{Reseña} José María Merino: A través del Quijote (Reino de Cordelia)

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Creo que este libro es fruto de un inmenso amor de José María Merino por el Quijote, tanto como lector como en su faceta de escritor. Es también la contribución a una larga y fructífera tradición literaria —que comienza ya con Avellaneda y su Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha— que consiste en ampliar, reescribir y cubrir los huecos y ramas que va dejando Cervantes a lo largo de la vasta novela. Unamuno, Azorín, López de Haro, Jiménez Lozano, Trapiello y muchos otros han tomado como excusa las aventuras quijotescas para expandirlas, modernizarlas u ofrecer nuevas perspectivas. Merino se une a este grupo y lo hace como mejor sabe, con un despliegue de imaginación y fantasía no exenta de espíritu crítico.

A través del Quijote es un complejo artefacto literario que es a la vez libro de viajes, álbum de ilustraciones clásicas y modernas, colección de cuentos y microrrelatos, ensayo de crítica literaria, semblanza biográfica y libro de divulgación. La obra sigue muy escrupulosamente el recorrido general de las dos partes del Quijote de Cervantes, incursionando también en el apócrifo y más bien chabacano de Avellaneda. José María Merino ya había dedicado varios ensayos al tema cervantino, pero en este título opta por la ficción, con ese género breve tan suyo caracterizado por discurrir por la delgada frontera que separa lo verosímil de lo fabuloso.

CELINA, ENTUSIASTA LECTORA del Quijote, estaba muy interesada por los espacios donde se desarrollan las diferentes peripecias del libro, pues iba a preparar una ponencia titulada Los lugares del Quijote para un simposio en el que participaría después del verano. Tenía el propósito de recorrer los supuestos escenarios en que transcurren las aventuras quijotescas, y muchas veces le hablaba de ello a Eduardo. Y como con vistas a Semana Santa se anunciaban días de buen tiempo, Celina le propuso una excursión a La Mancha. Entre otros lugares no determinados en la obra, Celina quería visitar ese pueblo «tan cerca del Toboso», como recuerda Sancho Panza en el capítulo XIII de la Primera Parte, que se llama Miguel Esteban, porque pensaba que ese podía ser, precisamente, aquel de cuyo nombre Cervantes no quiso acordarse. —Está a poco menos de nueve quilómetros de El Toboso, y unido a él desde hace siglos por buen camino… Aldonza Lorenzo era de El Toboso… El narrador «no quiso acordarse», ocultó el nombre del pueblo, porque coincidía con su propio nombre de pila: una típica broma cervantina. Además, hay que tener en cuenta que «no quiso acordarse» es expresión ambigua, pues también significaba «no pudo acordarse»… Un lugar común que se ha mantenido en vigor durante mucho tiempo… Todavía hay quien, al intentar recordar algo y no conseguirlo, dice… «vaya, que no quiero acordarme».

El profesor Eduardo Souto se quedó mirando a Celina con una mezcla de admiración y escepticismo: —En eso tienes razón. En la edición de la Real Academia para el Cuarto Centenario, la que coordinó Francisco Rico, lo dice en nota a pie de página, mira: «No voy o no llego a acordarme».

Quienes estén familiarizados con la obra de José María Merino encontraran lógica la presencia del profesor Eduardo Souto y su discípula Celina Vallejo, personajes emblemáticos de su producción que recorren muchos de los relatos más fantásticos del autor. Con la excusa de un viaje de recreo por los lugares quijotescos nuestros personajes van contando historias y reflexionando sobre las mismas. (Por cierto, es Celina la que aparece como más soñadora y Couto como más racionalista.) Otros personajes entrañables que aparecen son Tuñón, profesor retirado que reinterpreta la obra cervantina con microrrelatos, y el crítico Sabino Ordás (personaje de ficción inventado por Merino, Luis Mateo Díez y Juan Pedro Aparicio). Cada uno de ellos da su propia versión, personal y distinta a la del resto.

Como si de un juego espejos se tratara (hay que recordar el ensayo Magias parciales del Quijote, de Borges), los relatos de Cervantes se transforman, se entrecruzan y adquieren nuevos significados inesperados. Este acto de creación ex novo y de recreación permite al escritor leonés armar uno de sus mejores libros, un libro que, sin duda, permanecerá en el recuerdo de los —esperemos— muchísimos lectores.

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En cuanto a la escritura propiamente dicha de esta obra, hay que decir que, por fortuna, no hay ni un atisbo de imitación del estilo cervantino; prosa sencilla y clara, característica de todo el quehacer de Merino. Por último, una apreciación personal: la lectura seguida de A través del Quijote puede resultar algo fatigosa dada la gran cantidad de historias que contiene, de modo que yo recomendaría una lectura más pausada o fragmentaria, incluso saltándose determinados capítulos.

Como es habitual, esta edición profusamente ilustrada de Reino de Cordelia es soberbia. Una joya quijotesca apta para todos los lectores. Absolutamente recomendable.

Puntuación: 5 (de 5)
Reino de Cordelia (2019)
Colección: Narrativa, 117
408 págs.

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José María Merino propone un viaje literario a través de la gran obra de Cervantes. Un homenaje a la obra maestra de la literatura española, pero, al mismo tiempo, una invitación a su lectura. El volumen recorre también la historia de los ilustradores clásicos -y no tan clásicos- que se han acercado al Quijote. (Sinopsis de la editorial)

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José María Merino (La Coruña, 1941) es escritor y miembro de la RAE. En 1972 publicó su primer libro, el poemario Sitio de Tarifa, y cuatro años después su primera novela, Novela de Andrés Choz. Entre 1987 y 1989 dirigió el Centro de las Letras Españolas del Ministerio de Cultura y a partir de 1996 se dedica en exclusiva a la literatura, fundamentalmente la prosa, escribiendo libros y artículos de viajes, ensayos literarios, crítica, novelas juveniles y cuentos, género del que se ha convertido en uno de sus más significados valedores. Premio Nacional de Narrativa y de la Crítica de Castilla y León por El río del Edén (2012), ha obtenido otros muchos galardones, como el Salambó por La glorieta de los fugitivos (2007), el Torrente Ballester por El lugar sin culpa (2007), el Miguel Delibes por Las visiones de Lucrecia (1996), el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por Los trenes del verano -No soy un libro- (1993), el Nacional de la Crítica por La orilla oscura (1985) y el Novelas y Cuentos por Novela de Andrés Choz (1976).

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