{Reseña} Margaret Atwood: El cuento de la criada (Salamandra)

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A pesar del éxito cosechado por El cuento de la criada desde su publicación en el ya lejano 1985 no había tenido la oportunidad de leer esta famosa novela de la prolífica autora canadiense Margaret Atwood. Aprovechando que Salamandra acaba de lanzar una nueva y excelente edición en tapa dura me he decidido por fin a leer este clásico, del que apenas tenía una vaga idea de su argumento —ya que tampoco no he visto la serie—, por lo que me he enfrentado a la novela desde una posición estrictamente literaria.

El cuento de la criada («The Handmaid’s Tale») es una novela distópica ambientada en la región de Nueva Inglaterra en Estados Unidos en una época indeterminada pero próxima al fin del siglo XX. Tras el fatal asesinato del presidente del país el ejército declara el estado de excepción, se suspende la Constitución y se impone un sistema totalitario de corte teocrático —la República de Gilead— en el que las mujeres quedan relegadas exclusivamente a las labores tradicionales del hogar y a la reproducción. (En realidad es un sistema patriarcal en la forma pero fuertemente matriarcal en el contenido como se va comprobando.) Se establece un sistema de castas para toda la población y muy especialmente para las mujeres, que se dividen en Criadas, Tías, Esposas y Econoesposas y que se distinguen por el color específico de sus vestidos de corte antiguo. Las criadas son mujeres en edad fértil que trabajan en hogares de las clases altas y a las que se obliga a quedar embarazadas del cabeza de familia. La novela es el testimonio de una de estas criadas a la que llaman Defred (se desconoce su nombre anterior a Gilead) y que cuenta su día a día lleno de estrictas normas de comportamiento y de represión, así como sus recuerdos de su vida anterior a la dictadura. Al contrario que otros clásicos equivalentes del género (Un mundo feliz, 1984) El cuento de la criada está narrado en primera persona y se nos informa en un apéndice final («Notas históricas sobre El cuento de la criada», escrito en 2191) de que se trata de unas memorias grabadas en casetes encontradas en una caja y transcritas por estudiosos de la Asociación Gileadiana de Investigación, especializada en ese convulso periodo histórico.

Dormíamos en lo que, en otros tiempos, había sido el gimnasio. El suelo, de madera barnizada, tenía pintadas líneas y círculos correspondientes a diferentes deportes. Los aros de baloncesto todavía existían, pero las redes habían desaparecido. La sala estaba rodeada por una galería destinada al público, y me pareció percibir, como en un vago espejismo residual, el olor acre del sudor mezclado con ese toque dulce de la goma de mascar y el perfume de las chicas que se encontraban entre el público, vestidas con faldas de fieltro — así las había visto yo en las fotos —, más tarde con minifaldas, luego con pantalones, finalmente con un solo pendiente y peinadas con crestas de rayas verdes. Allí se habían celebrado bailes; persistía la música, un palimpsesto de sonidos que nadie escuchaba, un estilo tras otro, un fondo de batería, un gemido melancólico, guirnaldas de flores hechas con papel de seda, demonios de cartón, una bola giratoria de espejos que salpicaba a los bailarines con copos de luz.

En la sala había reminiscencias de sexo, soledad y expectación de algo sin forma ni nombre. Recuerdo esa sensación, el anhelo de algo que siempre estaba a punto de ocurrir y que nunca era lo mismo, como no eran las mismas las manos que sin perder el tiempo nos acariciaban la región lumbar, o se escurrían entre nuestras ropas cuando nos agazapábamos en el aparcamiento o en la sala de la televisión con el aparato enmudecido y la luz de las imágenes parpadeando sobre nuestra carne exaltada.

Suspirábamos por el futuro. ¿De dónde sacábamos aquel talento para la insaciabilidad? Flotaba en el aire, y aún se respiraba, como una idea tardía, cuando intentábamos dormir en los catres del ejército dispuestos en fila y separados entre sí para que no pudiéramos hablar.

