{Reseña} Carmen de Burgos: Los endemoniados de Jaca (Renacimiento)

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Carmen de Burgos es una de las numerosas escritoras españolas que están siendo rescatadas estos últimos años con gran éxito y que por diversas razones habían quedado marginadas en las historias de la literatura. La consecuencia de esta recuperación es que se está ampliando y enriqueciendo el canon de la narrativa española, haciéndola más variada y atractiva para el lector actual. La editorial Renacimiento publicó hace unos meses Los endemoniados de Jaca, una estupenda novela de la polifacética escritora almeriense que es un buen ejemplo de lo dicho.

Carmen de Burgos, que adoptó el seudónimo de Colombine con el que fue ampliamente conocida, tuvo una vida fascinante, digna de conocerse por el gran público. Su figura simboliza el ansia de progreso, de modernidad y de justicia que alentó la corriente del Regeneracionismo y que alcanzó un momento de esplendor durante el primer tercio del siglo XX. Desde su llegada a Madrid en 1901 emprendió una carrera literaria y periodística exitosa: se convirtió en la primera mujer redactora de un periódico (Diario Universal, 1903), y más tarde en nuestra primera corresponsal de guerra (Heraldo de Madrid, 1909). Mujer extraordinariamente culta, viajó incansablemente por Europa y América. Su legado lo forman cerca de los dos centenares de títulos: novelas largas y cortas, ensayos, biografías, libros de viajes, estudios literarios, traducciones… , así como cientos de artículos publicados en la prensa española y extranjera. Desde el punto vista literario, Carmen de Burgos es la escritora que recorre las tendencias del primer tercio del siglo XX, de la Generación del 98 a las vanguardias.

Los espirituados fue publicada en Madrid por Rivadeneyra en 1923. Años más tarde apareció con el nombre de Los endemoniados de Jaca (Novela misteriosa) en la colección Novelas y Cuentos, que es el título que conserva en esta edición. Fue escrita durante los cuatro años de estancia de Carmen de Burgos y Ramón Gómez de la Serna (pareja de la almeriense) en Estoril, alejada de su actividad principal como periodista y donde vieron la luz cinco novelas (El retorno, La malcasada, Los espirituados, La mujer fantástica y El tío de todos), muy variadas en cuanto a temas, ambientaciones y caracterización de personajes, pero siempre fieles a lo que la propia autora definió como «Naturalismo romántico».

Tardó en darse cuenta del lugar donde se encontraba, con la imaginación turbada aún por las telarañas del sueño. Después de pasear la mirada en torno suyo, se repitió en voz alta, para tener la seguridad de que se hallaba despierto:
—Estoy en Jaca. Estoy otra vez en Jaca.
Le parecía imposible encontrarse, a un tiempo mismo, en su propia casa y en aquella ciudad extraña.
No era ya el cuarto de hotel, destartalado y ruidoso, donde lo despertaban todas las mañanas los gritos y el barullo de las camareras, departiendo entre sí, o de chicoleo con los huéspedes, o con los asistentes de los militares que allí se hospedaban.

***

Iba Domingo algunas tardes a casa de don Fidel. Con el verano, la trastienda había variado de aspecto. Abiertas las ventanas al frescor de la tarde, dejaban ver el campo verde y el huertecillo retoñado, con los lozanos geranios cubiertos de delicadas flores rosa y malva, y el parral, vestido de pámpanos, tijeretas y nacientes racimos, que caían como ubres en agraz.
Ya muchos de los habituales! contertulios, que iban al calor del fogón, los habían abandonado. Don Juan y don Voto parecían haber acabado su partida de ajedrez. Sólo estaban allí las tres mujeres, trabajando en su labor artística.
Continuaban igual siempre. Paquita, tiesa y silenciosa; la nuera, cada vez más cerífica, con el vientre tan abultado, que ya no colocaba los lacitos sobre la mesa, sino en la repisa que la barriga le formaba.

***

—¿Carecía usted de ambiciones?
—Nunca, ni en sueños, pensé en altas dignidades, en honores, en cargos pingües, en la mitra ni en el mando. Todo eso me hubiera abrumado Créame usted, Domingo, desde niño, y sin duda por efecto de las miserias sufridas, además de la herencia fisiológica, he sido siempre tímido, retraído, pacífico, humildote, pero rectilíneo. La lucha, la sangre, la violencia, el dolor, las iras y los odios, la injusticia, el privilegio, me han crispado los nervios… En él retiro del templo me encontraba más lejos, más libre de todo eso’, a pesar… de los pesares, y más a gusto. Así, educado cristianamente primero por mi madre, luego en los escolapios; después científica y filosóficamente por mi buen maestro y por los teólogos, comprenderá usted que, dejando a un lado las dudas que toda la humanidad siente, y la noción filosófica, y la historia de los eternos problemas del Universo, fuera yo un creyente sincero, bien que razonable y no fanático, pero creyente; en mi interior me hacía falta, y mucha, el supremo ideal de amor, de verdad, de justicia y de belleza. Sentía a Dios vivir en mí, al par que me sentía vivir en Él.

