{Reseña} Gaito Gazdánov: El retorno del Buda (Acantilado)

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«He muerto. Durante mucho tiempo busqué las palabras para describir lo que ocurrió y, convencido de que ninguno de los términos que conocía y solía usar servían para definirlo, finalmente opté por uno asociado con lo que parece el territorio menos impreciso: la muerte». Como comprenderán, una novela que comienza así tiene todas las papeletas para atrapar al lector hasta el final, cosa que ocurre justamente con El retorno del Buda, novela de Gaito Gazdánov publicada en 1950, y que junto con su anterior (El espectro de Aleksandr Wolf) está publicada por Acantilado. Pero lo importante es señalar que no se trata simplemente de una adictiva novela de misterio, sino que nos encontramos con una excelente obra literaria que une a ese fundamental valor como entretenimiento una depurada escritura meditativa magnífica la traducción de María García Barris y un fondo ciertamente existencialista y filosófico.

Como ya señalé a propósito de El espectro de Aleksandr Wolf , la vida de Gaito Gazdánov fue similar a la de muchos intelectuales y escritores exiliados tras la revolución rusa de Octubre y la posterior guerra civil que terminaron en París o en otras ciudades europeas. Una vida de penalidades económicas, inestabilidad laboral, desgarro personal y frustración con su nueva situación social, en general muy por debajo de sus anterior vida en Rusia. Gazdánov, que siempre escribió su obra de ficción en ruso, debutó en la novela con Una noche con Claire (1929), muy bien recibida por la comunidad de exiliados rusos. Fue el autor de una decena de novelas, numerosos relatos, ensayos y una gran cantidad de artículo periodísticos (su ocupación principal). El estilo de Gazdánov —por lo menos en estas dos novelas publicadas por Acantilado— se caracteriza por una gran intensidad emocional de los personajes y por una escritura casi laberíntica donde presente, pasado, sueños y recuerdos se entrelazan. Debido a sus conexiones con el existencialismo de su tiempo, algunos críticos han definido al autor como «un escritor francés de lengua rusa».

He muerto. Durante mucho tiempo busqué las palabras para describir lo que ocurrió y, convencido de que ninguno de los términos que conocía y solía usar servían para definirlo, finalmente opté por uno asociado con lo que parece el territorio menos impreciso: la muerte. Dejé de existir un mes de junio, por la noche, durante uno de los primeros años de mi estancia en el extranjero. No obstante, eso no era menos inexplicable que el hecho de que yo fuese la única persona que conocía esa muerte, y también el único testigo. Me veía a mí mismo en las montañas: con la absurda e invariable urgencia característica de los acontecimientos en los que las reflexiones personales del individuo por algún motivo dejan de tener importancia, me encontraba en la tesitura de escalar una pendiente alta y casi vertical. Aquí y allá se abrían paso por entre la pétrea y grisácea superficie algunos arbustos bajos llenos de espinas, o los troncos secos y las raíces que se extendían a lo largo de las grietas abiertas. Abajo, en el punto donde había emprendido el ascenso, había una estrecha cornisa de piedra que rodeaba el precipicio, y aún más abajo, en el abismo oscuro, un río de montaña discurría produciendo un estruendo lejano y mitigado. Durante un buen rato escalé palpando cuidadosamente las cavidades de la piedra y aferrándome con los dedos ya fuera a un arbusto, a la raíz de un árbol, o incluso a un saliente afilado del precipicio. Me acercaba lentamente a una pequeña superficie de piedra que no se veía desde abajo, donde empezaba un sendero estrecho que yo conocía Dios sabe cómo; no podía apartar de la mente el presentimiento oneroso e incomprensible —como todo lo que me sucedía por entonces— de que no volvería a verlo ni a recorrer nunca más los angostos recodos que ascendían tapizados de agujas de pino. Más tarde recordé que me había parecido que alguien me esperaba arriba, impaciente y ávido de verme. Casi había llegado a la cima, en unos segundos estaría allí; me agarré con la mano derecha a un claro saliente de piedra de la superficie, pero de repente el duro granito se quebró en mis dedos, y entonces, con una celeridad increíble, me precipité en el vacío golpeándome contra la pared del acantilado, que parecía ascender ante mis ojos. A continuación sentí un empujón brusco con una fuerza inusitada que me cortó la respiración y un dolor muy intenso en los músculos de los brazos; me quedé suspendido en el aire aferrándome febrilmente con los dedos entumecidos a la rama seca de un árbol muerto, que había arraigado tiempo atrás en una grieta de la roca. Pero a mis pies tenía el vacío. Estaba suspendido, observando con los ojos inmóviles y abiertos de par en par una pequeña superficie de granito, que se encontraba en mi campo de visión, y notando que la rama cedía gradual y suavemente bajo mi peso. Una pequeña lagartija transparente apareció de repente un poco más arriba de mis dedos, y vi su cabeza con precisión, sus costados que subían y bajaban una y otra vez, y la mirada muerta, fría e inmóvil de los reptiles. Luego, con un movimiento imperceptible y ágil, trepó y desapareció. Después oí un abejorro que subía y bajaba con un zumbido intenso pero no desprovisto de cierta musicalidad insistente, algo parecido al recuerdo confuso de un sonido que de un momento a otro se aclararía. Pero la rama cedía cada vez más entre mis dedos, y el miedo me iba penetrando. No soy capaz de describirlo […]

