{Reseña} Mark Evan Bonds: La música como pensamiento (Acantilado)

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La música como pensamiento («Music as Thought», 2006) es uno de esos títulos que a simple vista pueden parecer destinados únicamente a especialistas pero cuya lectura nos descubre uno de los más formidables ejemplos de ese tipo especial de libro, tan cuidado por la editorial Acantilado, que es el ensayo de alta divulgación destinado a un público general culto interesado en profundizar en el devenir intelectual de la vieja Europa.

El profesor americano Mark Evan Bonds nos cuenta en la Introducción de La música como pensamiento —libro muy ameno y bien escrito, por cierto que la contemplación de un libro de historia de la filosofía cuya cubierta representaba a Beethoven (sin que el músico fuera citado una sola vez en el texto) le llevó a reflexionar e investigar sobre el momento y las causas en las que la música comenzó a considerarse como un vehículo para las ideas (y acto de escuchar llegó a ser tenido por equivalente al acto de pensar) en lugar de un mero entretenimiento que producía placer y, a lo sumo, era capaz de provocar emociones y sentimientos. Pues bien, esta mutación tan importante para la historia del arte se produjo entre las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX, fundamentalmente en los territorios de habla alemana en los que una nueva filosofía idealista fue forjando la semilla del primer Romanticismo, movimiento que se oponía a los excesos de la razón ilustrada. Antes de entrar en materia, en el Prólogo, trata la importancia y prestigio que el género de la sinfonía fue adquiriendo con el paso de los años a pesar de que era poco rentable para editores e intérpretes por las dificultades que entrañaba su interpretación pública (recordemos que la mayoría de la música de cámara o para piano solista se interpretaba en veladas privadas). Hasta finales del siglo XVIII la música vocal era considerada la de mayor importancia y trascendencia, pero las soberbias creaciones de Haydn y Mozart dieron lugar a que la sinfonía fuera tenida como la cima de la creación musical debido a la variedad y complejidad que podía adquirir la composición orquestal. Esta primacía total de la sinfonía recorrió todo el siglo XIX, por lo menos, en el área de influencia germánica.

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El primer capítulo (Escuchar con la imaginación) esboza el surgimiento de un marco filosófico y conceptual en el que fue posible oír la música instrumental como una expresión del pensamiento. El autor hace un breve pero exhaustivo repaso a las diferentes ideas que filósofos y críticos de la época realizan sobre el arte musical instrumental. Comienza con Kritik der Urteilskraft (Crítica del juicio) de Kant, publicada en 1790, donde el filósofo prusiano muestra todavía su preferencia por la música vocal sobre la instrumental (parece ser que también Goethe compartía esta opinión) de la que dice que es «más placer que cultura», y continúa con las opiniones de Friedrich Schiller, Christian Gottfried Körner, Friedrich Schelling y Christian Friedrich Michaelis, entre otros, todos ellos crecientemente adscrito a la estética y filosofía idealista.

El segundo capítulo (La escucha como pensamiento) explora el proceso por el que escuchar música sin texto llegó a considerarse una modalidad de pensamiento que abría nuevas vías —inalcanzables por medio del lenguaje— a las ideas. Si durante los siglos XVII y XVIII la música se consideraba como un lenguaje que debía dominar el compositor, pero también el oyente (que llegaba a la escucha de forma pasiva), ya en el cambio de siglo autores como Schlegel dictaminaron que la música tenía «más afinidad con la filosofía que con la poesía», es decir, era más una vía de conocimiento que una expresión de emociones. En definitiva, en muy pocos años se da un giro que lleva de la concepción tradicional de la música como lenguaje, regida por los principios de la retórica, a la concepción romántica de la música como fuente de verdad, regida por los principios de la filosofía.

El discurso musical de la Europa de los siglos XVII y XVIII estaba dominado por la idea de que los estilos musicales tenían un carácter inconfundiblemente «francés» o «italiano». De vez en cuando, en la corte francesa, los partidarios de uno y de otro chocaron en refriegas con apariencia de debates estéticos, sobre todo durante la «Querelle des Bouffans» que sacudió a Francia en la década de 1750. Sin embargo, no existía un estilo «alemán» que compitiera con el francés y el italiano; como mucho, se consideraba que el estilo alemán era una amalgama de esos dos, un estilo «mixto».

A la postre, lo que establecería la identidad musical alemana no sería un estilo, sino mas bien un género: la sinfonía. Tal cosa se debió en parte a la simple circunstancia de que, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, el cultivo de dicho género fue mucho mas intense en los territorios de lengua alemana que en ninguna otra parte. A comienzos del siglo XIX, el porcentaje de nuevas obras de esta clase producidas en Inglaterra y Francia había caído en picado, y los compositores italianos no mostraban demasiado interés en el género desde el ultimo cuarto del siglo XVIII. En una larga reseña sobre una sinfonía de Haydn, un autor anónimo observaba en 1806 que «el mundo tiene que agradecer a los alemanes, sobre todo a Haydn y Mozart […], la majestuosa sinfonía para gran orquesta», que «representa la cumbre mas alta y radiante de la música instrumental reciente». En 1813, el critico Ernst Ludwig Gerber afirmaba con orgullo (aunque erradamente) que Alemania se había convertido en «el único predio de este género artístico». Otro crítico anónimo, relatando el desarrollo de la música en· Alemania durante el primer cuarto del nuevo siglo, se preguntaba: «¿Que otra nación tiene nada comparable con las sinfonías de nuestros Haydn y Mozart, o con las sinfonías incluso mas audaces de nuestro gran héroe de la música instrumental, nuestro Beethoven?».

