{Reseña} Francisco Tario: Obras Completas I. Cuentos. Varia invención (FCE)

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«En Tario, el motor de su narrativa es un diálogo incesante entre el presente y la memoria, la vigilia y el sueño, lo romántico y lo grotesco, el mundo de los vivos y el mundo de los muertos». Así define Alejandro Toledo, prologuista y editor de este volumen, el quehacer literario de Francisco Tario, autor que hasta hace unos pocos años se encontraba casi totalmente olvidado y que gracias al interés de algunos estudiosos y editoriales ha vuelto a recuperar la importancia que merece.

Este primer volumen de la obra completa de Francisco Tario publicado por Fondo de Cultura Económica incluye los libros de cuentos La noche (1943), Tapioca Inn: mansión para fantasmas (1952) y Una violeta de más (1968), su último libro de relatos, más una heterogénea colección de textos agrupados bajo el epígrafe de Varia invención. Todos dan buena cuenta de la maestría alcanzada por el autor en un género —el fantástico— del que fue prácticamente iniciador en su México natal y que por aquellos años se encontraba en los bordes de la marginalidad. Emparentado con otro raro, Felisberto Hernández —y no sólo por su afición al piano—, se puede decir que comparte con el escritor uruguayo su personal acercamiento a la narrativa fantástica en la que se mezcla la más exuberante imaginación con lo monstruoso y la ironía más festiva e incluso grotesca (lo que es, por otra parte, muy típico del género cultivado por autores hispanos).

El tema recurrente en toda la obra de Tario es claro: la noche (y no sólo en el volumen del mismo título), ya que lo nocturno y la oscuridad adquieren su antigua función de madre generadora de monstruos y misterios. En los cuentos de La noche encontramos extraños objetos que cobran vida (La noche del féretro, La noche del buque náufrago, La noche del muñeco, La noche del traje gris) y animales que hablan (La noche de la gallina, La noche del perro); por supuesto, y a la manera de las fábulas tradicionales, es la humanidad y sus tragedias y amarguras la que nos habla a través de estos personajes. El resto de textos muestran un magistral carácter onírico (La noche del loco, La noche de los cincuenta libros, La noche del vals y el nocturno) donde lo extravagante suele acompañar a lo monstruoso. También hay numerosas presencias fantasmales en todo este volumen, como en La noche de “La Valse” o el magnífico La noche de Margaret Rose, uno de los más perfectos e inolvidables relatos de fantasmas que he leído.

Lo grotesco en todo su esplendor aparece en los textos de Tapioca Inn: mansión para fantasmas (1952), quizás su colección de cuentos menos conseguida. No obstante, tiene interesantes relatos como La semana escarlata, una delirante narración de indagación policial sobre una serie de crímenes cometidos en sueños por el protagonista.

Los magnífico cuentos de Una violeta de más presentan una mayor hondura y variedad formal. Muchos de estos relatos son de estirpe kafkiana, como La Vuelta a Francia (que recuerda a algunos relatos de Buzzati) o El mico, donde un extraño ser parido por el grifo de la bañera trastoca la vida metódica del narrador; o Ragú de ternera sobre la evolución obsesiva de que lleva a un vegetariano hasta la antropofagia. Hay cuentos recorridos por la ironía (Éxodo, Ortodoncia, Fuera de programa). Predomina lo fantasmal y onírico en relatos como El balcón, El hombre del perro amarillo, Como a finales de septiembre, La banca vacía y Entre tus dedos helados, en los que el extrañamiento y la desorientación producidos en el lector alcanzan altísimas cotas de eficacia.

Varia invención recoge textos de difícil clasificación: Equinoccio (1946) reúne breves aforismos («Extirpar el subconsciente. He aquí la intervención quirúrgica del futuro») y minicuentos; una novela corta, La puerta en el muro (1946); Yo de amores qué sabía (1950) indaga en la percepción infantil de un triángulo amoroso; Breve diario de un amor perdido (1951) es un texto escrito en prosa poética, es decir, transmite sensaciones e imágenes más que narra una historia; por último, Acapulco en el sueño (1951) es un hermoso texto fragmentario sobre la ciudad costera que era acompañado por numerosas fotografías en su edición original.

Leer a Francisco Tario es abrir la ventana de los sueños y adentrarse en territorios desconocidos y extraños. Pocos autores son capaces de estremecernos con unos relatos que, bajo la apariencia de unas simples historias fantásticas y humorísticas, nos dejan el poso de innombrables conflictos psicológicos. Por si fuera poco, están escritos con una prosa de una clásica perfección, muy adecuada a este género. Un autor para añadir al selecto grupo de los Borges, Felisberto Hernández, Arreola o Cortázar.

En definitiva, esta edición completa de los Cuentos de Francisco Tario es un libro esencial y necesario para los aficionados a la gran literatura en español. ABSOLUTAMENTE RECOMENDABLE.

Puntuación: 5 (de 5)
Fondo de Cultura Económica (2015)
Edición y prólogo: Alejandro Toledo
Colección: Letras Mexicanas
598 págs.

