{Reseña} Antología hispánica del cuento fantástico (Quálea Editorial)

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Por fortuna, los aficionados al género fantástico escrito en lengua española disponemos en la actualidad de varias antologías de relatos fantásticos españoles del siglo XIX. Con las inevitables repeticiones de algunas textos, todas estas selecciones son plenamente recomendables ya que siempre incluyen algunos autores o títulos prácticamente desconocidos para la mayoría de los lectores. En este aspecto, la labor de la pequeña editorial cántabra Quálea es especialmente meritoria, toda vez que tiene publicados ya varios volúmenes de cuentos, siempre dentro del ámbito de lo gótico y fantástico, como esta Antología hispánica del cuento fantástico que comentamos ahora y que contiene relatos de los siguientes autores (por orden más o menos cronológico):  Antonio Ros de Olano, Pedro de Madrazo, José Selgas, Gustavo Adolfo Bécquer, José Fernández Bremón, Pedro Escamilla, Emilia Pardo Bazán, Leopoldo Alas «Clarín», Salvador Rueda, Miguel Sawa, Rubén Darío y Vicente Blasco Ibáñez.

En general, la literatura fantástica española decimonónica adolece de cierta falta de originalidad en temas y argumentos, contentándose con adaptar a los paisajes, costumbres y psicología española los grandes tópicos del género —lo que no es poco, por otra parte—. Ya hemos dicho en otras reseñas que el cuento fantástico llegó a España con retraso y fue asimilado de manera algo superficial ya que el sustrato cultural nacional no se prestaba con facilidad al intenso idealismo, individualismo y libertad trágica de los héroes y argumentos románticos. Para José Zorrilla «En un país como el nuestro, lleno de luz y de vida […] ¿quién se lanza por esos espacios tras de los fantasmas, apariciones, enanos y gitanas de ese bien aventurado Alemán?», y abogaba por un género fantástico genuinamente nacional relacionado con la tradición religiosa. En efecto, en estos textos seleccionados encontramos más ejemplos de relato legendario, maravilloso o de fantasía satírica que del cuento fantástico «moderno» en el que la irrupción de lo inexplicable en la realidad cotidiana provoca el estremecimiento y la zozobra del lector.

Como se hablase de Benvenuto Cellini y alguien sonriera de la afirmación que hace el gran artífice en su Vida, de haber visto una vez una salamandra, Isaac Codomano dijo :
—No sonriáis. Yo os juro que he visto, como os estoy viendo a vosotros, si no una salamandra, una larva o una ampusa.

Os contaré el caso en pocas palabras.

Yo nací en un país en donde, como en casi toda América, se practicaba la hechicería y los brujos se comunicaban con lo invisible. Lo misterioso autóctono no desapareció con la llegada de los conquistadores. Antes bien, en la colonia aumentó, con el catolicismo, el uso de evocar las fuerzas extrañas, el demonismo, el mal de ojo. En la ciudad en que pasé mis primeros años se hablaba, lo recuerdo bien, como de cosa usual, de apariciones diabólicas, de fantasmas y de duendes. En una familia pobre, que habitaba en la vecindad de mi casa, ocurrió, por ejemplo, que el espectro de un coronel peninsular se apareció a un joven y le reveló un tesoro enterrado en el patio. El joven murió de la visita extraordinaria, pero la familia quedó rica, como lo son hoy mismo los descendientes. Aparecióse un obispo a otro obispo, para indicarle un lugar en que se encontraba un documento perdido en los archivos de la catedral. El diablo se llevó a una mujer por una ventana, en cierta casa que tengo bien presente. Mi abuela me aseguró la existencia nocturna y pavorosa de un fraile sin cabeza y de una mano peluda y enorme que se aparecía sola, como una infernal araña. Todo eso lo aprendí de oídas, de niño. Pero lo que yo vi, lo que yo palpé, fue a los quince años; lo que yo vi y palpé del mundo de las sombras y de los arcanos tenebrosos.

En aquella ciudad, semejante a ciertas ciudades españolas de provincias, cerraban todos los vecinos las puertas a las ocho, y a más tardar, a las nueve de la noche. Las calles quedaban solitarias y silenciosas. No se oía más ruido que el de las lechuzas anidadas en los aleros, o el ladrido de los perros en la lejanía de los alrededores.

Quien saliese en busca de un médico, de un sacerdote, o para otra urgencia nocturna, tenía que ir por las calles mal empedradas y llenas de baches, alumbrado a penas por los faroles a petróleo que daban su luz escasa colocados en sendos postes. 

