{Reseña} Ednodio Quintero: Cuentos salvajes (Ediciones Atalanta)

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Conocía a Ednodio Quintero —aunque no lo había leído— por la inclusión de algunos textos suyos en la estupenda página web de Enrique Vila-Matas, así como por los reiterados comentarios elogiosos que el escritor barcelonés ha expresado desde hace años hacia el venezolano, con el que le une una larga amistad. Con el fino olfato y buen gusto acostumbrado Ediciones Atalanta ha incorporado a su catálogo, dentro de la maravillosa colección Ars Brevis, los cuentos completos de Quintero en un volumen titulado Cuentos salvajes, nombre que nos da una pista, aunque sea vaga, del mundo literario en el que se mueve Ednodio Quintero.

Cuentos salvajes incluye todas las colecciones de relatos que Quintero ha publicado desde el año 1974, además de algunas piezas de carácter autobiográfico o muy recientes que habían quedado fuera de anteriores antologías: La muerte viaja a caballo (1974), Volveré con mis perros (1975), El agresor cotidiano (1978), La línea de la vida (1988) —estos reordenados y reescritos para su publicación en La cabeza de cabra y otros relatos (1993)—, El combate (1995) y El corazón ajeno (2000), Últimas historias y Lazos de familia.

Por lo menos en sus cuentos Quintero huye del realismo mimético («Me cuesta mucho ser un escritor realista. Meto en una batidora sueños, la realidad, la experiencia personal…», ha declarado en una entrevista) para crear un universo mítico inconfundible de fuerte contenido simbólico y onírico («Soy una máquina de soñar. Muchos de mis cuentos son sueños transcritos totalmente»). Más que sobre la realidad exterior y objetiva, lo contado tiene que ver más con la subjetividad del protagonista-narrador: la acción se traslada en un momento determinado del mundo físico a lo imaginario, a lo soñado o a lo totalmente fantástico. Un mundo ficcional consistente y único, inconfundible por la recurrencia de su emplazamientos en su región natal de los Andes venezolanos —que nacen para la Literatura a partir de Quintero—, por sus obsesiones temáticas y procedimientos narrativos. (Desdoblamientos y metamorfosis de la psique, así como extrañamientos de tipo kafkiano. Otras veces la extrañeza es meramente verbal, fruto de los artificios de la propia escritura.) En cualquier caso, cuando nos adentramos en estos relatos descubrimos a un escritor de una originalidad y personalidad asombrosa, digno de figurar entre los grandes de las letras hispanoamericanas.

Sus primeros libros, que contienen piezas breves o muy breves, se enmarcan más claramente ese mundo primigenio, telúrico y salvaje de una región atrasada, apartada y pobre —en esto me ha recordado al mundo de Rulfo— donde es más propicia la irrupción de lo prodigioso o, en su caso, de lo inesperado. Cuentos como Un caballo amarillo, Valdemar Lunes el inmortal, El personaje, Jinetes, Antares o El combate, por citar algunos, me han parecido auténticas obras maestras.

El sol se hundía en las lejanísimas montañas coronadas de nieve, veteadas en los flancos por líneas verdosas, rayadas de carbón. Yo avanzaba a través de un sendero pedregoso dejando a mis espaldas mi rastro de sangre. Me detenía el tiempo justo para respirar y luego reanudaba mi implacable marcha pues no quería que la noche me sorprendiera a descampado. Abrigadas en las sombras, las fieras o las aves de rapiña me acosarían sin piedad, y en aquel estado de indefensión, ¿qué resistencia les iba a ofrecer? Moverme me causaba daño, ya que, prácticamente, ninguna región de mi cuerpo había escapado al castigo. A decir verdad, mis heridas no eran de muerte, pero este hecho no me consolaba. ¿Qué ventaja se derivaba de aquella circunstancia? Morir no era mi mayor preocupación. Ya habría tiempo para ocuparse del trance final.

Mientras avanzaba apoyándome en alguna raíz enterrada en los salientes rocosos, me invadía una rara sensación, semejante a la desilusión o la tristeza. No obstante, su verdadera naturaleza no era fácil de definir. Yo me había habituado a la derrota, mi destino estaba entretejido por la traición. Entonces, por qué habría de afligirme esta nueva caída siendo que ella no era más que una reiteración, otro eslabón en la cadena. Acaso, por primera vez, tuve conciencia de que aquel sentimiento, el que fuera, rebasaba mis propios límites y se precipitaba en el vacío.

Había librado un combate desigual, y supe desde el primer momento que no tenía la más mínima posibilidad de resultar vencedor. Pude eludir el encuentro pues nada me obligaba a someter mi cuerpo a semejante escarmiento. Sin embargo, una fuerza para mí desconocida sostuvo mi decisión. ¿Acaso me solazaba en el dolor? No lo creo, no ha sido el dolor mi aspiración esencial. Al menos, voluntariamente, no me expongo a la crueldad. Ahora, ante mi piel desollada, de nada servían los pensamientos. Cualquier hipótesis resultaba superflua. Pero no podía dejar de pensar, al contrario, imágenes y voces fluían incontenibles, fustigándome y atormentándome, convirtiendo mi huida en un vía crucis mental.

