{Reseña} Juan Valera: Cartas desde Rusia (Miraguano)

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En 1856, con motivo del reconocimiento del zar Alejandro II a Isabell II como legítima soberana de España, fue enviada en agradecimiento una misión diplomática extraordinaria a Rusia —no existía por entonces legación permanente española— encabezada por el desaforado duque de Osuna y en la que Valera ocupaba el cargo de secretario. (Valera había sido ascendido el año anterior a Primer Secretario del Ministerio de Estado.) En esa estancia en Rusia, desde diciembre de 1856 hasta junio de 1857, Valera escribió una buena cantidad de cartas dirigidas a algunos amigos y a su jefe Leopoldo Augusto de Cueto, diplomático, académico, escritor y crítico, que a la postre publicó algunas de ellas en la prensa española, alcanzando cierta popularidad debido a lo «exótico» del lugar y a lo chispeante de la escritura del andaluz. Pues bien, la editorial madrileña Miraguano tiene publicado todo el conjunto de las Cartas desde Rusia de Juan Valera en una ejemplar edición crítica dentro de su magnífica colección Viajes y costumbres. Hay que tener en cuenta que la correspondencia rusa de Valera no se publicó por separado de su Correspondencia general hasta 1950, por lo que esta parte —para algunos críticos, la mejor— de la producción del autor ha sido poco conocida por el gran público.

Petersburgo, 28 de diciembre de 1856.
Señor don Leopoldo Augusto de Cueto.

Muy querido amigo: Mi situación aquí se va complicando. Tengo ganas de volver a Madrid y a esa Primera Secretaría, y el duque, así por la carta en que dice el marqués de Pidal que espere a Istúriz como por el frío que hace, pues hemos tenido hasta veintidós grados Réaumur bajo cero, no se atreve a volverse, y Dios sabe hasta cuándo se quedará aquí.

Entre tanto, llueven sobre nosotros los obsequios y convites. Ya hemos estado a comer en casa de Gortchakov, de Nesselrode, del ministro de Austria, del gran maestro de ceremonias, conde de Borch, y aún estamos convidados por el ministro de Holanda, por el de Prusia, por la princesa Kotchoubey y por no sé cuántos personajes más. Las tertulias empiezan también, y, como creo haber dicho a usted, he asistido a dos clases de tertulias: las de las Aspasias y Lais, donde siempre se termina la función en cancán y semiborrachera, y las de la alta sociedad, que no pueden ser más elegantes y encopetadas.

En estas tertulias se cena siempre. Aquí no se concibe diversión alguna en que no se manduque algo. Anoche recibió la princesa Kotchoubey en su magnífico palacio. Se bailaron muchos rigodones, valses, poleas y mazurcas, que es el baile nacional de por aquí, y lo bailan divinamente, y terminó la función a las cuatro de la mañana, después de haber cenado opíparamente. El arte culinario ha llegado aquí al último extremo de perfección, y no puede usted imaginarse qué combinaciones tan sabias y qué inventiva tan acertada y fecunda forman y tienen los cocineros. Pero yo sé de buena tinta que no son ellos solos los que combinan, inventan y discurren. Siempre que un señor «comme’il faut da una comida priée», hace venir a su cocinero a su gabinete y discute con él concienzudamente la mejor manera de agasajar a sus huéspedes, y de saturarles deliciosamente el estómago con los más alambicados extractos de todas las cosas fungibles. De estas discusiones nacen luego estas comidas tan maravillosas. Pero nadie sabe darlas como Nesselrode. Nesselrode es mi hombre.

El epistolario que se conserva de don Juan Valera puede que sea el más extenso de la literatura española del XIX. Desde 1847 hasta poco antes de su muerte, en 1905, Valera escribió infinidad de cartas que sólo recientemente han sido recopiladas en varios volúmenes. En ellas Valera se muestra en todo momento como un formidable epistológrafo: irónico, ingenioso, agudo observador y de una inmensa cultura, tanto clásica como contemporárea. Están escritas desde ciudades como Madrid, Nápoles, Lisboa, Rio de Janeiro, Dresde, París o San Petersburgo, lo que da idea de la diversidad de lugares, costumbres y perspectivas que ofrece la correspondencia. En estas Cartas, y salvo en algún momento, Valera no pretende realizar profundas reflexiones sobre la realidad política y social de Rusia, ni sobre las maniobras de la diplomacia de las grandes potencias; su misión es simplemente entretener:

“Bueno será, con todo, advertir que no trato yo de dar una idea, ni siquiera ligerísima, de lo que es este grande Imperio, inferior solo en extensión al que dominó nuestro emperador Carlos V, que abarca bajo un mismo lindero la séptima parte de la tierra habitable, y donde hay tantas razas diversas, se hablan tan varios y distintos idiomas y se usan costumbres tan peregrinas… Ruego, pues, a cuantos pongan los ojos en estas líneas, que no lo hagan por instruirse, sino para divertirse un rato, si, por dicha mía, les parecieren divertidas”.

