{Reseña} Ramón del Valle-Inclán: Valle-Inclán Noir (La Felguera)

978841204427

Después de la antología dedicada a un Baroja paseante y nocturno (Las calles siniestras) la combativa editorial madrileña La Felguera ha publicado Valle-Inclán Noir, un nuevo artefacto literario cuya lectura resultará irresistible a los amantes de lo extravagante y lo misterioso. Con una labor de documentación encomiable y que suponemos ardua, los editores han armado este libro ex novo del genial Ramón del Valle-Inclán a partir de material disperso pero que presenta una cierta unidad temática relacionada con lo esotérico, lo tenebroso y lo oculto.

Los coqueteos del escritor de Villanueva de Arosa con el esoterismo se remontan a sus tiempos de estudiante en Santiago de Compostela. La influencia de la teosofía fundada por Blavatsky es incuestionable su obra (como lo fue para otros escritores, como W. B. Yeats o Fernando Pessoa), una doctrina plagada de pensamiento neoplatónico, gnóstico, cabalista, hermético y mágico. La otra influencia declarada por el autor es la doctrina quietista del místico heterodoxo Miguel de Molinos, que enseñaba la pasividad en la vida espiritual y mística, y que ensalzaba las virtudes de la vida contemplativa. También su amistad con el teósofo y escritor extremeño Mario Roso de Luna avivó el interés del gallego por estos temas que apasionaron hasta el delirio a la sociedad culta de su tiempo.

ROSA DE SANATORIO
Bajo la sensación del cloroformo
me hacen temblar con alarido interno,
la luz de acuario de un jardín moderno.
y el amarillo olor del yodoformo.
Cubista, futurista y estridente,
por el caos febril de la modorra
vuela la sensación, que al fin se borra,
verde mosca, zumbándome en la frente.
Pasa mis nervios, con gozoso frío,
el arco de lunático violín;
de un si bemol el transparente pío
tiembla en la luz acuaria del jardín,
y va mi barca por el ancho río
que divide un confín de otro confín.

***

ESE LARGO Y ANGUSTIOSO escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, sólo lo he sentido una vez. Fue hace muchos años, en aquel hermoso tiempo de los mayorazgos, cuando se hacía información de nobleza para ser militar. Yo acababa de obtener los cordones de Caballero Cadete. Hubiera preferido entrar en la Guardia de la Real Persona; pero mi madre se oponía, y siguiendo la tradición familiar, fui granadero en el Regimiento del Rey. No recuerdo con certeza los años que hace, pero entonces apenas me apuntaba el bozo y hoy ando cerca de ser un viejo caduco. Antes de entrar en el Regimiento mi madre quiso echarme su bendición. La pobre señora vivía retirada en el fondo de una aldea, donde estaba nuestro pazo solariego, y allá fui sumiso y obediente. La misma tarde que llegué mandó en busca del Prior de Brandeso para que viniese a confesarme en la capilla del pazo. Mis hermanas María Isabel y María Fernanda, que eran unas niñas, bajaron a coger rosas al jardín, y mi madre llenó con ellas los floreros del altar. Después me llamó en voz baja para darme su devocionario y decirme que hiciese examen de conciencia:
-Vete a la tribuna, hijo mío. Allí estarás mejor…
La tribuna señorial estaba al lado del Evangelio y comunicaba con la biblioteca. La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el retablo campeaba el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes Católicos al señor de Bradomín, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también el Viejo. Aquel caballero estaba enterrado a la derecha del altar: El sepulcro tenía la estatua orante de un guerrero. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche ante el retablo, labrado como joyel de reyes: [31] Los áureos racimos de la vid evangélica parecían ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era aquel piadoso Rey Mago que ofreció mirra al Niño Dios: Su túnica de seda bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental. La luz de la lámpara, entre las cadenas de plata, tenía tímido aleteo de pájaro prisionero como si se afanase por volar hacia el Santo. Mi madre quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas, como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de mis hermanas, se arrodilló ante el altar: Yo desde la tribuna solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba moribunda las avemarías; pero cuando a las niñas les tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la oración. La tarde agonizaba y los rezos resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondos, tristes y augustos, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del altar: Sus vestidos eran albos como [32] el lino de los paños litúrgicos. Ya sólo distinguía una sombra que rezaba bajo la lámpara del presbiterio: Era mi madre, que sostenía entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza inclinada. De tarde en tarde, el viento mecía la cortina de un alto ventanal: Yo entonces veía en el cielo, ya oscuro, la faz de la luna, pálida y sobrenatural como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos…
Mi madre cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de mi madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos que volvían a sostener abierto el libro. En el silencio la voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban, y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje y cayendo a los lados del rostro iguales, tristes, nazarenas. Habíame adormecido, y de pronto me sobresaltaron los gritos de mis hermanas. Miré y las vi en medio del presbiterio abrazadas [33] a mi madre. Gritaban despavoridas. Mi madre las asió de la mano y huyeron las tres. Bajé presuroso. Iba a seguirlas y quedé sobrecogido de terror. En el sepulcro del guerrero se entrechocaban los huesos del esqueleto. Los cabellos se erizaron en mi frente. (Fragmento del cuento «El Miedo»)

