{Reseña} Zbigniew Herbert: El Laberinto junto al mar (Acantilado)

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Muchos escritores han entendido que el viaje literario permite evocar fastuosos mundos culturales, pues el viajero camina por escenarios capitales de un mundo desaparecido y va acompañado por los textos clásicos sobre sus mitos y héroes, reyes e historiadores antiguos. En el balance entre lo visitado y lo recordado, entre la realidad actual y la tradición histórica y literaria, radica gran parte del encanto de estos libros. Zbigniew Herbert ha cultivado este género con frecuencia y perfección, como lo demuestra con El laberinto junto al mar, volumen publicado por Acantilado (magníficamente traducido, por cierto) y que se suma a otros títulos importantes del poeta polaco como Un bárbaro en el jardín y Naturaleza muerta con brida.

Estos textos recogidos en El laberinto junto al mar fueron entregados por Zbigniew Herbert en forma manuscrita a su editor polaco, quien se limitó a corregir alguna pequeña errata o error en la grafía de los nombres. Los ensayos fueron escritos en varias épocas, apareciendo en diferentes revistas polacas. El laberinto junto al mar nos descubre a un autor con unas extraordinarias dotes de divulgador histórico y a un enamorado de Grecia, lugar que visitó por primera vez a finales de 1964. Como siempre, este viaje a las fuentes de la civilización europea es también un viaje personal; lo expresa bien un famoso poema de Cavafis:  «Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. / Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, / entenderás ya qué significan las Ítacas.»

En el primer y magnífico texto, El laberinto junto al mar (1972) Zbigniew Herbert evoca su llegada a Creta en barco desde el Pireo y su recorrido por sus poco atractivas ciudades. Le sirve, sin embargo, para urdir un sensacional ensayo sobre la civilización minoica, así como las peripecias de sus descubrimientos arqueológicos, centrándose en la interesante vida del arqueólogo inglés Arthur Evans (1851 – 1941), descubridor del Palacio de Cnosos y que nos recuerda algo al capítulo dedicado a Evans en Dioses, tumbas y Sabios de C.W. Ceram. Como indica su título, Un intento de describir el paisaje griego (1966) pretende ser un recorrido por los paisajes de Grecia, pero como concluye el autor, los paisajes físicos nos vienen dados a través de la procelosa historia humana. Psicro, Epidauro, Atenas, Delfos, Esparta, Olimpia, son el objeto de este texto. La almita (1973) tiene como excusa la anécdota de Freud al visitar por primera vez Atenas: queda sorprendido de que la Acrópolis exista realmente, más allá de su conocimiento previo sobre la misma. En el fondo, es una reflexión sobre nuestras sensaciones al enfrentarnos ante cualquier obra de arte genial. La Acrópolis (1969) es una pieza magnífica. Hebert nos cuenta su viaje a Atenas y su deslumbramiento ante la Acrópolis, lo que le sirve para darnos una auténtica lección histórica y artística de la Acrópolis ateniense, desde su concepción y construcción inicial hasta sus restauraciones contemporáneas (pasando por sus numerosas destrucciones fruto de las guerras). El ensayo Cuestión de Samos (1972) se refiere a un episodio oscuro conocido como la Rebelión de Samos ocurrido sobre el 440 a.C. a raíz del conflicto que enfrentó a Samos y Mileto por la posesión de Priene. Mileto pidió ayuda a Atenas y la guerra acabó con la capitulación de Samos y el pago de una desproporcionada indemnización.

El Teseo, que tiene que llevarme a Creta, todavía no ha atracado en el puerto del Pireo y nadie sabe decirme cuándo llegará. los vulgares horarios no tienen vigencia en la patria de los mitos, la región donde los relojes marcan milenios. la única solución es armarse de una paciencia campesina o emprender un periplo por las tabernas del puerto.

Así pues, estoy en el Pireo aguardando el barco, sin otro quehacer que contemplar rostros humanos. no son los rostros que adornan los vasos antiguos, y los cuerpos—puedo adivinarlo—no se parecen a las estatuas de Praxíteles. la mezcla de rasgos albaneses, búlgaros y turcos salta a la vista y ha borrado por completo la belleza helena que el viajero espera encontrar.

¿Acaso tenía razón el doctor Fallmerayer al sostener que las invasiones eslavas posteriores al siglo vii después de Cristo cambiaron radicalmente la composición étnica de los habitantes de Grecia?

Y entonces me viene a la memoria una anécdota sobre Shelley. Cuando el gran romántico estaba trabajando en el poema Hellas, su amigo Trelawny le propuso un encuentro con griegos auténticos. Viajaron a Livorno para visitar un barco griego atiborrado de «individuos agitanados que vociferaban, gesticulaban, fumaban y jugaban a los naipes como si fueran bárbaros». Y, para colmo, el capitán del barco había abandonado su patria tras llegar a la conclusión de que la guerra de la independencia no era nada buena para los negocios.

Creo que debemos sacar una lección de esta anécdota: las naciones tienen quebraderos de cabeza más importantes y más elementales que intentar acercarse al ideal inventado por los humanistas románticos.

Los dos últimos ensayos abandonan el mundo helénico para cercarse al ámbito latino. Sobre los etruscos (1965) nos aproxima a esa civilización que quedó sepultada tras la aparición de Roma. El autor repasa su historia, religión, escritura y arte —que no le atrajo excesivamente— de esta civilización poco valorada en su justa medida. En Clase de latín Herbert rememora sus tiempos de estudiante de bachillerato y a su autoritario profesor de latín. De ahí nos lleva al tortuoso e incompleto proceso de la conquista de Britania por los romanos y al examen profundo de la organización del estamento militar romano, clave esencial del Imperio.

Cuando he terminado la lectura del libro me he confirmado en la idea de que este tipo de literatura ensayística y viajera es el exponente más acabado de esa cultura humanística y sofisticada que en Europa ha dado tan excepcionales frutos y que poco a poco vemos consumirse en las llamas de la banalidad. De ahí la importancia de leer, con pasión y veneración, a autores como Zbigniew Herbert y libros como El Laberinto junto al mar.

Puntuación: 5 (de 5)
Acantilado (2013. 3ª edición, 2018)
Colección: El Acantilado, 274
Traducción: A. Rubió y J. Slawomirski
288 págs.

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El laberinto junto al mar podría llevar el subtítulo «Apuntes de un viaje por Grecia», tal y como aparece en el manuscrito que Zbigniew Herbert entregó a su editor polaco, o quién sabe si el más aclaratorio «En la patria de los mitos», que fue usado como título para una edición alemana, previa y distinta a la que hoy presentamos en lengua castellana. Integran este libro siete ensayos luminosos, reunidos en 1973 por el poeta, que recogen su fascinación por una Grecia cuna de la civilización europea. (Sinopsis de la editorial)

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Zbigniew Herbert (Lvov, 1924 – Varsovia, 1998). Poeta, ensayista y dramaturgo. Estudió Derecho, Bellas Artes y Filosofía. Entre muchos otros reconocimientos, recibió el premio Herder en 1973. En Acantilado hemos publicado Naturaleza muerta con brida (2008), Un bárbaro en el jardín (2010), El laberinto junto al mar (2013) y El rey de las hormigas (2018).

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