{Reseña} Mircea Eliade: Lo sagrado y lo profano (Paidós)

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De entre los breves ensayos monográficos escritos por Mircea Eliade Lo sagrado y lo profano es uno de sus títulos más importantes y sugerentes. Eliade, además de sus trabajos más sistemáticos y académicos, publicó numerosos títulos divulgativos dedicados a un amplio público culto interesado en la historia de las religiones y la mitología. Dentro de este grupo Lo sagrado y lo profano fue publicado originalmente en alemán (Das Heilige und das Profane: Von Wesen des Religiösen) en la colección económica de ensayos Rowohlts deutsche Enzyklopädie. Los temas tratados en esta obra, así como otros muchos, son abordados con mayor amplitud y profundidad especialmente en el Tratado de historia de las religiones. Sin embargo, Lo sagrado y lo profano es una magnífica y compacta introducción a algunos aspectos esenciales de la religiones arcaicas, muy indicada para aquellos que se acercan por primera vez al estudio de la fenomenología religiosa.

Lo sagrado y lo profano constituyen dos modalidades de estar en el mundo, dos situaciones existenciales asumidas por el hombre a lo largo de su historia. El hombre entra en conocimiento de lo sagrado porque se muestra como algo diferente por completo de lo profano. Eliade acuñó el término hierofanía (del griego hieros = sagrado y faneia = manifestar) para definir de forma genérica cualquier manifestación o irrupción de lo sagrado en el mundo. Pues bien, todas las religiones, de las más primitivas a las más elaboradas, están constituida por una acumulación de hierofanías, por las manifestaciones de las realidades sacras. De la hierofanía más elemental (por ejemplo, la manifestación de lo sagrado en una piedra o un árbol) hasta la hierofanía suprema, que es, para un cristiano, la encarnación de Dios en Jesucristo, no existe solución de continuidad. En otros términos: para aquellos que tienen una experiencia religiosa, el Cosmos en su totalidad puede convertirse en una hierofanía.

Esta obra aborda, en cuatro capítulos largos, el estudio de aspectos capitales mediante los cuales el homo religiosus de las sociedades arcaicas y primitivas se introduce y procura participar en la sacralidad del Cosmos. Estos apartados son: El espacio sagrado y la sacralización del mundo, El tiempo sagrado y los mitos, La sacralidad de la naturaleza y la religión cósmica y Existencia humana y vida santificada.

Para el hombre religioso ni el espacio ni el tiempo son homogéneos. El espacio presenta roturas, escisiones, lugares privilegiados, de ahí la importancia de encontrar el Centro del mundo (Axis mundi) y de establecer correctamente el lugar donde adorar a Dios mediante la consagración de un lugar. Todo el afán es encontrar la porción de tierra más pura y santa porque es el lugar más próximo al Cielo. Como se ha dicho, para el homo religiosus el tiempo tampoco es homogéneo: existen los intervalos de tiempo sagrado, el tiempo de las fiestas (en su mayoría fiestas periódicas); existe, por otra parte, el tiempo profano, la duración temporal ordinaria en que se inscriben los actos despojados de significación religiosa. El tiempo sagrado es por su propia naturaleza reversible, en el sentido de que es un tiempo mítico primordial hecho presente. Toda fiesta religiosa, todo tiempo litúrgico, consiste en la reactualización de un acontecimiento sagrado que tuvo lugar en un pasado mítico, «al comienzo».

Para el hombre religioso el espacio no es homogéneo ; presenta roturas, escisiones: hay porciones de espacio cualitativamente diferentes de las otras: «No te acerques aquí —dice el Señor a Moisés—, quítate el calzado de tus pies; pues el lugar donde te encuentras es una tierra santa» (Éxodo 3,5). Hay, pues, un espacio sagrado y, por consiguiente, «fuerte», significativo, y hay otros espacios no consagrados y, por consiguiente, sin estructura ni consistencia; en una palabra: amorfos. Más aún, para el hombre religioso esta ausencia de homogeneidad espacial se traduce en la experiencia de una oposición entre el espacio sagrado, el único que es real, que existe realmente , y todo el resto, la extensión informe que lo rodea.

Digamos acto seguido que la experiencia religiosa de la no homogeneidad del espacio constituye una experiencia primordial, equiparable a una «fundación del mundo». No se trata de especulación teológica, sino de una experiencia religiosa primaria, anterior a toda reflexión sobre el mundo. Es la ruptura operada en el espacio lo que permite la constitución del mundo, pues es dicha ruptura lo que descubre el «punto fijo», el eje central de toda orientación futura. Desde el momento en que lo sagrado se manifiesta en una hierofanía cualquiera no sólo se da una ruptura en la homogeneidad del espacio, sino también la revelación de una realidad absoluta , que se opone a la no realidad de la inmensa extensión circundante. La manifestación de lo sagrado fundamenta ontológicamente el mundo. En la extensión homogénea e infinita, donde no hay posibilidad de hallar demarcación alguna, en la que no se puede efectuar ninguna orientación , la hierofanía revela un «punto fijo» absoluto, un «centro».