Según este criterio, también el cuarteto de cuerda podría haber sido considerado un genero alemán: también él estaba dominado por compositores de lengua alemana a comienzos del siglo XIX, y la sombra del triunvirato de Haydn, Mozart y Beethoven es también alargada en este repertorio. Sin embargo, casi nunca se hablaba del cuarteto de cuerda desde un punto de vista nacional, y la razón estriba en la naturaleza de la propia música. Pese a todo su prestigio estético, el cuarteto no podía trascender su carácter, fundamentalmente íntimo, ni, por tanto, inspirar sentimientos de grandeza descriptibles en términos de comunidad nacional. (Extracto del capítulo V: «El nacionalismo»)

El tercer capítulo (Escuchar la verdad) analiza con detalle las premisas filosóficas de la que probablemente sea la crítica musical más importante e influyente escrita nunca, la reseña de la Quinta sinfonía de Beethoven escrita por E.T.A. Hoffmann y publicada en el Allgemeine musikalische Zeitung de Leipzig en 1810. Aquí, por primera vez, se integra la reacción emocional y el análisis técnico con un detallismo sin precedentes. Entre sus muchas virtudes está el haber introducido el concepto de lo sublime (en contraste con el concepto de bello, ya utilizado con anterioridad) para expresar determinados aspectos de la obra artística.

En los dos últimos capítulos (Cosmopolitismo y Nacionalismo), alejándose algo del tema central, Bonds considera que el género sinfónico, por su propia naturaleza meramente instrumental, estaba destinado a ser un arte universal comprensible para el oyente de cualquier nación; sin embargo, esta idea primera cambió con la percepción de la sinfonía por el público alemán, que la considerada cada vez más como un género genuinamente germano, exponente de sus ideales crecientemente patrióticos y nacionalistas. (Por ejemplo, el fundador del Berliner Allgemeine musikalische Zeitung afirmó, en la década de 1820, que las sinfonías de Beethoven eran «propiedad exclusiva del pueblo alemán».)

Es imposible referir todas las ideas y sugerencia que aporta el autor de La música como pensamiento. Se puede afirmar que tras finalizar su lectura tenemos la certeza de haber descubierto facetas que nos pasaban inadvertidas cuando escuchábamos la música del genio de Bonn y de otros compositores de su época. En definitiva, La música como pensamiento es un ensayo excepcional que deberían leer tanto los interesados por la filosofía y la historia del pensamiento —aunque no sean especialmente melómanos— como cualquier aficionado a la música clásica. Si añadimos que este año celebramos el 250 aniversario del nacimiento de Beethoven la recomendación es total.

Puntuación: 5 (de 5)
Acantilado (2016)
Colección: El Acantilado, 298
Traducción: Francisco López Martín
304 págs.

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Hasta finales del siglo XVIII la música instrumental estaba subordinada a la vocal. Kant afirmaba que la música sin texto era «placer más que cultura» y Rousseau la desdeñaba puesto que no permitía expresar ideas. Sin embargo, a principios del siglo XIX se produjo un cambio profundo: la música puramente instrumental empezó a considerarse un medio de conocimiento y se la valoraba precisamente porque era ajena a las limitaciones del lenguaje. En La música como pensamiento, Mark Evan Bonds analiza el origen de este cambio de mentalidad en los oyentes de finales del siglo XVIII y principios del XIX a partir de testimonios de la época y de una serie de fuentes—filosóficas, literarias, políticas y musicales—que nos descubren qué significó la música sinfónica para sus primeros oyentes. El resultado es una interpretación tan singular como rigurosa de las causas y los efectos de la revolución en la escucha y la recepción musicales. (Sinopsis de la editorial)

MEB

Mark Evan Bonds es profesor de Musicología en la University of North Carolina, Chapel Hill. Asimismo, es editor de la revista Beethoven Forum y autor de otros tres libros: Wordless Rhetoric: Musical Form and the Metaphor of the Oration (1991), After Beethoven: Imperatives of Originality in the Symphony (1996) y Absolute Music: The History of an Idea (2014).

5 comentarios sobre “{Reseña} Mark Evan Bonds: La música como pensamiento (Acantilado)

  1. Gracias por tu detallada y valiosa reseña, que he leído con mucho interés. De verdad que la sinfonía es una forma muy germánica (y de su zona de influencia, como estilo internacional). A ver si vienen más libros valiosos como este. Saludos

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