y uno de los villorrios más míseros de aquella región; lo formaban unas cincuenta casuchas construidas con ladrillos o con adobes agrupadas en torno a una mansión señorial que estaba rodeada por un parque.

Tempestades de acero podría considerarse una excelente novela de aventuras, incluso una novela testimonial; lo que no es en ningún caso es una obra pacifista o antimilitarista (por más que se expresen muchos momentos de hastío y hartazgo hacia la guerra). No podía serlo a tenor de la personalidad del escritor alemán, poseedor de un espíritu aristocrático y heroico que mantuvo durante toda su larga vida. (También fue oficial del ejército alemán en el París ocupado y en el frente oriental durante la Segunda Guerra Mundial.)

Novela soberbia e impactante, Tempestades de acero es una de esas obras literarias imprescindibles que hay que leer, aunque sepamos que nos dejarán un cierto sabor amargo. Totalmente recomendable.

Puntuación: 5 (de 5)
Tusquets Editores (2018)
Colección: Tiempo de Memoria, 45/1
Traducción: Andrés Sánchez Pascual
464 págs.

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En 1914, al estallar la Primera Guerra Mundial, Ernst Jünger se alistó como voluntario en el 73 Regimiento de Fusileros y fue enviado al frente francés. Durante la contienda, en la que fue herido y condecorado en numerosas ocasiones, Jünger llevó un diario donde anotaba no sólo el dramatismo de las acciones bélicas, sino también lúcidas observaciones sobre la naturaleza humana enfrentada al caos y a la muerte, y sobre el cambio de rumbo que la técnica armamentística estaba imponiendo a la historia. Con el paso del tiempo, Tempestades de acero, escrita a partir de ese diario y publicada por vez primera en 1920, se ha convertido en una de las mayores obras de la literatura de guerra de todas las épocas. (Sinopsis de la editorial)

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Ernst Jünger (Heidelberg, 1895 – Wilflingen, 1998). A lo largo de sus 103 años, se transformó en uno de los hitos culturales fundamentales del siglo, no sólo en Alemania, sino en todo Occidente. Inmerso en un siglo convulso, portavoz no oficial de la Kultur germana tan denostada entre 1914 y 1945, sufre en su propia carne los prejuicios que la propaganda achaca a esta Kultur en todo su sentido negativo, prejuicios que, por extensión, no han dudado en esgrimir sus detractores en todo tiempo y lugar. No obstante, al conocedor de su obra no le queda más remedio que doblegarse y, aún no estando de acuerdo con todos sus postulados, reconocer su relevancia en el desarrollo cultural del siglo XX. Participó como voluntario en la primera guerra mundial. La experiencia de aquellos años terribles quedó reflejada en Tempestades de acero, primer tomo de sus Diarios. Terminada la contienda, alternó su afición a escribir y viajar con los estudios de zoología y filosofía. Dentro del conjunto de su extensa obra, ocupan una posición central los Diarios, que ofrecen el testimonio de una trayectoria intelectual que se extiende a lo largo de casi ochenta años. Su obra, polémica donde las haya, ha ido sobreviviendo a los avatares de la Historia gracias a la sedimentada lucidez con la cual ha vivido y dado cuenta, desde una posición personal siempre incómoda y delicada, de los acontecimientos que han ido marcando un siglo cargado de convulsiones de toda índole. Escribió entre otras obras, Acercamientos, La emboscadura, El libro del reloj de arena, Radiaciones, Tempestades de acero, La tijera, El tirachinas y El trabajador.

7 comentarios sobre “{Reseña} Ernst Jünger: Tempestades de acero (Tusquets)

  1. ¡Hola!
    Escribo este comentario para decirte que soy un seguidor y admirador de este blog, y por tanto creo que se merece ser nominado para The Blogger Recognition Award. Explico de qué trata esto en este post de mi blog de reseñas de libros: https://mortalyrosasite.wordpress.com/2018/10/30/the-blogger-recognition-award/ y creo que es una buena manera de conocer más blogs que puedan ser afines a nuestros gustos e intereses. Gracias por publicar tan buenas reseñas. ¡Saludos! 🙂

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  2. Muy buena reseña. Esta novela, junto a «Sin novedad en el frente», son lecturas imprescindibles sobre la I Guerra Mundial, en clave antibelicista, claro.
    Y, aunque no es directamente centrada en la guerra, sino en sus consecuencias, también recomendaría humildemente «nos vemos allá arriba», de Pierre Lemaitre.
    Un saludo!

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