{Reseña} Gregorio Luri: La imaginación conservadora (Ariel)

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Gregorio Luri, conocido por sus libros y artículos sobre filosofía y especialmente sobre educación (Luri se considera sobre todo un «maestro de escuela») acaba de publicar en Ariel un libro de filosofía política sobre el conservadurismo, una de las doctrinas políticas que han conformado el mundo moderno y que, a tenor por los momentos actuales, está cobrando un nuevo y renovado vigor. La imaginación conservadora no es una historia del pensamiento conservador ni un ensayo sobre las doctrinas conservadoras; es más bien una invitación a la reflexión sin apriorismos y una vindicación positiva y optimista de la visión conservadora de la vida y de la sociedad, o como indica el subtítulo «Una defensa apasionada de las ideas que han hecho del mundo un lugar mejor».

Como es sabido, el pensamiento conservador tiene su origen en la reacción contra los efectos de la Revolución francesa. Articulado inicialmente por el liberal irlandés y parlamentario inglés Edmund Burke (1729-1797), pronto le siguieron otros pensadores de la talla de Tocqueville, De Maistre, Oakeshott, Disraeli, Adams, Kirk, Haller, Spengler, Donoso Cortés o Balmes. El conservadurismo parte de su confrontación a la Ilustración en general, oponiéndose tanto al individualismo político como al racionalismo. Para los conservadores, los revolucionarios franceses pretendían rehacer al ser humano según un proyecto meramente teórico, actuando como si los países fueran hojas en blanco. Otra fuente del conservadurismo fue la oposición al individualismo que surgió tras la Revolución Industrial. Los conservadores se percataron de los peligros deshumanizadores que suponía reducir la persona a los vínculos impuestos por los procesos económicos. El conservadurismo considera que el presente debe beber del pasado y, por tanto, de la sabiduría depositada por cada generación a través de los siglos. Luri distingue claramente al conservador del reaccionario, que es aquel que vive en una utopía que se proyecta al pasado (al contrario que el progresista, cuyo visión utópica se proyecta al futuro); en contraste con estas expresiones utópicas de la sociedad, el conservador se aferra a lo real, mira con desconfianza cualquier novedad aceptada por el simple hecho de ser nueva —Borges decía que ser conservador era una forma de ser escéptico— y aspira a una sociedad posible que sea capaz de mejorar conservando el legado que merece la pena.

Debido a la relativa brevedad del libro, al autor le es imposible debatir en profundidad la totalidad de la ideas que se plantean, de forma que cada epígrafe de cada capítulo daría para un ensayo monográfico. Es imposible citar la totalidad de los aspectos tratados en La imaginación conservadora, por ejemplo: sobre la acrítica idolatría por lo nuevo o novolatría, sobre las característica que definen el conservadurismo como una ideología política coherente, sobre la sociedad política (politeia) como un sistema complejo inmune a los proyectos prediseñados, la educación, la meritocracia, el auge de los ideales identitarios, la dictadura de la corrección política, una confrontación con algunas ideas de Hayek, el sentimiento patriótico… y muchos otros temas de suma actualidad se dan cita en este ensayo que tiene, además, la cualidad de que su lectura no presenta ninguna dificultad para el lector medio.

El deporte intelectual preferido de muchos «ilustrados» ha sido ridiculizar todo cuanto consideran que dificulta el triunfo de «las ideas nuevas», ya que si son nuevas… ¿cómo no han de ser buenas? John Stuart Mill trató a los conservadores de «the stupid party» y Feijoo, de «cerebros callosos» para quienes «toda novedad es mentira; toda vejez, axioma», que «en oyendo o leyendo algo contra la común opinión, tocan a novedad, como a fuego». Esta caricatura, tan cómoda, ahorra el debate de ideas y no sé si por eso mismo ha acabado imponiéndose socialmente en España, donde es mucho más llevadero pasar por liberal-conservador o, simplemente, por centrista, que por conservador, para evitar que le cuelguen a uno el sambenito de casposo opositor a cualquier «incremento de las libertades». Nuestros medios de comunicación, siempre dispuestos a sumarse al desfile triunfal de lo moderno, aportan sin problemas de conciencia profesional su grano de arena a la confusión y cuando se ven obligados a dar cuenta del triunfo electoral de una opción conservadora, aquí o en cualquier sitio, lo hacen con indisimulado dolor y recurriendo frecuentemente al manido sofisma de un supuesto voto cautivo de los menos educados (prefieren reservar el sustantivo «trabajador» para los votantes de izquierda). No negaré que hay conservadores perdidos en la nostalgia del pasado, como hay progresistas perdidos en la nostalgia del futuro, pero aquellos no me parece que representen sino un conservadurismo acartonado y sin cintura al que aquí daremos el cariñoso nombre de paleoconservadurismo.