Esta novela narra la historia de Domingo, personaje que nos recuerda a algunos de los protagonistas de Baroja (toda la novela tiene un aire barojiano, me parece), joven murciano, algo misántropo y apocado, que es destinado a Jaca como funcionario, donde lo acompañan su hermana y su madre viuda. Allí entabla relaciones con algunas personas de esa pequeña sociedad provinciana, especialmente con el sacerdote liberal don Antonio, el personaje más interesante y entrañable de la novela. Domingo acaba enamorándose de Aurelia, mujer bellísima pero fría y obsesionada con la religión, y con la que acaba comprometiéndose, aunque con muchas dudas. La culminación de la novela —que ya se intuye desde su principio— se produce durante la famosa procesión de espirituados. Carmen de Burgos tuvo la oportunidad de asistir en persona a este acontecimiento durante una estancia breve en Jaca. Con motivo de la celebración de santa Orosia, patrona de la ciudad, se desarrollaba la procesión de los espirituados (endemoniados) que concentraba en la ciudad pirenaica a los enfermos mentales y poseídos del norte de España y del sur de Francia y que eran exorcizados en presencia de las reliquias de la santa y de las autoridades eclesiásticas. Esta es una de las muchas manifestaciones de superstición y el atavismo en que vivía gran parte de la sociedad de los años veinte y que hasta era objeto de críticas por el clero más instruido. En un sorpresivo y trágico final, Aurelia sufre un ataque de histeria al contemplar la procesión y Domingo decide abandonarla a ella y la ciudad.

Hoy, estas obras de Colombine nos parecen más actuales y más accesibles para el lector actual que las de muchos de sus contemporáneos —pienso en Ramón Pérez de Ayala, por ejemplo— cuyas novelas han envejecido mucho más, tanto en temas como en formas. De modo que Los endemoniados de Jaca es una acertada recuperación de una novela tan apreciable como de placentera lectura.

Puntuación: 4 (de 5)
Editorial Renacimiento (2019)
Colección: Biblioteca del rescate, 41
Introducción y edición: Emilio Sales
256 págs.

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Carmen de Burgos, infatigable en su lucha por el progreso humano, retoma en Los endemoniados de Jaca las credenciales que la distinguieron como periodista combativa y mordaz. Esta vez para perfilar una ficción que puede entenderse como auténtico descenso a los infiernos de la superstición y el fanatismo. Esa es la experiencia que protagoniza Domingo al llegar a un entorno donde está muy arraigada la creencia en las posesiones demoníacas, a una ciudad que en el relato se identifica con Jaca, aunque podría ser cualquier otro rincón de la geografía española en el que perduran ancestrales prácticas supersticiosas. Jalonada por estampas costumbristas y pasajes de cromático realismo que revelan la habilidad de la autora en el arte de la descripción, discurre una historia sentimental condicionada por un doble determinismo social y del medio. Asimismo, tan evidente como la factura naturalista de la novela, lo son la intención polémica, casi de tesis, y las pinceladas expresionistas con que se le presenta al lector un mundo de pesadilla con los espirituados en un primer plano. (Sinopsis de le editorial)

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Carmen de Burgos «Colombine» (Almería, 1867 – Madrid, 1932), es una de esas figuras cuya contribución a la modernidad, desafortunadamente, suele ignorar la memoria colectiva. Mujer poseída de un singular idealismo, dio testimonio de sus inquietudes y su radical inconformismo en las más distintas esferas de la vida pública. Fue muy popular como periodista y escritora, dedicándose por igual a la traducción, al ensayo y a la narrativa. Surcó grandes distancias para satisfacer su curiosidad viajera, al mismo tiempo que se relacionaba con los autores más relevantes de la época. Siempre abierta a la seducción del arte, se significó, sobre todo, como abanderada de la lucha a favor de los derechos de la mujer. Solo rompiendo los moldes anquilosados que lastraban la libertad femenina, sería posible que la sociedad se encauzara por la senda del progreso.

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