{Reseña} Stefan Zweig: Jeremías (Acantilado)

CUBIERTA_JEREMIAS_ZWEIG

La editorial barcelonesa Acantilado continua su labor infatigable con la publicación de las obras completas del escritor austriaco Stefan Zweig. Le llega el turno, creo que por primera vez, a una de sus piezas teatrales: Jeremías («Jeremias. Eine dramatische Dichtung in neun Bildern»), obra dramática escrita por Zweig en 1916 y estrenada el 17 de febrero de ese mismo año en el Teatro Municipal de Zúrich, dado que, por su argumento claramente pacifista, sólo podía representarse en aquel entonces en un país neutral como Suiza. Esta faceta como dramaturgo es, quizás, la menos conocida por sus lectores, bien es cierto que constituye una parte muy pequeña de su producción, con apenas cinco títulos, el más importante de los cuales es este amplio drama bíblico o poema dramático en nueve cuadros.

Se conservan numerosos testimonios del día de su estreno que coinciden en señalar que al termino de la representación, cuando se iluminó la sala, nadie se movió de su asiento y que tras diez minutos de silencio el público que llenaba el teatro rompió en aplausos emocionados y fervorosos. Como se ve, y en contra de los negras previsiones del autor, el estreno fue un éxito («No había creído ni por un solo momento que esta obra obtuviera un éxito apreciable»). Jeremías apareció en forma de libro en la Pascua de 1917 publicada por Insel-Verlag y superó las escasas expectativas de Zweig: «La había escrito intencionadamente en enconada oposición a la época y, por esta razón, esperaba una oposición no menos enconada. Pero ocurrió todo lo contrario. En seguida se vendieron veinte mil ejemplares del libro, una cifra fantástica para un drama impreso».

Por suerte, el propio Stefan Zweig nos dejó algunas consideraciones interesantes sobre Jeremías en sus sus memorias Un mundo de ayer. Como en la mayoría de sus novelas y narraciones cortas muestra una predilección por los personajes de naturaleza indómita y de vida intensa, frecuentemente derrotados por la Historia: «nunca, infaliblemente, tomo partido a favor del «héroe», sino que sólo veo la parte trágica del vencido. En mis narraciones cortas, quien me atrae es siempre aquel que sucumbe al destino; en las biografías es la figura de alguien que tiene razón no en el campo real del éxito, sino única y exclusivamente en el moral». Cuando a Zweig le acometió el impulso de luchar contra la guerra recurrió a un tema bíblico y por extensión al tema del pueblo judío, pueblo siempre derrotado ante su imposibilidad artística de situarse en el presente. Pocas figuras como la de Jeremías para acometer el reto: «Escogí como símbolo a la figura de Jeremías, el profeta que predicaba en vano. Pero no me interesaba en absoluto escribir una obra «pacifista», sino que quería describir otro hecho: quien en tiempos de entusiasmo es menospreciado por débil y pusilánime, en el momento de la derrota suele demostrar ser el único que no sólo la soporta, sino que también la domina».

Azotea de la casa de Jeremías. Sus blancos sillares resplandecen bajo la pálida luz de la luna. Al fondo se ven las torres y las almenas de Jerusalén, que duerme y reposa en silencio. En los alrededores, todo está inmóvil; el viento de la madrugada es lo único que, de vez en cuando, rompe con su rumor la quietud de la escena.
De pronto se oyen pasos que suben a toda prisa por la escalera, armando un tremendo escándalo. Jeremías, con las ropas desceñidas y el pecho descubierto, sale atropelladamente por arriba, jadeando sofocado.

JEREMÍAS: ¡Trancad las puertas! ¡Echad los cerrojos! ¡A las murallas…! ¡A las murallas! ¡Oh, centinelas, qué mal habéis cumplido con vuestra obligación…! ¡Ya vienen…! ¡Ya los tenemos aquí! El fuego caerá sobre nosotros… devorará el templo. ¡Auxilio! ¡Socorro! Las murallas se vienen abajo, las murallas… (Llega como una exhalación hasta el borde de la azotea y allí se detiene en seco. Sus agudos gritos reverberan en el blanco silencio. Despierta sobresaltado, temblando de miedo. Su mirada, igual que la de un borracho, recorre a trompicones la ciudad. Sus brazos abiertos, extendidos con horror, van desfalleciendo lentamente. Agotado, se pasa la mano por la cara y se frota los ojos) ¡Estaba delirando! ¡Ese sueño terrible me confunde! ¡Sueños, sueños y más sueños llenan la casa! (Se inclina sobre el borde del muro y mira hacia abajo) La paz reina en la ciudad y también en el país. ¡Sólo mi pecho se consume en un incendio devorador! ¡Ah, Jerusalén descansa dichosa en los brazos de Dios, arropada por el sueño, al abrigo de la paz, mientras el rocío de la luna desciende sobre cada casa adormeciéndola, cubriendo con un dulce sopor la frente de cada hogar! ¡Sólo yo soy pasto de las llamas noche tras noche, me desplomo junto con sus torres, huyo espantado, perezco en el fuego, yo, yo soy el único al que se le revuelven las entrañas y se incorpora en su lecho ardiente y sale tambaleándose para buscar fuera el frescor de la luna! ¡Yo soy el único a quien los sueños le desvelan, el único cuyo interior arde con una angustia que se traga la oscuridad de sus párpados! ¡Ah, cómo me atormentan esas imágenes, cómo me confunden esas visiones, engaños que cuajan como si fueran sangre y luego se diluyen, cuando me hallo despierto bajo la luna!