***

Comencemos por nuestras ideas, que parecen tan nuestras. La mayor parte de ellas son residuos regurgitados de sistemas filosóficos y religiosos que hace tiempo estuvieron muy vivos: alma, virtud, patria, bien, causa, materia, forma, idea, dialéctica, diálogo, justicia, erotismo, hombre, ironía, mito, ciudad, técnica, arte, útil, voluntad… Las palabras que utilizamos para clarificar nuestro presente poseen su propia historia y suele ser tan compleja que para comprenderlas hemos de salir del presente y reconstruir su genealogía. Necesitamos viajar al pasado para entender bien lo que nombramos cuando creemos nombrar lo que tenemos ante los ojos. No es un viaje difícil. Basta con abrir los grandes libros de nuestra tradición. Comprobaremos que, en cierta medida, los grandes autores del pasado están más vivos que nosotros. La prueba de ello es que toda persona con una cierta formación cultural cuando abre un gran libro teme más defraudar a su autor que ser defraudado.

Un aspecto destacable de este libro es la continua y muy pertinente referencia de a autores españoles —por desgracia hoy poco estudiados y nada leídos— a los que Luri considera fundamentales, especialmente los integrantes de la Escuela de Salamanca (Francisco de Vitoria, Juan de Mariana, Francisco Suárez) como primeros teóricos o los decimonónicos Donoso Cortés —muy estudiado en su tiempo en toda Europa—, Jaime Balmes o Menéndez Pelayo. Ya escribió Ramiro de Maeztu en su Defensa de la Hispanidad que mientras las aportaciones teóricas de los españoles al pensamiento liberal y al socialista fueron muy escasas, fueron muy considerables en el ámbito conservador y tradicionalista.

La imaginación conservadora es un libro denso, que requiere una lectura concentrada y atenta, y que demanda una reflexión continuada a modo diálogo con el autor. Ni siquiera es un libro autocomplaciente para los lectores conservadores, que se verán concernidos a revisar en profundidad sus valores y a contrastarlos con las corrientes dominantes. Es este aspecto, en absoluto es un libro dogmático.

Como conclusión diré que La imaginación conservadora es uno de los ensayos españoles más interesantes que he leído en los últimos tiempos: ameno, profundo, muy bien escrito y sumamente estimulante. Uno de esos libros que nos enseñan a pensar. Absolutamente recomendable.

Puntuación: 5 (de 5)
Editorial Ariel (2019)
342 págs.

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La fidelidad a la transmisión de una tradición no tiene que estar reñida con el fomento de la innovación y el cambio. Sobre esta afirmación descansa La imaginación conservadora, una defensa, y al mismo tiempo un tributo, al conservadurismo, entendido como una forma de vivir y de hacer política reivindicando el legado de nuestras costumbres, códigos e historia, en oposición al menosprecio de la prudencia y la orgullosa pretensión revolucionaria de hacer borrón y cuenta nueva del pasado.

Si es posible seguir emocionándose con Homero, Safo, Esquilo, Fidias o Miguel Ángel; si la quinta sinfonía de Shostakóvich o Las meninas de Velázquez continúan dejándonos sin aliento; si Platón, San Agustín o Maquiavelo todavía nos ayudan a pensar; si seguimos necesitados de amor y consuelo, de un trabajo alegre y de un amor seguro; si podemos reconocer en la democracia ateniense algunos de nuestros problemas y en Tucídides o Tito Livio algunas claves de la vida política; si no acabamos de hallar respuestas satisfactorias en la ciencia para nuestras demandas de belleza, bondad y justicia… En suma, si seguimos siendo animales políticos, este es tu libro. (Sinopsis de la editorial)

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Gregorio Luri Medrano nació en Azagra (Navarra) en 1955, pero reside en El Masnou (Barcelona) desde 1979. Está casado y tiene dos hijos y nieto y medio. Estudió magisterio en Pamplona y en la Universidad de Barcelona se licenció en Ciencias de la Educación y doctoró en Filosofía. Obtuvo el Premio de Licenciatura en Ciencias de la Educación y el Premio Extraordinario Fin de Carrera en Filosofía. Ha publicado una quincena de libros de política, filosofía y pedagogía, entre ellos La escuela contra el mundo (2010), Introducción al vocabulario de Platón (2011), Erotismo y prudencia (2012) y ¿Matar a Sócrates?.

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