Se ve, pues, en qué medida el descubrimiento, es decir, la revelación del espacio sagrado, tiene un valor existencial para el hombre religioso: nada puede comenzar, hacerse , sin una orientación previa, y toda orientación implica la adquisición de un punto fijo. Por esta razón el hombre religioso se ha esforzado por establecerse en el «Centro del mundo». Para vivir en el mundo hay que fundarlo , y ningún mundo puede nacer en el «caos» de la homogeneidad y de la relatividad del espacio profano. El descubrimiento o la proyección de un punto fijo —el Centro— equivale a la creación del mundo; enseguida unos ejemplos vendrán a mostrar con la mayor claridad el valor cósmico de la orientación ritual y de la construcción del espacio sagrado.

Puesto que el Cosmos es una creación divina, el Mundo queda impregnado de sacralidad. No se trata únicamente de una sacralidad comunicada por los dioses; los dioses han ido más allá: han manifestado las diferentes modalidades de lo sagrado en la propia estructura del Mundo y de los fenómenos cósmicos. En su conjunto, el Cosmos es a la vez un organismo real, vivo y sagrado, de ahí que la religión natural esté llena de referencias a la perennidad de la bóveda celeste, al simbolismo acuático, a los ritos de fecundidad agraria y otras variedades hierofanías cósmicas. Por último, la vida del propio ser humano (como microcosmos) es susceptible de ser santificada. Los medios por los cuales se obtiene la santificación son múltiples, pero el resultado es casi siempre el mismo: la vida se vive en un doble plano; se desarrolla en cuanto existencia humana y, al mismo tiempo, participa de una vida trans-humana, la del Cosmos o la de los dioses.

Para Eliade, el hombre occidental contemporáneo no podrá vivir indefinidamente separado de una parte esencial de sí mismo, la constituida por los fragmentos de la historia espiritual de la humanidad; Lo sagrado y lo profano contribuye a descifrar el significado y el mensaje de ese legado. Por su brevedad y sencillez expositiva, ha sido éste uno de los libros cuya lectura que más me ha marcado —lo leí por primera vez hace años— ya que me abrió las puertas sobre una de las ramas de las humanidades más fascinantes y, sin duda, la de mayores implicaciones existenciales y metafísicas.

Es posible que alguno de los presupuestos de este libro —escrito en el ya lejano 1956— hayan sido superados por recientes investigaciones o nuevas teorías. Es lo de menos; lo más importante de esta monografía son sus estimulantes y profundas propuestas y su capacidad para introducirnos en este fenómeno tan apasionante y complejo. Por todo lo dicho, Lo sagrado y lo profano es un ensayo clásico totalmente imprescindible para cualquier persona interesada en la historia de las ideas religiosas, o simplemente de las ideas.

Puntuación: 5 (de 5)
Ediciones Paidós (2014)
Colección: Orientalia
Traducción: Luis Gil Fernández y Ramón Alfonso Díez
192 págs.

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©Photo. R.M.N. / R.-G. OjŽda

Mircea Eliade, uno de los principales historiadores de las religiones aborda en este libro el problema de la actualidad de lo religioso en el mundo de hoy. Y para ello se remonta a la existencia sacralizada del hombre primitivo y tradicional, ofreciéndonos un resumen de los estudios que él mismo realizó sobre estos fenómenos: el espacio y el tiempo sagrados, los mitos, la religión cósmica… ¿Es la religiosidad una estructura última de la conciencia que no depende de las innumerables y efímeras oposiciones entre «sagrado» y «profano»? ¿En qué medida una existencia radicalmente secularizada, sin Dios ni dioses, puede constituir el punto de partida de un nuevo tipo de «religión»?
El autor pone de manifiesto el empobrecimiento que ha traído consigo la secularización del comportamiento religioso. Y su libro, por tanto, acaba siendo tanto una introducción general a la historia de las religiones como una descripción de las modalidades de lo sagrado y de la situación del hombre en un mundo cargado de valores religiosos. (Sinopsis de la editorial)

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Mircea Eliade nació en Bucarest en 1907. Después de cursar estudios de filosofía en Bucarest y Roma, y aprender italiano, inglés, hebreo y persa, en 1928 partió para la India, donde vivió tres años, aprendió sánscrito y escribió su tesis doctoral sobre las técnicas del yoga. Regresó a Bucarest y, en 1933, su novela Maitreyi obtuvo un importante premio literario. A partir de 1940 reside sucesivamente en Inglaterra, Portugal y Francia. Desde 1956 fija su residencia, buena parte del año, en Estados Unidos, enseñando en la universidad de Chicago. Mircea Eliade, mundialmente reconocido como historiador de las religiones y estudioso de las filosofías orientales, ha publicado numerosos libros, como Tratado de historia de las religiones, El mito del eterno retorno, El chamanismo, Técnicas del yoga, etc., que culminan en su monumental Historia de las creencias y de las ideas religiosas en cuatro tomos, empezada en 1976. Menos conocida es su obra de ficción, en la que figuran obras tan valiosas como La noche bengalí, El viejo y el oficial y Medianoche en Serampor. Murió en 1986.

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