Como es conocido, Jeremías es uno de los cuatro profetas mayores del Antiguo Testamento. Destinado desde su nacimiento al sacerdocio, pronto comenzó a sufrir sueños proféticos que en los primeros años parecen haber sido más bien limitados e intermitentes. Durante el reinado de Sedecías la actividad de Jeremías fue mucho más intensa agudizada por la alianza de los judíos con Egipto para sublevarse contra los babilonios, de los que eran tributarios. Iniciada la guerra, Jeremías anuncia el fin catastrófico de la empresa, siendo por ello acusado de derrotismo y maltratado. El rey personalmente lo respeta, pero no tiene valor para enfrentarse con sus consejeros que votan por la guerra. Los judíos son derrotados y Nabucodonosor II destruyó el templo de Jerusalén construido a mediados del siglo X a.C. por el rey Salomón, y se llevó cautivos a casi todos sus ciudadanos, excepto a Jeremías, que decidió no irse para ser testigo de la destrucción y consolar a los pocos más que se quedaron. (Ya Nabucodonosor invadió Jerusalén por primera vez diez años antes, en 597 a.C., y el rey Joaquín fue deportado a Babilonia junto a otros destacados ciudadanos, incluido el profeta Ezequiel). A lo largo de su actividad profética, Jeremías sólo conoció el fracaso, pero la influencia que no logró ejercer en vida se acrecentó después de su muerte. Sus escritos, releídos y meditados asiduamente, permitieron al pueblo judío desterrado en Babilonia superar el trauma del exilio.

La obra de Zweig comienza en los momentos previos de la rebelión de los judíos contra los babilonios cuando el pueblo, enardecido de patriotismo, se encuentra entusiasmado con la guerra esto, naturalmente, era lo que se vivió en los países de Europa al inicio de la Gran Guerra y desoía toda opinión contraria a la misma, especialmente la de Jeremías. La pieza teatral finaliza con la destrucción de Jerusalén y la esclavitud de los vencidos. Los personajes principales que intervienen, además de Jeremías son: la madre del profeta, su joven discípulo Baruc, el rey Sedecías, Ananías (profeta del pueblo), Abimelec (jefe militar), Pasjur (sumo sacerdote), Nahún (administrador) e Imre (anciano). Esta obra de Zweig es mucho más que una simple revisión de este tema bíblico, por muy oportuno y necesario que resultase en ese momento. Es una profunda indagación sobre el alma humana, sobre la ambición de los poderosos y la volubilidad del pueblo. Zweig se transmuta en un conturbado Jeremías y escribe un texto inflamado, de una belleza clásicahay señalar la estupenda traducción de Roberto Bravo de la Varga que supone toda una experiencia como lector.

Jeremías es una obra soberbia cuya lectura creo que es, por su longitud y el esplendor de su escritura, más satisfactoria y recomendable que verla representada sobre un escenario. Lectura de paz, muy oportuna en estos tiempos de crecientes conflictos civiles, Jeremías es un nuevo título que hay que incorporar sin excusas a nuestra biblioteca zweigeriana.

Puntuación: 5 (de 5)
Acantilado (2020)
Colección: El Acantilado, 413
Traducción: Roberto Bravo de la Varga
288 págs.

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Stefan Zweig escribió esta obra de teatro entre la primavera de 1915 y principios de 1917, en plena Primera Guerra Mundial. Pacifista acérrimo, escogió la figura de Jeremías, el profeta judío que predicaba en vano, para encarnar el trágico papel del «derrotista», como tildaban los enardecidos patriotas partidarios del conflicto bélico a aquellos que, como Zweig, defendían la importancia de llegar a un entendimiento entre las naciones. El autor plasmó en Jeremías—una de sus obras más personales— los ideales humanistas que defendió durante toda su vida. (Sinopsis de la editorial)

MAS PERIODICO STEFAN ZWEIG

Stefan Zweig (Viena, 1881 – Petrópolis, Brasil, 1942) fue un escritor enormemente popular, tanto en su faceta de ensayista y biógrafo como en la de novelista. Su capacidad narrativa, la pericia y la delicadeza en la descripción de los sentimientos y la elegancia de su estilo lo convierten en un narrador fascinante, capaz de seducirnos desde las primeras líneas. En Acantilado se ha publicado la mayor parte de su obra narrativa y ensayística.

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