Me hallaba yo en el cuarto de baño, afeitándome, y deberían ser más o menos las diez de la noche, cuando tuvo lugar aquel hecho extravagante que tantas desventuras habría de acarrearme en el curso de los años.
Un cielo impenetrable y negro, salpicado de blancas estrellas, asomaba por la pequeña ventana entreabierta, a mis espaldas, a la que yo miraba ahora distraídamente mientras me enjabonaba el rostro por segunda vez. Del grifo abierto, en la bañera, ascendía un vapor grato y pesado, que empañaba el espejo. Siempre me afeito con música -adoro las viejas canciones-, y recuerdo que en un determinado momento dejó de sonar One Summer Night. Deposité la brocha sobre el lavabo y salí del cuarto de baño con objeto de cambiar el disco. Mas, cuando iba ya de regreso, advertí que el agua de la bañera había cesado de caer. Tuve un leve sobresalto y la sospecha de que, por segunda vez en la semana, mi delicioso baño nocturno se había frustrado. Así ocurrió, mas no por los motivos que me eran hasta hoy familiares, pues poco había de imaginar, en tanto cruzaba el pasillo, que ya estaba presente en el baño la inmensa desdicha aguardándome. Penetré. Algo, en efecto, por demás imprevisto, acababa de obstruir el paso del agua en el grifo, aunque, así, de buenas a primeras, no acerté a saber bien qué. Algo asomaba allí, es claro, haciendo que el agua se proyectara contra las paredes. Era él. Primero sacó un pie, después otro, y por fin fue deslizándose suavemente, hasta quedar de pronto atenazado: “Parece un niño desvalido” -fue mi primera ocurrencia-. Y decidí prestarle ayuda, sin recapacitar. Tratábase, naturalmente, de no tirar demasiado, de no forzar el alumbramiento y conservar aquella pobre vida que de tal suerte se veía amenazada. Siempre he sido torpe en los trabajos manuales y jamás pasó por mi cabeza la idea de que, algún desventurado día, me vería obligado a actuar de comadrona. Así que, puesto de rodillas sobre el piso húmedo del baño, fui intentando de mil formas distintas rescatar al prisionero de su insólito cautiverio. Tenía ya entre mis dedos una gran parte de su cuerpo, mas la obstinada cabeza no parecía muy dispuesta a abandonar la trampa. El pequeño ser pataleaba y comprendí que estaba a punto de asfixiarse. Fue muy angustioso el momento en que admití que todo estaba perdido, pues de pronto cesó el pataleo y sus miembros adquirieron un leve tono violáceo. “Quizá conviniera –pensé- llamar cuanto antes a la comadrona.” Pero he aquí que, aplicando el conocido sistema que se emplea para descorchar el champagne, logré hacer girar el pequeño cuerpo en un sentido y otro, valiéndome principalmente del dedo pulgar. El resultado no pudo ser más satisfactorio, pues pronto la cabeza comenzó a aparecer, el agua volvió a brotar agrandes chorros y un ruido seco y breve, como el de un taponazo, me anunció que el alumbramiento se había llevado por fin a cabo. Desconfiadamente, le acerqué a la luz y me quedé un buen rato examinándole. Era sumamente sonrosado, en cierto modo encantador, y tenía unos minúsculos ojos azules, que se entreabrieron perezosamente bajo el resplandor de la luz. Ignoro si me sonrió, pero tuve esa impresión enternecedora. Al punto estiró los pies, pataleó una vez o dos y alargó con voluptuosidad los brazos. A continuación bostezó, dejó caer la cabeza con un gesto de fatiga y se quedó dormido. (Fragmento perteneciente al cuento “El mico”)

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La obra de Francisco Tario, envuelta en una oscuridad difusa, para algunos es todavía secreta y para otros fascinante. Sus obras completas aclaran la negrura fantástica y la rebelde extravagancia de su literatura para hacerle honor a un narrador que no vacilaba en escribir “libros que paralizarían de terror a los hombres”. Este primer tomo, centrado en el cuento, reúne tres títulos indispensables: La noche, Tapioca Inn y Una violeta de más, y cierra con el apartado “Varia invención”, que descubre desde atesorados aforismos hasta relatos breves que parecen infundir vida a los muertos. (Sinopsis de la editorial)

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Francisco Tario (Ciudad de México, 1911-Madrid, 1977), seudónimo de Francisco Peláez Vega, fue durante muchos años un escritor poco conocido y difundido, pues se mantuvo alejado de los círculos literarios. Cultivó varios géneros: el cuento, la novela, el teatro y la escritura fragmentaria. En 1943, Tario dio a conocer dos libros insólitos para su época: La noche y Aquí abajo. Posteriormente, también publicó Tapioca Inn. Mansión para fantasmas (fce, 1952), Una violeta de más (1968) y, de forma póstuma, El caballo asesinado y otras piezas teatrales (1988), Jardín secreto (1993), Algunas noches, algunos fantasmas (fce, 2004) y Obras completas I. Cuento/Varia invención (fce, 2015).

(Nota: Ilustración de Isidro R. Esquivel para “Entre noches y fantasmas”, una selección ilustrada de cuentos de Tario publicada por FCE)

 

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