{Reseña} Sergio Pitol: El mago de Viena (Pre-Textos)

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El jueves 12 de abril de 2018 Sergio Pitol moría en Xalapa a los 85 años. Sirva este breve comentario como homenaje a uno de los más interesantes y raros escritores de las letras hispánicas. Como es sobradamente conocido, Pitol fue narrador, ensayista y traductor que desarrolló una labor profesional como editor y diplomático lo que le permitió permanecer en numerosos países europeos durante treinta años, hecho que facilitó su contacto con las literaturas exóticas y periféricas europeas que tanto han influido en su obra. La imprescindible editorial valenciana Pre-Textos nos trae uno de sus mejores títulos, El mago de Viena, en su bellísima y soberbia colección Narrativa contemporánea.

Quien no haya leído alguno de los libros de Sergio Pitol probablemente no podrá apreciaron exactitud lo que supone el cultivo de una auténtica hibridación literaria en la que se funden géneros para obtener su particular escritura. Aunque alguna crítica considera El mago de Viena como la tercera novela autobiográfica del autor que completa su Trilogía de la memoria (junto con El arte de la fugaEl viaje), lo cierto es que nos encontramos con un libro singular: álbum de lecturas, bosquejo de teorías literarias, autobiografía artística, libro de viajes, anecdotario cultural, itinerario vital… todo esto y mucho más es El mago de Viena. Dividido en capítulos cortos, muchos de ellos son evocaciones melancólicas de todos estos años como lector y creador. Algunos capítulos pueden leerse como ensayos autónomos o como estampas biográficas o de viajes —estos son los que más me han gustado—, otras son críticas a ciertas corrientes literarias, apuntes sobre las dificultades del oficio de escritor o pensamientos sobre algunos escritores capitales en la vida del autor. Todos los capítulos van fluyendo en un continuo desde la infancia hasta los últimos años del escritor mexicano.

ENRIQUE VILA-MATAS. El 6 de julio de 2001, por la mañana, me enteré de que el Premio Rómulo Gallegos había sido adjudicado a uno de los escritores que más admiro y quiero, el español Enrique Vila-Matas. Lo conozco desde hace más de treinta años, aun antes de iniciarse en las letras, jovencísimo, y he seguido todo su trayecto, desde sus complicados experimentos iniciales hasta sus perfectas obras de los últimos años. Considero su amistad como un don extravagante y majestuoso de los dioses. En una ocasión, debió de haber sido en 1972, hizo un vuelo de Barcelona a El Cairo, que no sé por qué razón pasaba por Varsovia. Debía hacer allí una tregua de varias horas. Apenas nos habíamos conocido en Barcelona, pero se atrevió (era inmensamente tímido) a telefonearme y decirme que estaba allí con una amiga por unas horas. Los invité a comer y esas horas se transformaron en un mes entero divertidísimo. Fue de hecho el inicio de nuestra amistad. Lo consideraba como mi secreto hermano gemelo, mi colega de aventuras, de lecturas, de viajes, hasta que hace dos años esa relación se transformó. Con sus últimos libros, Enrique se transformó en mi maestro. A veces sueño que lo visito y lo saludo llamándole Sire. En fin, la felicidad producida por la noticia fue tal que parecería que yo fuese el premiado. Poco después, llegué a casa de Juan y Margarita Villoro para celebrar con ellos un festejo familiar. La noticia les había llegado ya, de manera que la celebración de los Villoro se fundió con la del premio. Me impresionó que buena parte de los asistentes manifestaba una dicha semejante a la mía. Tal vez porque desde hace una docena de años, Enrique se había vuelto nuestro. Sus frecuentes visitas a la Ciudad de México, a Guadalajara, a Morelia, a Veracruz, nos habían acostumbrado a admirar sus atributos personales y a intensificar la admiración por su trabajo de escritor.

Se ha sabido de premios literarios que desprenden un aroma a corrupción, a escándalo, cinismo y turbiedad, que se le quedan a uno en la memoria por décadas. Todo lo contrario a lo que suscita Vila-Matas. En parte, imagino, porque a este dandi con ademanes de Buster Keaton le es imposible posar ante sus lectores o sus amigos como un intelectual pomposo, engreído, imperial, sino como un mero hombre de letras que jamás emite una respuesta absoluta, contundente ni totalitaria. Su elegancia, su cortesía, su sentido común se lo impedirían.

La individualidad de su escritura es radical, rigurosa y perfecta; su sabio vaivén entre el juego y la disciplina hace que este espécimen humano no se parezca a nadie, que nadie pueda calcarlo, porque cualquier imitación resultaría tonta y destemplada. En cambio, una lectura atenta podría auxiliar a un joven escritor decidido en búsqueda de espacios inéditos a escapar de las convenciones, a romper cadenas, a no considerar sagrado ningún canon. Y no sólo a los jóvenes, sino también a los de mi generación, a los que estamos en el umbral de los setenta años, nos hace sentir una apetencia libertaria, un deseo de recobrar las alas.