Algunas veces se oían ecos de músicas o de cantos. Eran las serenatas a la manera española, las arias y romanzas que decían, acompañadas por la guitarra, ternezas románticas del novio a la novia. Esto variaba desde la guitarra sola y el novio cantor, de pocos posibles, hasta el cuarteto, septuor, y aun orquesta completa y un piano, que tal o cual señorete adinerado hacía soñar bajo las ventanas de la dama de sus deseos. («La larva», de Rubén Darío)

Las piezas de Bécquer (Maese Pérez, el organista), Pardo Bazán (El vampiro) y Rubén Darío (La larva) son obras magníficas suficientemente conocidas que hacen innecesario cualquier añadido. Comento muy brevemente el resto de las piezas: La noche de máscaras (1841) de Ros Olano es una visión carnavalesca que llega a rozar el surrealismo, y que es un ejemplo de la obra (breve) de este original y extraño escritor. Yago Yasck de Madrazo incide el el tópico del monje satánico o endemoniado que es capaz de prostituir a su propia hija. José Selgás fue un gran cultivador del cuento fantástico en sus volúmenes Escenas fantásticas (1876) y Mundo invisible (1877), desgraciadamente hoy olvidados. El número 13 es una nouvelle muy bien escrita sobre la influencia supersticiosa y mortal de ese número fatídico en la vida del protagonista. En la deliciosa obra de Clarín La mosca asistimos a las digresiones de una mosca parlanchina y erudita que ha perdido la capacidad de disfrutar de la vida libre y despreocupada propia de su especie. En cuanto a José Fernández Bremón hay que decir que este escritor es uno de los mejores cultivadores del género en España, magnífico autor de cuentos fantásticos, de ficción científica y policiales, siempre recorridos por una inteligente ironía (yo he leído dos antologías de sus narraciones y es un escritor que me encanta); El tonel de cerveza, seleccionado aquí, es una de sus más celebradas piezas. Pedro Escamilla, al que ye dedicó Quálea un volumen monográfico que reseñamos, está representado con El espejo, con clásico argumento sobre un objeto mágico (un abanico en este caso) que perturba la mente del protagonista hasta llevarlo a la locura. La misa de medianoche pertenece a los inicios literario de Blasco Ibáñez (incluido en Fantasías. Leyendas y tradiciones, 1887), obra repudiada por el autor por su excesiva influencia del estilo romántico donde se entrecruzan elementos históricos y fantasiosos. Por último, los cuentos de Salvador Rueda (La boda de espectros) y Miguel Sawa (La tentación, perteneciente a Historias de locos, 1910) son ejemplos de fantasías modernistas y decadentes de locuras y visiones espectrales, y que junto con la obra de Darío se apartan algo del tono general de la antología.

Como he indicado antes, la literatura fantástica española siente una irrefrenable querencia hacia el humor, la sátira y lo grotesco, lo que constituye una de sus señas de identidad. En esta antología, plenamente recomendable, encontraremos algunos ejemplos representativos de este estilo y descubriremos autores interesantes como Ros de Olano, Selgas o Bremón que deberían tener, a mi juicio, una mayor presencia en las librerías y en las preferencias de los lectores.

Puntuación: 4 (de 5)
Quálea Editorial (2015)
Colección: Mundo Móvil
226 págs.

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Esta antología recoge una colección de doce relatos «fantásticos» de autores españoles e hispanoamericanos publicados entre los siglos XIX y XX. Junto a piezas emblemáticas de genios como Pardo Bazán, Rubén Darío o Blasco Ibáñez, conviven otras de auténticos visitadores de lo siniestro, como Bécquer o Pedro Escamilla. Entre ambos grupos el lector descubrirá joyas desconocidas de autores brillantes y poco transitados en otras antologías como Pedro de Madrazo, José Fernández Bremón o Salvador Rueda. Todas estas obras dinamitaron los cimientos del realismo en lengua española  y representan una parcela literaria tan importante como maltratada por los círculos académicos y los críticos, ese género fantástico donde encuentran acomodo la mayor parte de nuestros miedos, angustias y alucinaciones.

Las emociones de lo mágico, lo misterioso y lo sobrenatural se alojan entre las páginas de este panteón de sueños de nuestras Letras. Aquí reposan estos textos, a la espera del lector inquieto, para desplegar su encanto sombrío y ocupar por derecho propio el lugar en la historia que con justicia merecen. (Sinopsis de la editorial)

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