Hay que tener en cuenta que este libro lo escribió Atwood en el Berlín de antes de la caída del Muro, cuando la Guerra Fría y la amenazadora presencia del totalitarismo soviético era muy cercana. Pero como ocurre siempre, no hay sistema totalitario capaz de reprimir las ansias de libertad y el espíritu de rebeldía de todo el mundo durante todo el tiempo. Aun a riesgo del castigo y de la propia vida siempre hay individuos que infringen las reglas como una válvula de escape que les permita sentirse vivos. Este es el caso de Defred y de otros muchos personajes de la novela, los cuales tras una fachada de sumisión total al sistema esconden una doble vida. En un final que queda abierto Dedred consigue escapar gracias a la ayuda de una organización clandestina llamada Mayday.

La acción se nos presenta con cierta lentitud y realmente no se nos informa en profundidad de la historia de Gilead —hasta el capítulo 28 no sabemos que se produjo un violento cambio de régimen— ni de muchos de sus elementos sociopolíticos definitorios. Tampoco me parece que se profundice en exceso en la psicología de los personajes. La narración se concentra en la dura y rígida vida cotidiana de un microcosmos que es la residencia del Comandante y su Esposa, con sus Criadas y Tías (mujeres mayores que actúan de amas de llaves y supervisoras de las criadas), de sus desconfianzas, miedos y conflictos personales.

Tengo que decir que El cuento de la criada me ha producido cierta decepción,  seguramente debido a las altísimas expectativas que tenía de esta novela. En cualquier caso, es una obra muy interesante y entretenida que sugiere más de lo que muestra y que plantea reflexiones de gran calado sobre las relaciones entre los sexos y sobre la naturaleza autoritaria de cualquier tipo de poder.

Puntuación: 4 (de 5)
Ediciones Salamandra (1ª edición tapa dura, 2019)
Colección: Narrativa
Traducción: Elsa Mateo Blanco
416 págs.

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En la República de Gilead, el cuerpo de Defred sólo sirve para procrear, tal como imponen las férreas normas establecidas por la dictadura puritana que domina el país. Si Defred se rebela —o si, aceptando colaborar a regañadientes, no es capaz de concebir— le espera la muerte en ejecución pública o el destierro a unas Colonias en las que sucumbirá a la polución de los residuos tóxicos. Así, el régimen controla con mano de hierro hasta los más ínfimos detalles de la vida de las mujeres: su alimentación, su indumentaria, incluso su actividad sexual. Pero nadie, ni siquiera un gobierno despótico parapetado tras el supuesto mandato de un dios todopoderoso, puede gobernar el pensamiento de una persona. Y mucho menos su deseo.

Los peligros inherentes a mezclar religión y política; el empeño de todo poder absoluto en someter a las mujeres como paso conducente a sojuzgar a toda la población; la fuerza incontenible del deseo como elemento transgresor: son tan sólo una muestra de los temas que aborda este relato desgarrador, aderezado con el sutil sarcasmo que constituye la seña de identidad de Margaret Atwood. Una escritora universal que, con el paso del tiempo, no deja de asombrarnos con la lucidez de sus ideas y la potencia de su prosa. (Sinopsis de la editorial)

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Margaret Atwood (Ottawa, 1939) es una de las escritoras canadienses de mayor renombre internacional. Autora prolífica, ha cultivado diversos géneros literarios y su obra ha sido traducida a más de cuarenta idiomas. Entre sus novelas destacan, además de Alias Grace (Salamandra, 2017), El cuento de la criada (Salamandra, 2017) y Ojo de gato, finalistas del Premio Booker, un galardón que obtuvo con El asesino ciego, su décima novela. En Salamandra ha publicado también Por último, el corazón (2016). Ha recibido asimismo el Governor General’s Award, la Orden de las Artes y las Letras, el Premio Montale, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Nelly Sachs, el Premio Giller, el National Arts Club Literary Award, el Premio Internacional Franz Kafka y el Premio de la Paz del Gremio de los Libreros Alemanes.

(Nota: Ilustración de Anna y Elena Balbusso)

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