La prosa de Vila-Matas se lee con facilidad. Su construcción, en cambio, es el resultado de un taller riguroso, donde el juego de las palabras se procesa con suma exigencia. Su actividad es la de los artesanos pero también la de los alquimistas. El autor se divierte en aprovechar las palabras más anodinas, triviales y grises de una conversación inútil para luego inflamarlas con los tonos del delirio, la demencia, la exaltación, la poesía […]

La memoria es la materia prima con la que están escritos estos textos, especialmente los que se refieren a la juventud de Pitol, ya que el paso de los años ha difuminado hasta casi desaparecer ciertos episodios importantes de la vida de nuestro autor; en estas situaciones es cuando su pericia como escritor es capaz, mediante algo que se podría llamar rememoración creativa, de rellenar los huecos de la memoria con substancia literaria para presentarnos una historia coherente y cerrada. A diferencia de El arte de la fugaEl viaje, en los que se dividía claramente la parte autobiográfica de la parte de comentarios literarios o de lecturas, en El mago de Viena toda esta materia se funde en algo diferente («Fuga de géneros» la denominó el propio escritor.)

Dentro de El mago de Viena Pitol dedica capítulos específicos a escritores como Walter Benjamin, Gao Xingjian, Darío Jaramillo, Carlo Monsiváis, Henry james, Joseph Conrad, Frann O’Brien, Evelyn Waugh y Enrique Vila-Matas, comentando también una amplísima lista de otros autores importantes (con los que personalmente comparto opinión, a excepción de su denostación de Giovanni Papini, uno de mis autores favoritos).

Libro civilizado, culto y maravillosamente escrito, El mago de Viena es un auténtico festín para los lectores interesados en el proteico universo de la creación literaria y una invitación a la lectura de la gran literatura universal. Totalmente recomendable.

Puntuación: 5 (de 5)
Pre-Textos (2005)
Colección: Narrativa contemporánea, 33
276 págs.

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“Sergio Pitol ha escrito libros iluminadores, eso se sabe; son un testimonio del caos, de sus rituales, su limo, sus grandezas, abyecciones, horrores, excesos y formas de liberación. Son también la crónica de un mundo rocambolesco y lúdico, delirante y macabro. Son nuestro Esperpento. Cultura y Sociedad son sus grandes dominios. La inteligencia, el humor y la cólera han sido sus grandes consejeras.” (Carlos Monsiváis).
En algunas páginas autobiográficas Pitol deja entrever la intensa relación que ha vivido con su escritura, el descubrimiento de una Forma, su ars poetica, una creación que oscila entre la aventura y el orden, el instinto y la matemática. Su relación con la literatura ha sido visceral, excesiva y aun salvaje: “Uno, me aventuro a decir, es los libros que ha leído, la pintura que ha conocido, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas”.
El arte de la fuga fue un parteaguas en su obra. Allí Pitol confunde hedónicamente todas las instancias académicas, remueve fronteras, trastorna los géneros. Un ensayo se desliza sin sentirlo a un relato, a una crónica de viajes y pasiones, al testimonio de un niño deslumbrado por la inmensa variedad del mundo.
El mago de Viena es más radical: un salto del orden a la asimetría, un roce constante de temas y géneros literarios, para potenciar la memoria, la escritura, los autores predilectos, los viajes y descubrir, como lo deseaban los alquimistas, que todo estuviera en todo. (Sinopsis de la editorial)

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Sergio Pitol (Puebla, 1933 – Xalapa, 2018) ha escrito siete libros de cuentos, el último de los cuales, Vals de Mefisto (con el título original Nocturno de Bujara), fue galardonado con el Premio Xavier Villaurrutia al mejor libro de relatos publicado en México en 1982; cinco novelas, El tañido de una flauta (1972), Juegos florales (1982), El desfile del amor (1984), galardonada con el Premio Herralde de Novela, Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991), publicadas por Anagrama. Estas tres últimas obras, aunque independientes entre sí, han sido publicadas como Tríptico del Carnaval. Son célebres sus traducciones de Conrad, James, Jane Austen, Madox Ford, Gombrowicz y Firbank, entre otros autores. Ha sido estudiante en Roma, traductor en Pekín y en Barcelona, profesor universitario en Bristol, y ha ocupado puestos diplomáticos en Varsovia, Budapest, París, Moscú y Praga.
El arte de la fuga , auténtica “summa”, fue elegido como el mejor libro de no-ficción publicado en México en 1996. Posteriormente obtuvo, por unanimidad, el Premio Mazatlán al mejor libro del año. Y, como remate, en 1999 recibió el prestigiosísimo Premio Juan Rulfo por la obra completa.

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