{Reseña} Edgar Allan Poe: Cuentos completos (Edhasa)

9789876283434

Cuenta Pedro Antonio de Alarcón en su artículo Edgar Poe de 1858 (incluido en Juicios literarios y artísticos, 1883) que diez o doce ejemplares de Historias extraordinarias (en la versión francesa de Baudelaire de 1856-57) circulaban por Madrid de mano en mano causando el entusiasmo y el asombro de todos los lectores que accedían por primera vez a un tipo de literatura —la terrorífica y la fantástica— que alcanzaba las más altas cotas de perfección artística de mano del escritor americano. Pues bien, también nosotros, como esos madrileños de mitad del siglo XIX, quedamos en su día fascinados con la lectura de los cuentos de Poe, de modo que muchos nos convertimos en lectores habituales precisamente por haber descubierto a Poe en el momento adecuado. Uno no se cansa de leer a Poe, uno de esos escasos autores de los que merece la pena tener diferentes ediciones y traducciones.

Poco se puede aportar sobre la genial obra de Poe y la inmensa influencia que ha ejercido en todas las literaturas del mundo desde el momento en que vio la luz por primera vez. Me limitaré, pues, a comentar las características que hacen especial esta magnífica edición de Edhasa.

Se presentan en este volumen los Cuentos completos de Edgar Allan Poe en el orden cronológico en que fueron publicados en su versión definitiva, siguiendo la edición llevada a cabo por Patrick E. Quinn y G.R. Thompson para The Library of America («Poe, Poetry, Tales & Selected Essays», Nueva York, 1984). Como es sabido, el autor revisó en varias ocasiones muchos de los textos, lo que hace que existan diversas versiones de una misma obra en manuscritos y ediciones. Buena parte de las versiones definitivas de sus obras aparecieron en el año 1845, ya fuese en el Broadway Journal, ya en los libros Tales o The Raven and other poems. Sólo en el caso de los textos creados para acompañar grabados no se ha respetado ese orden, y aparecen aquí a continuación del conjunto de los cuentos. Las fechas de composición o de las versiones definitivas que han servido para establecer la cronología de los textos, así como precisiones acerca de los firmados con el seudónimo Littleton Barry, los sucesivos cambios de título, las refundiciones, etc., se encuentran al final del volumen.

Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo ni siquiera dónde conocí a Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces y el sufrimiento ha debilitado mi memoria. O quizá no puedo rememorar ahora aquellas cosas porque, a decir verdad, el carácter de mi amada, su raro saber, su belleza singular y, sin embargo, plácida, y la penetrante y cautivadora elocuencia de su voz profunda y musical, se abrieron camino en mi corazón con pasos tan constantes, tan cautelosos, que me pasaron inadvertidos e ignorados. No obstante, creo haberla conocido y visto, las más de las veces, en una vasta, ruinosa ciudad cerca del Rin. Seguramente le oí hablar de su familia. No cabe duda de que su estirpe era remota. ¡Ligeia, Ligeia! Sumido en estudios que, por su índole, pueden como ninguno amortiguar las impresiones del mundo exterior, sólo por esta dulce palabra, Ligeia, acude a los ojos de mi fantasía la imagen de aquella que ya no existe. Y ahora, mientras escribo, me asalta como un rayo el recuerdo de que nunca supe el apellido de quien fuera mi amiga y prometida, luego compañera de estudios y, por último, la esposa de mi corazón. ¿Fue por una amable orden de parte de mi Ligeia o para poner a prueba la fuerza de mi afecto, que me estaba vedado indagar sobre ese punto? ¿O fue más bien un capricho mío, una loca y romántica ofrenda en el altar de la devoción más apasionada? Sólo recuerdo confusamente el hecho. ¿Es de extrañarse que haya olvidado por completo las circunstancias que lo originaron y lo acompañaron? Y en verdad, si alguna vez ese espíritu al que llaman Romance, si alguna vez la pálida Ashtophet del Egipto idólatra, con sus alas tenebrosas, han presidido, como dicen, los matrimonios fatídicos, seguramente presidieron el mío.

Hay un punto muy caro en el cual, sin embargo, mi memoria no falla. Es la persona de Ligeia. Era de alta estatura, un poco delgada y, en sus últimos tiempos, casi descarnada. Sería vano intentar la descripción de su majestad, la tranquila soltura de su porte o la inconcebible ligereza y elasticidad de su paso. Entraba y salía como una sombra. Nunca advertía yo su aparición en mi cerrado gabinete de trabajo de no ser por la amada música de su voz dulce, profunda, cuando posaba su mano marmórea sobre mi hombro. Ninguna mujer igualó la belleza de su rostro. Era el esplendor de un sueño de opio, una visión aérea y arrebatadora, más extrañamente divina que las fantasías que revoloteaban en las almas adormecidas de las hijas de Delos. Sin embargo, sus facciones no tenían esa regularidad que falsamente nos han enseñado a adorar en las obras clásicas del paganismo. “No hay belleza exquisita -dice Bacon, Verulam, refiriéndose con justeza a todas las formas y géneros de la hermosura- sin algo de extraño en las proporciones.” No obstante, aunque yo veía que las facciones de Ligeia no eran de una regularidad clásica, aunque sentía que su hermosura era, en verdad, “exquisita” y percibía mucho de “extraño” en ella, en vano intenté descubrir la irregularidad y rastrear el origen de mi percepción de lo “extraño”. Examiné el contorno de su frente alta, pálida: era impecable -¡qué fría en verdad esta palabra aplicada a una majestad tan divina!- por la piel, que rivalizaba con el marfil más puro, por la imponente amplitud y la calma, la noble prominencia de las regiones superciliares; y luego los cabellos, como ala de cuervo, lustrosos, exuberantes y naturalmente rizados, que demostraban toda la fuerza del epíteto homérico: “cabellera de jacinto” […] (Fragmento de «Ligeia»)

