{Reseña} Paul Kawczak: Tiniebla (Destino)

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Poco conocemos de Paul Kawczak salvo la escueta información que proporciona por la editorial de su primera novela, Tiniebla, obra que le ha abierto las puertas de la fama literaria al cosechar excelentes críticas en Francia y Canadá, y que aterriza en España de mano de Ediciones Destino. Nacido en la ciudad borgoñesa de Besanzón, Kawczak comenzó sus estudios en ciencias; sin embargo, pronto los abandonó para estudiar Literatura Francesa en la Universidad de Franche-Comté. Su formación le llevó también a Suecia y Canadá, donde decidió instalarse tras completar su tesis doctoral. Kawczak se especializó en la novela francesa ambientada en el período de entreguerras, centrándose en las obras de Malraux, Cendrars o Kessel, entre otros autores. En 2017 se convirtió en editor de Éditions La Peuplade, donde publicó Un long soir (2017), una colección de microrrelatos. Como hemos dicho, Ténèbre es su primera y aclamada novela y ha sido finalista de varios premios literarios.

La acción de Tiniebla se desarrolla en la década de 1890 en el Congo. Pero antes de continuar es necesaria una brevísima introducción histórica. En la Conferencia de Berlín de 1885 se estableció el llamado Estado Libre del Congo, un dominio colonial propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica (segundo monarca belga tras la independencia de Holanda en 1830), quien desde ese momento lo administró de forma personal hasta 1908, cuando el territorio lo cedió a Bélgica. Durante esos veintitrés años el Congo fue objeto de una explotación sistemática y desaforada de sus recursos naturales, en la que se utilizó masivamente mano de obra local en condiciones de esclavitud. Para mantener el control de los nativos las autoridades coloniales instauraron un régimen de terror en el que fueron frecuentes los asesinatos en masa y las mutilaciones, muy especialmente la amputación de manos. (El número de muertos durante este periodo, aunque imposible de calcular exactamente, se ha estimado entre cinco y diez millones). Con el paso de los años, la presión diplomática y de la prensa internacional obligaron a Leopoldo a ceder al estado belga estos inmensos territorios. Pues bien, en este singular marco espacio-temporal se sitúa esta inquietante y, por momentos, dura novela.

No era Mason ni Dixon, pero no dejaba de ser un geómetra. La Conferencia de Berlín había despedazado África en una parodia de la justicia del rey Salomón, al gusto de la ferocidad moderna. Pero, en ausencia de la compasión de una madre, sus majestades occidentales practicaron los cortes en carne viva; así se hacía con las tierras africanas en 1885. Quedaba, sin embargo, una cuestión pragmática: ¿cómo fijar, en la realidad de unos espacios inmensos, las fronteras de un continente invisible para el ojo blanco? La Conferencia de Berlín se había limitado a plantear un reparto teórico de las tierras africanas, había decidido unas reglas imprecisas y voraces en función de las cuales se mutilaría el continente.

Inglaterra, Francia, Bélgica, Italia, Portugal, España y Alemania se lanzaron sin freno a devorarlo. Hombres, mujeres, plantas, animales, tierras, aguas, suelo, cielo, cualquier cosa era susceptible de ser arrebatada a ese exuberante desconocido. Toda una civilización burguesa, masculina y enferma, atiborrada de producción, exangüe de acción y corrupta de sueños, se entregó con erotismo y violencia a una fantasía de tierra hembra y primitiva, de nueva Eva negra a la que violar sin tregua en la noche blanca, sangrándola de todas sus riquezas, ultrajando su ternura de madre, gritándole la muerte vacía en el rostro de diosa indolente. Hombres feroces navegaron sus ríos, atravesaron sus desiertos, sus sabanas y sus junglas, hasta que, fatalmente, se encontraron.

