{Reseña} Florence Delay: Alta costura (Acantilado)

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Si han tenido la fortuna de visitar el Museo de Bellas Artes de Sevilla o el Museo del Prado puede que recuerden algunas pinturas de Francisco de Zurbarán dedicadas a varia santas. Son obras de gran formato y del mismo tipo que representan a las santas vestidas suntuosamente y con los extraños atributos que representan su martirio o milagros. Pero entre tantas obras maestras seguramente pasarían casi inadvertidas y quedarían como un vago recuerdo. Pues bien, Florence Delay acaba de publicar en Acantilado un delicioso ensayo que trata precisamente de estas pinturas de Zurbarán que ella contempló en su juventud en su primer viaje a Sevilla.

Las llamadas Santas Vírgenes de Zurbarán son un conjunto de, al menos, diecisiete pinturas de santas (algunas de ellas en varias versiones) realizadas por Francisco de Zurbarán y su taller. La mayoría vivieron en la Roma Imperial y cuatro de la Edad Media. Destacan Santa Isabel y Santa Matilda que fueron reinas y no vírgenes, aunque se incluyen por sus modelos de santidad como ejemplo para las mujeres del siglo XVII. En muchos casos se trata de retratos a lo divino, en los que representaba el semblante de quien encargó la obra, generalmente destinada a un oratorio privado. Hay que notar que en su tiempo estas obras fueron criticadas por sectores de la Iglesia al considerar inapropiado vestir a las santas mártires con trajes tan lujosos en lugar con los sencillos ropajes que con seguridad usaban. Otra particularidad de esta serie es que Zurbarán no quiso reflejar el dolor de su martirio («la Pasión está detrás, la muerte ya ha pasado. Sólo un detalle nos la recuerda, un instrumento de tortura sostenido con Águeda sus pequeños senos arrancados») sino que puso el acento en la feminidad de la mujer del siglo XVII y las retrató en la plenitud de su juventud.

De pie y de tres cuartos, vuelve hacia nosotros un rostro grave y delicado, pero lo que primero atrae son los pliegues de su vestido de seda color coral con un galón dorado bordado, recargado con brocados y brocateles—con motivos de alcachofas, orlas, piñas, color ceniza y canela—. La santa lo está levantando con la punta de los dedos como si fuera algo ligero. El vestido que lleva debajo, del que una manga, desde el codo a la muñeca, surge de la sobremanga sujeta con una joya, es rojo. Abajo asoma un mocasín negro. De la parte de atrás del vestido prende un gran lazo de tafetán gris ahuecado que cae hasta el suelo. Una abundante cabellera negra la cubre hasta la cintura, tan abundante que una parte está sujeta por una cinta roja y un collar de perlas. La boca es muy pequeña. El labio superior sobresale ligeramente, como ofreciéndose a un beso, pero no nos atrevemos: la aureola esbozada por encima de su cabeza, la diadema sobre sus cabellos, el esplendor del conjunto, intimidan. Nos está mirando, seria, con las mejillas sonrosadas por la emoción. ¿Por qué? Ése es el secreto del cuadro, presente y oculto en los pliegues de su vestido.

Casilda, hija de Yahya ibn Ismail al-Mamun, emir de Toledo de 1043 a 1075, aprendió a leer y a escribir en el Corán. Durante su adolescencia le asaltaron las dudas y quiso conocer las ideas de aquellos cristianos contra los que los moros estaban en guerra. Su padre le tenía prohibido visitar las mazmorras donde numerosos monjes y sacerdotes estaban encerrados, pero ella infringía la prohibición y aprovechaba sus ausencias para ir a visitar a los cautivos y llevarles comida y remedios para sus enfermedades. A cambio, ellos la adoctrinaron tan bien que quiso recibir el bautismo. El emir, al enterarse de que su hija le desobedecía, fingió salir de caza. Pero volvió inopinadamente y la sorprendió camino de las mazmorras. «¿Qué llevas en el vestido?», le preguntó bruscamente. «Flores», respondió ella. «Muéstramelas». Cuando Casilda entreabrió temerosa su vestido apareció un ramillete de rosas. Y ése es el secreto del cuadro de Zurbarán: un ramillete de rosas en los pliegues del vestido. (“Casilda de Toledo”)

Delay llama la atención sobre el paradójico y extraño hecho de que estas jóvenes aparecen con joyas, sombreros y vestidos de gran riqueza, lujo y variedad, casi en un despliegue de la moda más elegante de su tiempo. Hay que recordar que el padre de Zurbarán era mercader de paños y telas y que el pintor estaba familiarizado con los más espléndidos y fastuosos tejidos e indumentaria. Es como si tras la muerte martirial Zurbarán las presentara vestidas para el Cielo («Zurbarán escoge sus telas, sus colores, corta el patrón, con la misteriosa intención de formar un guardarropa celestial que se conserve por toda la eternidad»). Todo esto, naturalmente, está enmarcado en la compleja realidad de la Contrarreforma y del Siglo de Oro, una época de mayor sofisticación estética —y por supuesto, espiritual— del que podríamos pensar de manera apresurada.

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En los breves capítulos de Alta Costura su autora hace un repaso de la vida de Francisco de Zurbarán, de las vicisitudes que han sufrido estos cuadros y, sobre todo, comenta la indumentaria y la extraordinaria biografía de varias de las Santas, casi a la manera del Flos sanctorum. El ensayo finaliza con una interesante referencia a la influencia que estas pinturas ejercieron en el gran diseñador guipuzcoano Cristóbal Balenciaga, quien desde niño sintió fascinación por los grandes maestros de la pintura española. Ese interés lo acompañó toda su vida en numerosas visitas al Prado donde reforzaba su inspiración ante El Greco, Velázquez, Murillo, Carreño de Miranda, Zurbarán, Goya o Zuloaga. (Por ejemplo, su Vestido de noche (1961) está inspirado directamente en el de Santa Casilda del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid.)

Alto costura es un libro breve pero no pequeño. Nos propone mirar con nuevos ojos estos tesoros de la pintura española que representan un universo espiritual que se encuentra en las antípodas del apresurado y superficial mundo actual.

Puntuación: 4 (de 5)
Acantilado (2019)
Colección: El Acantilado, 389
Traducción: Manuel Arranz
88 págs.

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«Unas jóvenes santas presentan en Sevilla un desfile de alta costura. Bellas como andaluzas, los ojos negros, el pelo negro, lucen vestidos largos, con o sin capa […] El corte de los vestidos, la elegancia de los tafetanes o de las sedas bordadas en oro y plata, la audaz combinación de los colores […], el refinamiento de los detalles […], todo contribuye a crear la ilusión de un desfile de alta costura en el Siglo de Oro […] Pero la ilusión se disipa en cuanto nos acercamos». A través de una selección de cuadros de santas realizados por Zurbarán, Florence Delay nos descubre la secreta relación entre la majestuosa indumentaria con que las retrató el pintor extremeño y la existencia que las elevó muy por encima del común de los mortales. Un ensayo refinado y erudito sobre la sutil relación entre arte y moda. (Sinopsis de la editorial)

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Florence Delay (París, 1941) es escritora, actriz, traductora y guionista, además de miembro de la Academia francesa. Entre sus traducciones cabe destacar diversos títulos de Bergamín al francés, y entre sus obras la novela Riche et légere (Prix Femina), o los ensayos Œillet sur le sable, sobre el arte de la tauromaquia, A mí, señoras mías, me parece (Acantilado, 2016) y Alta costura (Acantilado, 2019).

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