En El retorno del Buda un joven universitario ruso que estudia en París y que es víctima de frecuentes delirios y alucinaciones —por ejemplo se ve despeñándose por una montaña o es detenido por la policía secreta de un imaginario país, el Estado Central— da diez francos de limosna a un extraño mendigo ruso. Dos años después conoce a Pável Aleksándrovich Scherbakov, hombre al que identifica como el mendigo al que socorrió, pero que gracias a una estimable herencia se ha convertido en una persona de vida acomodada. Inmediatamente surge el trato y la amistad entre ambos hasta que Scherbakov aparece asesinado en su casa una noche en la que habían cenado juntos. Nuestro protagonista, que es el beneficiario de la herencia de Scherbakov, es injustamente acusado del crimen y detenido. Sólo la aparición de una pequeña estatuilla de Buda robada cuando se cometió el asesinato en posesión de uno de los sospechosos, y la confesión final de éste, dejará en libertad al joven. Otros personajes secundarios, generalmente exiliados rusos que malviven en la capital francesa, junto con el recuerdo de una antigua relación amorosa completan esta inquietante obra en la que Gazdánov tiene la habilidad de convertir la luminosa ciudad de París en un espacio algo fantasmagórico y hostil que puede recordar vagamente al Londres de El hombre que fue Jueves o la Praga de Meyrink y Kafka.

Sólo me queda recomendar El retorno del Buda, interesante novela que junto a la cualidad de ser una placentera narración más o menos de intriga esconde eternas preguntas metafísicas como son el papel del azar y del destino en la vida de todos nosotros.

Acantilado (2017)
Colección: Narrativa del Acantilado, 288
Traducción: María García Barris
176 págs.

Puntuación: 4 (de 5)

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París, década de 1930. Un estudiante ruso con pocos recursos ofrece una generosa limosna a un enigmático vagabundo que encuentra en la calle. Cuando el azar los reúne por segunda vez, el vagabundo se ha convertido en millonario gracias a una herencia inesperada, y el recuerdo del gesto de aquel joven hace que se entable entre ellos una estrecha amistad. Sin embargo, un día aparece el cuerpo sin vida del anciano, y el estudiante, que se ha convertido de pronto en heredero y principal sospechoso, es arrestado. Su salvación dependerá de una estatuilla de oro de Buda que ha desaparecido misteriosamente de la escena del crimen. En El retorno del Buda, un magnífico relato de tintes metafísicos, Gazdánov nos ofrece un retrato inolvidable de la diáspora rusa y nos invita a indagar en torno al desgarro del exilio y el carácter engañoso de las apariencias. (Sinopsis de la editorial)

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Gaito Gazdánov (San Petersburgo, 1903 – Múnich, 1971) fue escritor y periodista. En 1923 se exilió a París y en 1947, tras su participación en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, se le concedió la nacionalidad gala. Desde los años cincuenta ejerció de periodista en Múnich. Escribió más de treinta relatos, un buen número de artículos y ensayos y diez novelas—vetadas en Rusia hasta la Perestroika—de las cuales El espectro de Aleksandr Wolf es sin duda una de las más célebres.

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