En la primavera de 1887, en el límite norte del nuevo Estado Libre del Congo, propiedad exclusiva de Leopoldo II, rey de los belgas, un destacamento de la legión extranjera francesa encargado de explorar las fronteras del África Ecuatorial Francesa se topó con una incipiente explotación belga de caucho. Cada cual reivindicó el territorio como perteneciente a su nación. Se caldearon los ánimos. Los legionarios, febriles y trastornados, abrieron fuego y mataron a once civiles belgas y veintitrés indígenas. Unos meses más tarde, un incidente similar se cobró catorce vidas del lado de la frontera sudanesa; al año siguiente, otro más costó seis vidas en el mismo lugar, y otro, algo más tarde, en la frontera norte, acabó con la vida de ocho personas.

El joven geógrafo belga Pierre Claes es encargado por el propio rey Leopoldo de fijar las difusas fronteras del norte del Congo, disputadas con Francia e Inglaterra. Para ello debe avanzar por los tramos navegables de los ríos Congo y Ubangui desde el puerto de Matadi, pasar por Leopoldville (actual Kinshasa) y adentrarse en la selva norte del territorio. Estará acompañado de una serie de personajes desarraigados y autoexiliados, entre los que destaca su extraño ayudante Xi Xiao («Xi Xiao era verdugo de profesión […], un verdugo chino que se preciara debía ser ducho en cirugía y acupuntura, así como en el arte del tatuaje»). También es interesante el personaje del médico belga Vanderdorpe, padrastro de Pierre Claes que abandonó a la familia y del que se cuenta su vida, desde los ambientes literarios del París de Verlaine y Baudelaire hasta sus andanzas por el África ecuatorial. Sin ánimo de desvelar una trama novelesca que desemboca, como ya se intuye desde las primeras páginas, en un final trágico, señalaré que Tiniebla nos sumerge en un mundo alucinado dominado por la enfermedad, la barbarie, la codicia, la brutalidad y la inhumanidad extrema; un auténtico descensus ad inferos que rinde un evidente homenaje a El corazón de las tinieblas de Joseph Contad que aparece fugazmente en la novela como Józef Teodor Konrad Korzeniowski cuando navegaba en el vapor Roi des Belges por el río Congo— y que supone una crítica feroz del colonialismo depredador que se desarrolló en el África negra.

La novela está escrita en secciones cortas y con escasos diálogos, lo que hace de que su lectura sea muy ágil y entretenida; sin embargo, acusa, desde mi punto de vista, un excesivo acartonamiento y falta de espontaneidad (quizás debido a una planificación demasiado rígida), resultando algo fría. En cualquier caso, Tiniebla es un debut muy prometedor que augura una interesante carrera de Paul Kawczak como escritor.

Ediciones Destino (2021)
Colección: Áncora & Delfín, 1524
Traducción: Isabel González-Gallarza
288 págs.

Puntuación: 3.5 de 5.

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Una mañana de septiembre de 1890, el topógrafo belga Pierre Claes deja Leopoldville rumbo al norte con una tarea encargada por su rey. Con las estrellas como guía y unos pocos instrumentos, su misión consiste en trazar en la tierra la frontera norte del Congo, y así, materializar lo que Europa llamaba entonces “progreso”, frente al barbarismo de una tierra inexplorada, salvaje, mágica y maldita a la vez. A bordo de la Fleur de Bruges, deslizándose sobre el río Congo, lo acompaña un grupo de lo más heterogéneo, en el que se encuentra Xi Xiao, un maestro del tatuaje chino que tiene visiones del futuro. Xi Xiao viaja con dos certezas: que la colonización es una abominación condenará no sólo a ambos sino, a larga, al mundo occidental; y que su lealtad por el topógrafo está por encima de su propia vida. (Sinopsis de la editorial)

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Paul Kawczak nació en 1986 en Besançon (Francia), aunque vive en Canadá desde 2011. Es novelista y poeta, trabaja como profesor de Estudios Literarios en la Universidad de Québec y como editor en Éditions La Peuplade. Su primera novela, Tiniebla, publicada originalmente en francés en enero de 2020, ahonda en los horrores del colonialismo en el Congo Belga a finales del siglo XIX y se ha convertido en un fenómeno editorial de crítica y público tanto en Francia como en Canadá.

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