{Reseña} Arturo Úslar Pietri: Estación de máscaras (Drácena)

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De las siete novelas publicadas por Arturo Úslar Pietri a lo largo de casi sesenta años sólo tres están ambientadas en la época contemporánea de su Venezuela natal. Son precisamente estas obras (Un retrato en la geografíaEstación de máscarasOficio de difuntos) las que menos atención han recibido de los editores y apenas han sido leídas por el público español debido, quizás, a que no estamos muy familiarizados con el ambiente político y social venezolano de ese periodo, un aspecto importante (pero no esencial) para su perfecta ubicación y comprensión. Por suerte, la editorial madrileña Drácena ha completado ya el ciclo novelístico del escritor venezolano con la reciente publicación de Un retrato en la geografía (1962) y Estación de máscaras (1964), obras que iban a forman parte de una trilogía —El laberinto de Fortuna— sobre la convulsión social que supuso la explotación del petróleo para Venezuela, y que quedó incompleta debido a la escasa atención que las novelas recibieron por parte de la crítica.

Estación de máscaras continúa la historia que comenzó en Un retrato en la geografía, pero puede leerse perfectamente como novela autónoma ya en el primer capítulo se presentan los acontecimientos que precipitaron la huida del protagonista y se insinúa el drama que podría acontecer tras su vuelta. En esta novela del más crudo realismo se recuerda que Álvaro Collado salió del país huyendo de la posibilidad de ser detenido por haber estado entre los que dispararon a la policía en la Universidad Central de Venezuela durante la manifestación del 14 de febrero de 1937 y en la que murió el agente Lázaro Agotángel. El sentimiento de culpa de la familia Collado les hizo ayudar económicamente a la familia del policía muerto y poner bajo su tutela al mayor de sus hijos, también llamado Lázaro Agotángel, un ser algo primitivo y hosco pero con tenacidad e ideas claras sobre cómo prosperar en la sociedad que le tocó vivir. Collado, tras diez años en universidades de varios países del mundo regresa a Caracas donde intenta retomar sus relaciones, que quedaron bruscamente truncadas, con unos personajes atrapados en una red de pequeñas intrigas personales y políticas. Álvaro Collado tiene una personalidad idealista e ilustrada, carácter totalmente inapropiado para desenvolverse con provecho personal y sentimental en la Caracas que encontró a su vuelta. Casi la totalidad de los personajes de Estación de máscaras ya aparecían en la novela anterior. Una excepción es Sibila Reyes (hija de Zulka, antiguo amor de Álvaro), muchacha con la que se casa Álvaro en un inesperado y extraño capítulo final. Pero el protagonista principal y real de la novela es la Venezuela del boom petrolero, escenario de las ambiciones de todo un país, del ansia del dinero fácil y de los grandes negocios inmobiliarios realizados a la sombra del gobierno autoritarios de turno.

[…]

Era él quien juzgaba y no tenía por qué rendir cuentas. Hubiera tenido que hacer la muy larga lista de los deshacedores y de los torcedores. No habían sabido darle una tierra a la gente de paz. Y todavía no lo sabían. Había que empezar de nuevo, desde la fundación y la semilla, desde el techo de una casa y la conjunción de dos vidas. Una tierra llena de millares de años de soles encendidos y de noches profundas para fundar y multiplicar y crecer.

Eran los otros los que no iban a poder entrar en ella. No podrían entrar en ella porque la iban a desnaturalizar y a perder nuevamente. O tendrían que entrar arrepentidos y sumisos.

Era larga la lista de todos los que tenían que responder. Y eran repetidos y constantes los cargos. Empezaba por nombres de encomenderos barbudos y de frailes demacrados, de hacendados y alcaldes, de poetas y de doctores. Luego venían los guerreros, los guerrilleros, los cabildantes.

Rememoraba y avanzaba. La lista se iba haciendo amplia como la de los pueblos y las generaciones. Era un inmenso juicio final en que él había tomado la posición de Dios. Era una desproporción grandiosa e insostenible.

Tal vez, más que juzgar y condenar había que ganar a los hombres, con el ejemplo de la fundación y del trabajo y del servicio. Si él se pusiera a lo suyo tesoneramente y si hubiera muchos que se pusieran a lo suyo tesoneramente, a hacer sementera y familia y granero.