Al comienzo de su viaje, en Berlín, asiste a la representación de Tannhäuser de Wagner. Atraviesan Polonia («Varsovia me ha parecido hermosa, pero triste como una esclava»), donde permanece un tiempo. A su llegada a Rusia Juan Valera queda fascinado por el esplendor de la ciudad de San Petersburgo: la belleza de sus edificios oficiales y de sus palacios; el racional diseño urbanístico y sus monumentos; sus museos, academias y bibliotecas; y la vida social y  de una aristocracia refinada y culta causaron un profundo impacto en el joven diplomático. Sin un gran trabajo que llevar a cabo, Valera pasó esos meses visitando asiduamente el Museo del Hermitage y las nutridísimas bibliotecas imperiales (de esto da cuenta abundante en sus cartas) en busca de libros y manuscritos españoles raros que copiar. Las visitas a las damas y próceres de la aristocracia eran diarias, donde era agasajado por formar parte de la misión del famoso y riquísimo Duque de Osuna. Queda encandilado por la actriz francesa Magdalena Brohan, de la que se enamora. Comenta el despilfarro y el lujo en que se vivía en la capital del imperio que transcurría de espaldas a las penalidades del pueblo llano. Le llaman la atención diversos aspectos de la religión ortodoxa, desde su recargada liturgia hasta la rigurosidad de la Cuaresma o la vida del clero. Todas sus entrevistas y relaciones se hacían en lengua francesa, idioma empleado hasta la exageración toda la alta sociedad rusa de la época, hecho que lamentó y que privó a Valera de comprender mejor la cultura tradicional y la literatura rusa ya que nuestro autor no llegó a aprender en ese breve periodo la lengua rusa. Finalmente viaja a Moscú, a la que considera como una exótica ciudad de Oriente, y regresa a España vía Alemania.

Las Cartas desde Rusia de Valera forman, junto con las Cartas de Ganivet y el Diario de un testigo de la Guerra de África de Alarcón, lo mejor de la escasa literatura de viajes española del siglo XIX. Es una obra deliciosa del más cosmopolita de nuestros escritores decimonónicos. Imprescindible.

Puntuación: 5 (de 5)
Miraguano Ediciones (2006)
Edición: Ángel Luis Encinas Moral | Prólogo: Carmen Calvo
Colección: Viajes y Costumbres
368 págs.

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Juan Valera además de novelista, periodista, poeta, traductor y político, un eficaz diplomático cuya carrera le llevaría por diferentes países europeos y americanos. Desde el 12 de diciembre de 1856 hasta junio de 1857, ejerció como secretario de la Legación de España en San Petersburgo, formando parte de la misión diplomática extraordinaria del Duque de Osuna. Fruto de esta estancia son sus Cartas desde Rusia que constituyen una excepcional fuente para el estudio de la Rusia inmediatamente posterior a la Guerra de Crimea, pues trata en ellas sobre sus soberanos, su clase política, su aristocracia, sus religiones, sus minorías nacionales, sus fiestas, espectáculos, diversiones y sus grandes y multidisciplinares museos y monumentos. Representan una viva muestra del humor andaluz de Juan Valera, sin el cual el estilo de estas cartas hubiera carecido de la gracia y del salero que, sin duda alguna, las impregna. (Sinopsis de la editorial)

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Juan Valera y Alcalá-Galiano (Cabra, Córdoba, 18 de octubre de 1824 – Madrid, 18 de abril de 1905) fue un escritor, diplomático y político español del siglo XIX. Empezo tarde a escribir, publicó su primera novela con cincuenta años. Cultivó diferentes géneros. Como novelista creía que la novela debe reflejar la vida pero embelleciéndola, intentando eliminar los aspectos crudos de la realidad ya que la finalidad de la novela es la creación de la belleza. Sus dos temas principales son los conflictos amorosos y los religiosos. Entre sus obras destacan: Pepita Jiménez (1874), Las ilusiones del doctor Faustino (1875), El comendador Mendoza (1877), Doña Luz (1879), Juanita la Larga (1896), Genio y figura (1897) y Morsamor (1899).

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