Pues bien, Valle-Inclán Noir está compuesto por una treintena de piezas: trece poemas, ocho cuentos (cuatro pertenecientes a Jardín Umbrío en sus diferentes títulos y ediciones), cuatro conferencias y seis artículos (a veces es difícil distinguir entre un artículo o crónica periodística y un cuento). Hay que decir que las conferencias son, en realidad, las reseñas de las mismas publicadas en periódicos de la época ya que es más que probable que no sobrevivieran los textos originales del autor (si es que los hubo). Destacan las leídas en Buenos Aires (1910) sobre espiritismo y, muy especialmente, en Estados Unidos (¡en la Academia de West Point!) en 1921, en la que llega a decir cosas como: «La guerra enciende la lujuria», y también: «Las guerras son sagradas porque encienden la voluntad de vivir y afirman la especie». En todas las conferencias, que cosecharon gran éxito, nuestro autor va saltando y divagando por varios temas de su interés: espiritismo, misticismo, religión, historia, mitología, etc.

Por su parte, los poemas elegidos pertenecen a sus poemarios más famosos, La pipa de Kif (1919) y El pasajero (1920), así como algunos que quedaron sueltos y más tarde incluidos en su poseía completa, Claves líricas (1930). Pobreza, enfermedad, misticismo, spleen, tenebrismo, alucinación, son los argumentos de estos poemas, algunos justamente famosos, como Rosa de sanatorio y ¡Tengo rota la vida! En el combate. En los cuentos seleccionados predomina el gusto por los terrores y las leyendas de su Galicia natal (Vía crucis, El miedo, Del misterio). Por contra, la mayoría de los artículos, de carácter más bien costumbrista, incursionan en el Madrid nocturno y canalla.

Como siempre que hablamos de La Felguera hay que destacar la belleza y el cuidado exquisito en los detalles de la edición (mención especial merece el diseño de la cubierta y guardas de Mario Rivière), que incluye, como es habitual, numerosas fotografías antiguas del autor y otras relacionadas con los temas de los textos. Podría decirse que Valle-Inclán Noir complementa a La lámpara maravillosa (también primorosamente editado por La Felguera), y que su lectura constituye una ocasión perfecta para acercarse a uno de nuestros más grandes y fascinantes escritores.

Puntuación: 4 (de 5)
La Felguera Editores (2020)
Colección: Zodiaco Negro
Prólogo: Ramón Mayrata
232 págs.

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M5 12

Valle-Inclán fue el primero y, quizás también, último de nuestros modernos. Único, brillante, iracundo, fantasioso, aventurero. En esta singular y heterodoxa antología hermosamente editada (tapa dura negra con grabado en plata) y prologada por Ramón Mayrata, encontrarás una cuidada selección de sus mejores artículos, ensayos, poemas o conferencias noir donde nos muestra su gran capacidad para brindarnos una luz de propiedades extrañas pero igualmente hermosas, una Luz Oscura. Valle-Inclán estaba fascinado por la teosofía, lo oculto, las experiencias mediúmnicas, el espiritismo, los relatos de terror y viejos grimorios o las capacidades «asombrosas» de magos e ilusionistas se mezclaban con su amor por el decadentismo de la bohemia. (Sinopsis de la editorial)

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Ramón María del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, 28 de octubre de 1866 – Santiago de Compostela, 5 de enero de 1936) fue uno de los mayores representantes de la Generación del 98, quizás el más singular, escritor genial y autor de una abundante obra teatral, novelística, cuentística y poética. Fue un gran innovador de la literatura española, pues no solo introdujo el modernismo y el esperpento en nuestras letras, sino que elevó el primero a su máxima expresión y lo trascendió mediante un cierto tono de parodia, que aplicó a buena parte de su obra. El trascurso de los años ha engrandecido su herencia, y es considerado como uno de los grandes de la literatura en español de todos los tiempos. Junto con las Sonatas, se pueden destacar de su obra Luces de Bohemia, la serie El ruedo Ibérico y todo su teatro.

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