{Reseña} Ramón Andrés: No sufrir compañía (Acantilado)

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Ramón Andrés es uno de nuestros sabios más secretos y modestos. Como traductor, ensayista, y, especialmente, como compositor y musicólogo, nadie mejor que él para reflexionar sobre el silencio desde un punto de vista filosófico y espiritual. Lo ha hecho en No sufrir compañía, una amplia antología de escritos místicos españoles del Siglo de Oro que van precedidos, a modo de introducción, por el ensayo De los modos de decir el silencio del propio escritor navarro. Hay que decir que este magnífico ensayo introductorio casi justifica el volumen, tal es su capacidad de síntesis y su interés. El título está tomado de Las condiciones del pájaro solitario (en Avisos espirituales) de san Juan de la Cruz («y ha de ser tan amiga de la soledad y silencio que no sufran compañía de otra criatura») y muestra explícitamente dos actitudes vitales que van indisolublemente unidas: silencio y soledad.

Los textos seleccionados pertenecen a una veintena de escritores místicos: García Jiménez de Cisneros, Bernardino de Laredo, Francisco de Osuna, Juan de Valdés, Pedro de Alcántara, Juan de Ávila, Juan de Bonilla, Alonso de Orozco, Luis de Granada, Teresa de Jesús, Luis de León, Baltasar Álvarez, Juan de los Ángeles, Alonso Rodríguez, Juan de la Cruz, Antonio Molina, Luis de la Puente, Juan Falconi, María de Ágreda y Miguel de Molinos. Como se ve, junto a autores muy famosos hay otros apenas conocidos de los que ni siquiera existe edición moderna de sus obras, de ahí la importancia de esta compilación. De antemano hay que decir que, debido a la reiteración del tema y a cierta complejidad en la escritura de algunos de los autores, recomiendo leer primero la introducción y luego abordar los diferentes textos de forma pausada.

Hay un silencio que procede del desacuerdo con el mundo, y otro silencio que es el mundo mismo. Tomados en su significado más hondo, ambos constituyen una forma de audición, un fijar el oído a la consciencia para discernir qué nos escinde de cuanto nos rodea, qué nos separa de lo que somos. Este frágil sentido de la unidad, paradójicamente, es el que conforma al individuo, in-dividuus, «indivisible», temeroso ante el hecho de convertirse en cómplice de su propia disolución: el silencio, la no presencia de lenguaje, deja la identidad en vilo. Sin embargo, estar callado, y que las cosas callen, facilita escuchar lo que entendemos por origen, principio, momento anterior al primer giro de la Tierra que nos implicó en el devenir.

Podría pensarse que el silentium es la lógica de la nada, su correspondiente, pero resulta, bien al contrario, un atento «escuchar» en todas direcciones, advertir, lo más desnudamente posible, la voz en la que se ha vaciado cuanto existe. No puede concebirse como una oposición de la palabra ni como una pausa o interrupción del habla, ni tan siquiera como el reverso del ruido ni tomarse como un concepto sinónimo de estaticidad. Es, antes que otra cosa, un estado mental, un mirador que permite captar toda la amplitud de nuestro límite y, sin embargo, no padecerlo como línea última. Estar sosegado en lo limitado es tarea del silencio. No viene a transformar ni a desplazar la realidad, sino a sembrar vacíos en ella, aberturas, espacios en los que cifrar lo que por definición es intangible y que, pese a todo, nos alberga. La máxima confuciana de poseer «la identificación silenciosa de las cosas» es esencial y exacta para comprender qué son el silencio y su escucha. (De la introducción)

Como se sabe, la mística es un fenómeno extraordinariamente complejo y poliédrico; el término mystikós («cerrado, arcano o misterioso») designa las experiencias religiosas (y filosóficas) que permiten la comunicación inmediata y directa entre la persona y la divinidad. Se da en las religiones monoteístas (zoroastrismo, judaísmo, cristianismo, islam), así como en algunas politeístas (hinduismo) y en religiones no teístas (budismo), donde se identifica con un grado máximo de perfección y conocimiento (Para Santayana «Las mentes espirituales apoyadas en algún sistema, sea platónico, cristiano o hindú difieren sólo por puro accidente histórico»). Es una manifestación que trasciende al cristianismo y que Ramón Andrés va desgranando en su repaso histórico desde sus orígenes en la filosofía griega (pitagorismo, platonismo, neoplatonismo) hasta las religiones orientales (Antiguo Egipto, India). Especialmente importantes para los escritores del Siglo de Oro fueron las corrientes místicas del mundo musulmán y los escritos espirituales del área germánica (propulsores de la devotio moderna) que gozaron de una inusitada difusión en España y sin cuya influencia hubiera sido imposible tal eclosión de libros. Hay que notar que no iban muy erradas las autoridades de la Iglesia en desconfiar de toda actitud mística al considerarla preludio de herejía o de atentado contra los dogmas; así, por ejemplo, es más que dudoso que el quietismo más radical pueda ser considerado como cristiano (más allá de sus apelaciones a Cristo).