Escuchaba la risa burlona del enemigo, escudado detrás de la máscara de hierro, y aquella risa endemoniada era preferible al silencio, pues opacaba su irritante respiración, silbante y persistente como el zumbido de un moscardón. Y cuando al fin cesaban la risa y el silencio, en algún lugar de mi memoria surgía nítida una figura familiar -cuyos rasgos habría reconocido entre una multitud. Se incorporaba en su tumba y me increpaba con palabras terribles, que llegaban a mí desfiguradas por la lejanía, astilladas por el viento de la eternidad, y que hacían vibrar mis oídos como una maldición. ¿Estaría yo condenado a oscilar el resto de mis días entre carcajadas de burla y voces muertas? A través de aquel odioso contrapunto se filtraba, débil -e inconfundible-, un sollozo. Yo había traspasado no sé cuántos umbrales del sufrimiento, pero el sonido de mi propio llanto no lo iba a soportar. Arranqué un puñado de hierba seca mezclada con tierra y taponé mi boca para sofocar mi voz. Y reanudé la marcha dispuesto a no dejarme arrebatar por ninguna imagen del pasado, pues sabía que en aquel territorio de cenizas, y no en mi cuerpo desvalido, se centraba mi debilidad. […] («El combate»)

Las últimas colecciones de cuentos del escritor venezolano contienen textos más largos, complejos y probablemente mejores. En ellos se verifica la inclusión de lo urbano, de las relaciones sociales —no siempre satisfactorias— y de la ironía; sin embargo, pierden algo de esa fantasmagoría de los primeros cuentos y que me ha resultado tan fascinante. Así, la sección Uniones tiene la particularidad de que un personaje femenino, Laura, recorre los diferentes relatos de aire cortaziano. Las narraciones de El corazón ajeno vuelven a los caminos de la fantasía (e incluso lo terrorífico) con finales sorpresivos a la manera del cuento clásico. Las más extrañas obsesiones recorren Últimas historias. El volumen se completa con Lazos de familia, conjunto reciente de cuatro textos autoficcionales. De este último grupo destacaría El sur, Un rostro en la penumbra, El otro tigre, Nocturno y Ojos de serpiente.

Hay que remarcar que la escritura de Ednodio Quintero es inconfundible: una asombrosa e hipnotizadora prosa, de una belleza y rigurosidad casi matemática; clara, sobria y de rara perfección. Un auténtico placer para el lector y una verdadera lección de estilo.

Finalizo indicando que Cuentos salvajes es un libro de lectura obligada para entender la gran literatura contemporánea en español. IMPRESCINDIBLE.

Puntuación: 5 (de 5)
Ediciones Atalanta (2019)
Colección: Ars Brevis, 126
Prólogo: Enrique Vila-Matas
554 págs.

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Ednodio Quintero es uno de los narradores venezolanos de cuentos más celebrados de la última mitad de siglo xx. Este libro reúne en un solo volumen todos sus cuentos.
«Quintero es uno de esos “escritores de antes”, y es posible que, a la larga, haber estado tan alejado de los focos mediáticos le haya beneficiado, porque le ha permitido acceder al ideal de ciertos narradores de raza: ser puro texto, ser estrictamente una literatura.» Enrique Vila-Matas
«Las historias de Ednodio Quintero están hechas de rodeos, planteamientos que vuelven sobre sí mismos, hasta llegar al sitio en donde sobreviene la revelación.» Juan Villoro
«Quintero hace de la invención y la escritura una necesidad. Nos ha enseñado todas las cartas de la baraja y hemos sucumbido al encanto de su inteligencia.»
Juan Antonio Masoliver Ródenas, La Vanguardia (Sinopsis de la editorial)

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Ednodio Quintero (Las Mesitas, Trujillo, Venezuela, 1947) ha recibido el reconocimiento de los premios más importantes de su país. Ha escrito libros de cuentos: La muerte viaja a caballo (1974), Volveré con mis perros (1975), El agresor cotidiano (1978), La línea de la vida (1988), Cabeza de cabra (1993), El combate (1995) y El corazón ajeno (2000); novelas: La bailarina de Kachgar (1991), El rey de las ratas (1994), El cielo de Ixtab (1995), Lección de física (2000), Mariana y los comanches (2004), Confesiones de un perro muerto (2006), El hijo de Gengis Khan (2013) y El amor es más frío que la muerte (2017); y ensayos: De narrativa y narradores (1996) y Visiones de un narrador (1997).

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