Cuando realizamos la lectura cronológica de los relatos de Poe comprobamos varias cosas: en primer lugar, la asombrosa maestría que muestra el escritor americano desde sus primeros escritos (basta comparar Metzengerstein, su segundo cuento, con La verdad sobre el caso del señor Valdemar, uno de los últimos, para confirmar esta percepción); en segundo lugar, que por su carácter e inquietudes personales Poe no estaba dotado para la escritura humorística (Borges habla de una «desafortunada incursión en el género humorístico»). En su descargo hay que decir que el cuento satírico y humorístico es uno de los más difíciles; de los grandes cultivadores del cuento, pocos han conseguido dejar textos memorables. Por último, con este lectura cronológica también se rompen ciertos estereotipos sobre la influencia de la vida personal de Poe —sin duda muy difícil— en sus cuentos ya que vemos que, en general, se pueden encontrar cuentos dramáticos y satíricos escritos casi al mismo tiempo.

Julio Cortázar, en sus notas a esta traducción —lamentablemente no incluidas en esta edición— clasifica, creo que muy acertadamente, los cuentos de Poe en ocho apartados: cuentos de terror, sobrenaturales, metafísicos, analíticos, de anticipación y retrospección, de paisaje, grotescos y satíricos. También señala Cortázar que, en general, este orden tiene en cuenta la disminución progresiva del interés, que coincide con una disminución paralela de calidad. Dicho de otra forma, los mejores cuentos serían los de terror y los peores los satíricos. Naturalmente, podemos o no estar de acuerdo con el traductor. En cualquier caso, la lectura de cuentos como La caída de la casa Usher, El escarabajo de oro, La verdad sobre el caso del señor Valdemar, Ligeia, El retrato oval, El pozo y el péndulo, Los crímenes de la calle Morgue, El tonel de amontillado o El gato negro es una experiencia que resulta inolvidable, sólo comparable con las obras de otros pocos escritores de la historia (Borges, Kafka, Chéjov, por ejemplo).

Un aspecto esencial de los clásicos en lengua extranjera es en qué versión nos llega a nosotros. En el verano de 1952 Francisco Ayala, entonces profesor en la Universidad de Puerto Rico y director de su editorial, propuso a Julio Cortázar la traducción de los relatos y ensayos de Poe. Tras nueve meses de intenso trabajo en Italia Cortázar presentó unas 2.000 páginas, incluidos prólogos y notas, que no se publicaron hasta 1956 (Edgar Allan Poe: Obras en prosa; Río Piedras: Ediciones de la Universidad de Puerto Rico, en colaboración con Revista de Occidente, 1956, 2 vols.) Aunque hay numerosas traducciones al español de las obras de Poe es seguro que la de Julio Cortázar se ha convertido en la más popular debido a su brillantez, intensidad y belleza. (Gregorio Cantera ha sido el encargado de la traducción de los breves fragmentos de las estampas y del primer cuento, que no fueron traducidos por Cortázar.)

Nos hallamos, por tanto, en una edición ESENCIAL de los Cuentos completos de Poe, de lectura obligada para cualquier buen lector que se precie de serlo.

Puntuación: 5 (de 5)
Edhasa (2009; 5ª reimpresión, 2018)
Colección: Edhasa literaria
Traducción: Julio Cortázar y
1024 págs.

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Poe ocupa un lugar de honor en la historia de la literatura sobre todo debido a sus cuentos, en los que se revela como un avanzado a su tiempo, como un faro en el llamado «romanticismo oscuro», como el padre de la novela detectivesca, un maestro de la narrativa de terror, un pionero de la ciencia ficción… y sin duda uno de los creadores cuya influencia ha sido más profunda y duradera.

Presentados por primera vez en español (en la reputada traducción de Julio Cortázar) en orden cronológico, el conjunto de los «Cuentos» de Edgar Allan Poe (al que aquí se añaden las «estampas» creadas como acompañamiento a preciosos grabados, que también se incluyen) permite evaluar la calidad y la evolución de una de las narrativas más potentes que pueden leerse hoy. (Sinopsis de la editorial)

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Edgar Allan Poe nació en Boston en 1809. Hijo de actores ambulantes que nunca conoció, Poe fue acogido al cumplir dos años por la familia de un comerciante que marchó a Inglaterra en 1815. Cursó sus primeros estudios en internados de Londres y Stoke Newington. Asistió brevemente a la Universidad de Virginia y a la academia militar de West Point. En 1827 publicó Tamerlan y otros poemas, que incluía versos escritos a los catorce años. Ocupó su vida en bares, salas de juego y tribunales de justicia; colaboró con efímeras publicaciones y se enemistó con todos sus colegas. En 1833 The Saturday Visitor premió su Manuscrito encontrado en una botella. Tres años después se desposó con su joven prima y acometió la redacción de las más altas historias de terror y suspense del siglo, prefigurando la literatura del siguiente. En 1841 Los crímenes de la rue Morgue inauguró el género policial. Edgar Allan Poe sobrevivió tres años a la muerte de su esposa. Vencido por el delirium tremens, murió el 7 de octubre de 1849 en la sala común de un hospital de Baltimore.

(Nota: Ilustración de Arthur Rackham de La máscara de la muerte roja)

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