Son incontables las recomendaciones que proporcionan estos textos. Entresaco algunos especialmente clarificadores para nuestro tema:

Y es de notar que en la soledad y silencio consiste esta bienaventuranza, porque dice: «Bienaventurado el varón que está solo y callando» (Sam 3, 28). Bernardino de Laredo

Razón es, hermanos, que pues tanto interés hay en la guarda de la lengua; y en el santo silencio se hayan tantas riquezas, sabiduría, prudencia, paz y fortaleza, que nos sentemos a solas y que nuestra alma vuele sobre sí misma, transportada en las riquezas celestiales, cuya salva y gusto aun se siente en esta vida mortal, por la misericordia de Jesucristo. Alonso de Orozco

En el silencio y sosiego se perficiona el ánima devota y aprende los secretos de las Escrituras. Luis de Granada

La soledad, el recogimiento, el silencio y la vigiladísima observancia del corazón y la atención a la habla o inspiración divina es la base y el fundamento de la vida espiritual. Juan de los Ángeles

Pues si queréis ser espiritual y hombre de oración, si queréis tratar y conversar con Dios, guardad silencio. Si queréis tener siempre buenos pensamientos y oír las inspiraciones de Dios, tened silencio y recogimiento. Así también el ruido y estruendo de las palabras y cosas y negocios del mundo, impide y nos hace sordos para oír las inspiraciones de Dios, y caer en la cuenta de lo que nos conviene. Alonso Rodríguez

La sabiduría entra por el amor, silencio y mortificación. Grande sabiduría es saber callar y no mirar dichos ni hechos ni vidas ajenas. San Juan de la Cruz

Mejor es vencerse en la lengua que en ayunar a pan y agua. San Juan de la Cruz

Tres maneras hay de silencio: el primero es de palabras, el segundo de deseos y el tercero de pensamientos. El primero es perfecto, más perfecto es el segundo y perfectísimo el tercero. En el primero, de palabras, se alcanza la virtud; en el segundo, de deseos, se consigue la quietud; en el tercero, de pensamientos, el interior recogimiento. No hablando, no deseando ni pensando, se llega al verdadero y perfecto silencio místico, en el cual habla Dios con el alma, se comunica y la enseña en su más íntimo fondo la más perfecta y alta sabiduría. Miguel de Molinos

Ya desde la antigüedad la idea de silencio ha sido comúnmente asociada a un sentimiento de trascendencia, a una dimensión metafísica, espiritual y sagrada. Para el contemplativo, el silencio constituye la fuente original de todo lenguaje verdadero y su fin último. «Hay tiempo de callar y tiempo de hablar», dice el Eclesiastés (3,7). Y por encima de esta sabiduría, que pudiera parecer solamente humana, para la persona religiosa es Dios quien funda en el hombre los tiempos del silencio y de la palabra. Las Escrituras ponen el silencio como el escenario fundamental en que su contenido adquiere sentido: en el Antiguo Testamento el silencio expresa el lugar privilegiado para la revelación; en el Nuevo Testamento el silencio marca muchas de las etapas fundamentales de la vida de Jesús. Muchas de las expresiones referidas al silencio en estos escritos tienen que ver con esas alusiones bíblicas; el resto, a la clásica contención ascética. Según Andrés, en estas lecturas «El creyente encontrará cosas religiosas en los textos, y el que no lo es podrá leer estos escritos en otras claves y se sorprenderá de la gran semejanza que tienen con las ideas orientales de la disolución del yo».

La lectura de No sufrir compañía propone una purificación espiritual, o al menos, una llamada de atención sobre los excesos de la vida contemporánea, ahogada por ruidos de toda índole. Es un título de lectura inexcusable para cualquier persona interesada en el misticismo y en la literatura española. Y como nos tiene acostumbrados, la edición de Acantilado es inmejorable. Absolutamente recomendable.

Puntuación: 5 (de 5)
Editorial Acantilado (2010)
Colección: El Acantilado, 203
392 págs.

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El silencio, que significa algo más que la interrupción de los sonidos o buscar el reverso del lenguaje oral, posee, contradictoriamente, una poderosa dimensión comunicativa y una extraña capacidad para facilitar la entrada en el mundo del espíritu, el pensamiento y las artes. Es, tanto como el habla, una forma de conocimiento, la llave que permite introducirse en la complejidad de la conciencia. Desde el silencio puede analizarse otra perspectiva de la conducta humana, interpretar críticamente la cultura y explicar de un modo sutil y poco habitual toda construcción metafísica. El presente libro, cuyo amplio estudio preliminar recoge el origen y desarrollo de las tradiciones espirituales y filosóficas de Oriente y Occidente, ofrece una cuidada selección de escritos sobre el silencio, obra de los grandes maestros de la mística española de los siglos XVI y XVII, que representaron la cumbre de la literatura espiritual europea. (Sinopsis de la editorial)

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Ramón Andrés (Pamplona, 1955) ha escrito numerosos artículos sobre música y literatura, y publicado libros como el Diccionario de instrumentos musicales (1995-2001), W. A. Mozart (2003-2006), El oyente infinito (2007) y, en Acantilado, Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros (2005), El mundo en el oído. El nacimiento de la música en la cultura (2008), No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio (2010), Diccionario de música, mitología, magia y religión (2012), El luthier de Delft. Música, pintura y ciencia en tiempos de Vermeer y Spinoza (2013), Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente (2015), Pensar y no caer (2015) y Claudio Monteverdi. «Lamento della Ninfa» (2017), además de la edición de Oculta filosofía. Razones de la música en el hombre y la naturaleza (2004), de Juan Eusebio Nieremberg. En 2015 fue galardonado con el Premio Príncipe de Viana de la Cultura.

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