{Reseña} David W. Wolfe: El subsuelo (Seix Barral)

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Hacía tiempo que no comentábamos en este blog ningún libro de divulgación científica, género exigente pero muy enriquecedor y que suele producir numerosas obras exitosas cada temporada. Nada mejor que aprovechar esta novedad publicada por Seix Barral para retomar estas lecturas, y hacerlo con un tema que parece un tema menor, alejado de los grandes argumentos de la Cosmología y la Física teórica que suelen colmar las librerías y que resultan ya reiterativos. En efecto, El subsuelo, escrito por el profesor de la Universidad de Cornell David Wolfe, se ocupa de ese mundo que permanece oculto a nuestra vista y a nuestros intereses y preocupaciones cotidianas.

David Wolfe hace una excelente introducción a este microuniverso tan enigmático como fascinante y esencial para el correcto funcionamiento de los ciclos vitales planetarios: el subsuelo, o por mejor decir, la estrechísima capa que alberga vida en una variedad, complejidad y volumen desconocido e inimaginable hasta hace tan sólo unas décadas. El libro está dividido en tres partes muy claramente diferenciadas: Vida primitiva, Soporte vital para el planeta Tierra y El factor humano. En especial los dos primeras partes son un ejemplo genial de síntesis; la primera, sobre la historia y el estado de conocimientos actual sobre el posible origen de la vida y su evolución posterior, no en un medio acuoso como se ha pensado tradicionalmente, sino en un subsuelo arcilloso sin presencia de oxígeno cuyos primeros habitantes serían los primigenios microorganismos de tipo estremófilo. Aparte de las miles de especies bacterianas, un nuevo reino de seres vivos fue descubierto a medida que se investigaba sistemáticamente el subsuelo: las arqueas (Archaea), microorganismos parecidos a las bacterias pero genéticamente diferentes (este reino se incluyó por Carl Woese en el árbol filogenético de la vida hace unos veinte años). Hasta tal punto es rica la vida subterránea que es posible que la biomasa presente el subsuelo supere a la de la superficie, de ahí la importancia del estudio concienzudo que debe realizarse y que había sido desatendido en el pasado al considerar que el subsuelo contenía poca vida y de poco interés.

La Tierra no fue construida por manos delicadas. Fue forjada a lentos martillazos, por medio de la fuerza bruta de un bombardeo de meteoritos que duró cientos de millones de años. Los suelos, los mares y nuestros antepasados microbianos primitivos emergieron en medio de una situación aparente de caos y catástrofe. El proceso empezó hace miles de millones de años, cuando todo nuestro sistema solar se estaba coagulando a partir de un remolino de gases calientes y polvo cósmico resultante de las explosiones estelares. Algunos de los objetos que colisionaron con la Tierra en aquella fase eran planetesimales, objetos del tamaño de planetas pequeños. La energía cinética liberada por aquellos impactos literalmente hizo temblar a la Tierra hasta su mismo núcleo y fundió gran parte de su corteza rocosa y de su interior. Algunos fragmentos de planetesimales y de meteoritos se quedaron incrustados de forma permanente en la Tierra, mientras que otros pedazos salieron disparados al espacio como metralla gigante. La masa de la Tierra primordial se fue acumulando despacio, como un orbe que va creciendo a medida que el escultor va añadiendo arcilla, puñado a puñado. Al aumentar de tamaño, se incrementó la fuerza gravitatoria de la Tierra y atrajo cada vez más detritos espaciales errantes.

***

La explicación científica de la conexión entre el suelo y la vida tiene sus cimientos en la química básica. Sugiere que las superficies cargadas de electricidad estática de los minerales arcillosos sirvieron de enzimas primitivas y suministraron los emplazamientos catalíticos de los primeros procesos complejos de biosíntesis de la Tierra. Algunas de las macromoléculas resultantes pudieron ser cadenas simples de ácidos nucleicos, mientras que otras fueron cadenas de aminoácidos. Otra versión más radical de esta teoría sostiene que los cristales de arcilla en sí fueron los primeros «genes rudimentarios» autorreplicantes de la Tierra. Aquellos cristales de arcilla crecientes no estaban realmente vivos, pero sí fueron capaces de evolucionar y modelar su entorno de forma simple. La supervivencia y réplica de algunos de aquellos cristales pudo haberse visto favorecida por la incorporación de aminoácidos o ácidos nucleicos a su estructura. A través del tiempo evolutivo, a medida que crecía la complejidad y eficiencia de las macromoléculas orgánicas, éstas asumieron las funciones de réplica y síntesis y abandonaron la infraestructura de la arcilla.

Magnífica también la segunda parte (Soporte vital para el planeta Tierra), en la que Wolfe, de forma esquemática y comprensiva, hace un repaso por la importancia capital de la actividad biológica que se produce en el subsuelo, tanto por microorganismos como por pequeños animales (como las vulgares lombrices de tierra), para que el ciclo global de la vida de todo el planeta funcione de manera equilibrada. Se señala el hecho de que el nitrógeno aprovechable por los seres vivos, que es fijado exclusivamente por las bacterias nitrificadoras asociadas a las especies leguminosas, se encuentra en un proceso alterado por el empleo masivo de abonos nitrogenados sintéticos. También se comentan los asombrosas relaciones simbióticas entre hogos y plantas (micorrizas) cuya magnitud y complejidad se desconocían hasta hace poco, así como la importancia de ciertos microorganismos para la obtención de antibióticos, como la estreptomicina a partir de la bacteria Streptomyces griseus y aislado por Albert Schatz en de 1943.

Por último, en la parte final de El subsuelo se señalan los peligros que una actividad humana irresponsable pueda afectar irreversiblemente a la calidad de los suelos: el exceso de fertilización nitrogenada, la erosión causada por la sobreexplotación agrícola, el empleo de pesticidas agresivos, o la extinción de especies biológicas esenciales para el equilibrio biofísico, por ejemplo, son advertencias muy series que el ser humano debe tener en cuenta de forma inmediata.

De modo que El subsuelo es un libro que no defraudará ni a los lectores con formación científica ni a los que no la tengan, ya que conjuga la rigurosidad y la seriedad con la claridad expositiva y con un acertado didactismo. Una lectura muy interesante y provechosa.

Puntuación: 4 (de 5)
Seix Barral (2019)
Traducción: Javier Calvo Perales | Prólogo: Mónica Fernández-Aceytuno
Colección: Los Tres Mundos
352 págs.

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Existe un territorio inexplorado del universo, una zona desconocida que sin embargo tenemos al alcance de nuestra mano. Sólo vemos (y conocemos) una parte ínfima de la vida en la Tierra. La mayor parte de los seres vivos están bajo nuestros pies, un hábitat desconocido y fascinante: el aire, las plantas, la agricultura, el agua que bebemos, lo que comemos, la ciencia, la industria, la medicina actual y la del futuro, incluso la exploración del espacio: todo depende del subsuelo. (Sinopsis de la editorial)

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David W. Wolfe es Profesor Asociado de Ecología Vegetal en el Departamento de Horticultura de Cornell University. Su investigación se centra en la conservación del subsuelo, y el impacto del cambio climático en las plantas y los suelos. Ha publicado artículos en revistas académicas. Este es su primer libro.

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