{Reseña} Rafael Argullol: La razón del mal (Acantilado)

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El género novelístico ocupa un lugar importante dentro de la amplia obra de Rafael Argullol. Desde la inicial Lampedusa (1981) el autor ha alternando la escritura de ensayos —por los que es principalmente reconocido— con la publicación de obras narrativas de diversa índole. Con La razón del mal Argullol ganó merecidamente el Premio Nadal de 1993 (con el título de Habitantes en la niebla y bajo el seudónimo de Héctor Casanova). Señalo el año de su escritura porque esta novela, que tiene cierto carácter de fabula alegórica y distópica, está escrita en unos años en los que este tipo de temas no eran cultivados por autores de la gran literatura. Obras con las que percibo alguna relación yo recuerdo El país de las últimas cosas (1987) de Paul Auster, su contemporánea El primer siglo después de Béatrice (1993) de Amin Maalouf y la posterior Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. En este sentido, La razón del mal es una novela premonitoria que podría haberse escrito hoy mismo y seguramente se entienda mejor en la actualidad que hace 25 años.

Según su autor, ésta es «una obra que es una indagación sobre el mal y una reflexión sobre la irracionalidad». Pues bien, ya desde las primeras frases de la novela advertimos que nos situamos ante una historia inquietante («Primero hubo vagos rumores, luego incertidumbre y desconcierto; finalmente, escándalo y temor»). En efecto, La razón del mal cuenta la historia de una extraña pandemia de locura que sufre una próspera ciudad costera. Los afectados, a los que se da el nombre de exánimes, pierden cualquier voluntad de vivir («es como si sus almas hubieran muerto») y quedan idiotizados. Las autoridades primero niegan la enfermedad, luego la ocultan y finalmente consienten someter a estricta vigilancia a los exánimes en los hospitales y Centros de Acogida habilitados. Se acepta la censura de prensa, el toque de queda, se acaba con el control democrático y el Consejo de Gobierno asume todo el poder; los servicios públicos fallan paulatinamente, ocurren ataques sangrientos contra los enfermos —que entonces ya no son enfermos sino portadores del Mal; no existe la enfermedad, existe el Mal—, se producen actos de vandalismo e incendios consentidos por las autoridades. En definitiva, asistimos a la incontenible transformación de una ciudad moderna y modélica en un mundo insolidario, precivilizado, mítico, casi primitivo.

Por otra parte, la gente huye de los espectáculos y de la vida callejera y se encierra en sus casas en un retorno al «espíritu de la fortaleza», renace la adivinación y la superchería, y por último aparece la figura de Rubén, apodado El Maestro, un antiguo cómico recibido como un Mesías capaz de erradicar el Mal de la ciudad y que entusiasma a las multitudes. Finalmente, todos los exánimes desaparecen (no se sabe si son eliminados o evacuados a otro lugar) y la ciudad, como por arte de magia y en un ejercicio de olvido colectivo, vuelve a su normalidad habitual y convencional.

Primero hubo vagos rumores, luego incertidumbre y desconcierto; finalmente, escándalo y temor. Lo que estaba a flor de piel se hundió en la espesura de la carne, atravesando todo el organismo hasta revolver las entrañas. Lo que permanecía en la intimidad fue arrancado por la fuerza para ser expuesto a la obscenidad de las miradas. Con la excepción convertida en regla se hizo necesario promulgar leyes excepcionales que se enfrentaran a la disolución de las normas. Las voces se volvieron sombrías cuando se constató que la memoria acudía al baile con la máscara del olvido. Y en el tramo culminante del vértigo las conciencias enmudecieron ante la comprobación de que ese mundo vuelto al revés, en el que nada era como se había previsto que fuera, ese mundo tan irreal era, en definitiva, el verdadero mundo.