Más que por los corredores de un tribunal sin término había que andar por el campo abierto de la vida real. Fundar vida y fundar obra con una dimensión humana abarcable.

No importaba que los otros no quisieran entender ahora. Algún día tendrían que entender. Ni se iba a humillar, ni se iba a ir, pero tampoco iba a exigir que los demás se humillaran o se fueran.

Era tiempo para empezar y no era perdido ni extraviado el camino que lo había llevado a aquella convicción. Había que suspender el juicio inagotable y recomenzar con todos partiendo de las tareas simples e inmediatas de la vida humana.

Era seo, tan simple y tan llano, lo que había que hacer. Pensaba y apretaba el paso.

[…]

En Estación de máscaras la historia se presenta de forma sinuosa (a veces parece casi deshilvanada) debido a la utilización por Úslar Pietri de varias técnicas narrativas novedosas (alteración del tiempo, uso de flash back, participación del lector en la comprensión de la acción) que serán ampliamente usadas con éxito por escritores como Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa. También se advierte la influencia de procedimientos cinematográficos tanto en la presentación de las escenas como en la forma y estilo de los diálogos de la novela, de gran intensidad.

A pesar de sus valores indudables, Estación de máscaras (también Un retrato en la geografía) no alcanza la fuerza e importancia de las mejores novelas históricas de Úslar Pietri; no obstante, su lectura resulta entretenida y es plenamente recomendable para todos los aficionados a la maravillosa literatura hispanoamericana del pasado siglo.

Puntuación: 4 (de 5)
Editorial Drácena (2020)
Colección: Ficciones y relatos, 25
268 págs.

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caracas

Álvaro Collado, el protagonista, regresa a Caracas tras diez años de destierro, en 1948, y se encuentra a sus viejos amigos y conocidos alterados por una circunstancia que más que extrañarle, le repele: el inminente golpe de Estado.

Ese revuelo por agasajar al próximo dueño del país que anima a los amigos del protagonista y los tipos de turbia catadura de los que el futuro dictador se sirve para cumplir sus propósitos constituyen la galería que urde este relato, descubriendo con su trama toda la hipocresía y la avilantez de una sociedad. (Sinopsis de la editorial)

uslar

Arturo Úslar Pietri nació en Caracas, el 16 de mayo de 1906, donde morirá en 2001. Como descendiente de un edecán de Simón Bolívar y de dos presidentes de Venezuela —baste añadir que su abuelo materno, el general Juan Pietri, fue presidente del consejo de Gobierno— se crio en un ambiente de honda impronta política, que se verá plasmada en la multitud de cargos que ocupó: tres veces ministro —de Educación, de Hacienda y de Interior—, secretario de la Presidencia de la República, diputado y senador, y hasta candidato a la Presidencia de la República, en 1963.
Sin embargo, no es menor su importancia literaria, su otra vocación que se remonta a 1928, cuando en enero apareció el único número de la revista Válvula, donde publicó el editorial «Somos» y el artículo «Forma y Vanguardia», considerados como las directrices del movimiento vanguardista venezolano. Esta vocación se verá fortalecida al año siguiente con su marcha a París, para ocupar el puesto de agregado civil en la Embajada. Durante su lustro parisino (1929-1934) no solo trabará su duradera amistad con Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, sino que frecuentará a Paul Valéry, a Robert Desnos, a André Breton, a Ramón Gómez de la Serna… Lo que determinará su creación literaria y la convertirá en una de las más relevantes del continente americano. Cabe solo añadir que fue el formulador del término «realismo mágico», en su ensayo Letras y hombres en Venezuela (1948).
Su obra literaria aborda todos los géneros, en especial el ensayo periodístico, donde es copiosa, pero a la que se añaden siete novelas; la primera y más conocida es Las lanzas coloradas (1931), pero no conviene olvidar el resto, reeditadas ahora por Drácena: La ruta de El DoradoUn retrato en la geografíaEstación de máscarasOficio de difuntosLa isla de Róbinson y La visita en el tiempo, más sus nueve recopilaciones de cuentos. Entre los múltiples reconocimientos, destaca el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que se le concedió en 1990.

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