Y, sin embargo, antes de que los extraños sucesos se apoderaran de ella, se trataba de una ciudad próspera que formaba parte gozosamente de la región privilegiada del planeta. Era una ciudad que, a juzgar por las estadísticas publicadas con regularidad por las autoridades, podía considerarse como mayoritariamente feliz. Se dirá que esta cuestión de la felicidad es demasiado difícil de dilucidar como para llegar a conclusiones. Y, tal vez, quien lo diga tenga razón si se refiere a casos individuales. Pero no la tiene en lo que concierne al conjunto. Nuestra época, quizá con una determinación que no se atrevieron a arrogarse épocas anteriores, nos ha enseñado a reconocer los signos colectivos de la felicidad. Por lo demás son fáciles de enunciar y nadie pondría en duda que tienen que ver con la paz, el bienestar, el orden y la libertad. La ciudad se sentía en posesión de estos signos. Los había conquistado tenazmente y disfrutaba, con legítima satisfacción, de que así fuera.

***

Por eso cuando hizo acto de presencia un mundo que distaba de ser el mejor de los mundos posibles, la ciudad lo recibió como si, inesperadamente, hubiera sufrido un mazazo demoledor. Descargado el golpe, lo que sucedió después predispuso al advenimiento de un singular universo en el que se mezclaron el simulacro, el misterio y la mentira. En consecuencia se rompieron los vínculos con la verdad y, lamentablemente, el dios centinela de ciudades, el único en condiciones de poseerlos todavía, nunca ha revelado su secreto.

Unos pocos personales son los presentados en novela: el principal, Víctor Ribera, fotógrafo y reportero gráfico; David Aldrey, psiquiatra y muy amigo de David; Ángela, mujer de David y restauradora de arte; Salvador Blasi, director del diario El Progreso. (Sólo Víctor y David, que muere, no saldrán indemnes de esta pesadilla.) Pero los personajes tienen un papel secundario en la obra; la protagonista absoluta es la ciudad —o si se quiere, la colectividad que la habita—, su progresiva mutación y colapso, y su renacimiento inesperado. Por otra parte, el estilo que despliega Argullol en La razón del mal es claro y riguroso —creo que el idóneo y el que demanda la naturaleza de esta historia—, sin barroquismos ni experimentalismos gratuitos que distraigan la atención del lector. Es una historia por momentos opresiva, que mantiene la intriga y el interés desde el primer capítulo y que bajo el ropaje de una fábula más o menos imposible esconde una profunda reflexión filosófica sobre la naturaleza de la sociedad contemporánea.

En conclusión, La razón del mal es una novela profunda y estimulante, absolutamente actual en sus planteamientos. Nos advierte de cuán frágil es la armadura de la civilización, y que cualquier calamidad, real o imaginaria, es capaz de derribarla sin apenas resistencia.

Puntuación: 4 (de 5)
Editorial Acantilado (2015)
Colección: El Acantilado, 249
224 págs.

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En una ciudad occidental, cosmopolita y próspera, se produce un fenómeno extraño que inicialmente parece sólo un molesto contratiempo pero muy pronto se convierte en una amenaza mucho más insidiosa, capaz de transformar las más íntimas convicciones de los ciudadanos. A partir de la crónica de este fenómeno que afecta a todos los estratos de una sociedad, el autor recrea el proceso de su descomposición, desde la delación, el temor y la sospecha, hasta el pillaje, la magia y la superstición. En medio del caos, una relación amorosa se construye serenamente, inmersa en el tiempo de la lenta restauración de un cuadro mitológico donde el artista se atrevió a invitar al espectador a soñar con otro destino para Orfeo y Eurídice. Argullol nos recuerda el indispensable valor de la lucidez y la memoria: mirar atrás, como hiciera Orfeo al rescatar a su amada del Hades, no aboca necesariamente a la condenación. (Sinopsis de la editorial)

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Rafael Argullol (Barcelona, 1949) ha escrito más de treinta libros, entre los que se cuentan novelas, ensayos y libros de poesía. Además, ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Como profesor, ha enseñado en universidades europeas y estadounidenses. Colaborador habitual en diarios y revistas, con frecuencia ha vincu­lado su faceta de viajero y su estética literaria. Ha sido galardonado con el Premio Nadal en 1993 por La razón del mal, el Premio de Ensayo Casa de América en 2002 por Una educación sensorial, los Premios Cálamo y Ciutat de Barcelona en 2010 por Visión desde el fondo del mar y el Observatorio Achtall de Ensayo en 2015. Acantilado ha emprendido la publicación de toda su obra.

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