{Reseña} Ciro Bayo: El Lazarillo español (Drácena)

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Prosigue la admirable editorial madrileña Drácena rescatando a algunos grandes autores de la literatura hispánica y ofreciendo en ediciones atractivas para el lector actual obras que se encontraban descatalogadas o algo olvidadas (y sin el aparato crítico que tantas veces espanta más que acrecienta el interés del posible lector). En esta ocasión se trata de El Lazarillo español del escritor Ciro Bayo, uno de esos integrantes menores de la Generación del 98 que quedaron empequeñecidos frente a los grandes nombres como Baroja, Azorín o Machado.

Después de una azarosa infancia y juventud y de su primer viaje por Europa (donde aprendería perfectamente francés e inglés) y brevemente a Cuba, Ciro Bayo se embarca hacia Sudamérica donde permanecerá durante once años. Los primeros años los pasó como maestro rural en la provincia de Buenos Aires, en plena Pampa. Intentó llegar a caballo a Chicago para visitar la Exposición Universal, pero acabó recalando en Sucre, donde vivió unos cuatro años, y de ahí a Beni (Amazonía boliviana), donde pasó otros cuatro años antes de regresar a España en 1900 vía Buenos Aires. Esta América del Sur, tanto la que conoció como la que leyó en los cronistas de Indias será la fuente de inspiración de muchos de sus libros. Ya en España, Bayo comienza a ganarse la vida realizando traducciones (su Salambó, de Flaubert es admirable) y escribiendo libros de encargo en el Madrid bohemio (Valle-Inclán lo presenta como don Gay Peregrino en sus Luces de Bohemia). En el periodo 1910-1912 publicaría siete de sus grandes obras, y desde 1913 se dedica, casi exclusivamente a su obras sobre América. Sus últimos años los vivió sufriendo graves apuros económicos, ingresando en un asilo hasta su muerte ocurrida en 1939. Hombre contradictorio, Ciro Bayo fue trotamundos y aventurero antes que escritor —hecho extraño dentro de las letras españolas—, poco amante de las camarillas e intrigas literarias (sólo mantuvo amistad con los hermanos Baroja) y no se adscribió a ningún movimiento cultural, lo que, sin duda, motivó su paulatino olvido. El mismo Bayo se definió en una ocasión: «Lo confieso; soy un español rezagado del siglo XVII».

Estos tesoros arquitectónicos están tan juntos como dientes de una piña; pero se necesita mucho tiempo para verlos. De ahí que fueran mis visitas repetidas y tan minuciosas, que aunque he vuelto a Sevilla posteriormente con billete kilométrico y billetes de Banco en la cartera, ninguna estadía me fue más provechosa que aquella.

Al pobre peregrino le pasa lo que al estudiante pobre, el cual estudia y aprende más que el rico. La lentitud de la marcha, la soledad del camino compenetran al peregrinante con el medio ambiente. Se detiene a fruir en paisajes clásicos; sorprende, al pie de los monumentos de piedra, el secreto maravilloso de la euritmia; se empapa de emanaciones apolíneas y dionisíacas. Cualquier otro modo de arribar un peregrino a una ciudad santa —y Sevilla lo es por sus monumentos, como Toledo, Burgos, Córdoba y Granada— es hacerlo sin consagración, pietista y poética. «Querer ir a Grecia —escribe Hauptmann, y yo lo aplico a mi cuento—, querer ir a ella en ferrocarril o en vapor parece casi tan absurdo como pretender escalar el cielo de la propia fantasía con una escalera».

Atravesando la ciudad, admiré también sus espaciosas plazas y señoriales calles y entre todas la calle de Sierpes, la arteria aorta de Sevilla, y, sin embargo, la más silenciosa; no pasan coches por ella; la ola de peatones circula por las losas del pavimento sin hacer más ruido que el de una reunión mundana en un salón u otro recinto cerrado; la gente se pasea o se planta a conversar entre lujosas tiendas, espléndidos cafés y alegres centros de reunión, abiertos de par en par. De noche, a la luz mate de los focos eléctricos, parece aquello un salón al aire libre. 

El lazarillo español. Guía de vagos en tierras de España por un peregrino industrioso (Librería Francisco Beltrán, Madrid, 1911) está distribuido en doce libros —cada uno dedicado a sus andanzas por una de las provincias que recorre (La Mancha, Sevilla, Granada, Almería, Alicante, etc.)— que van componiendo el itinerario del viajero con situaciones dignas de su famoso antepasado de Tormes. (La primera edición vino precedida por un prólogo de Azorín, desgraciadamente no incluido en ésta). El libro está repleto de descripciones logradas y coloristas, así como de magistrales evocaciones de paisajes y peripecias. Un claro antecedente de ese tipo de libros de viaje más literarios, mejor escritos y menos dados a la denuncia social, que tiene a escritores como Camilo José Cela y Víctor de la Serna como continuadores. (Otra variante de literatura de viajes, más combativa y periodística, tiene en esos años a Manuel Ciges Aparicio como iniciador con títulos como Los vencedores y Los vencidos).

Lazarillo español, aparte de ser una entretenida colección de anécdotas de viaje —todo viaje lo es— es una ficción literaria y una serie de estampas paisajísticas de gran belleza. Tipos populares, costumbrismo, erudición, diálogos chispeantes y rico vocabulario hacen de de este viaje romanceado (novelado) una obra maestra del género. El lazarillo español, que según el escritor cubano Gastón Baquero «es una de esas obras llamadas a la inmortalidad. Pocas veces el idioma se ha escrito con tanta sencillez, con tamaña grandeza, con semejante esplendor», es un libro de lectura tan grata como indispensable para hacerse una idea exacta de la riqueza literaria de ese periodo de la historia española. Totalmente recomendable.

Editorial Drácena (2021)
Colección: Ensayos y memorias, 6
228 págs.

Puntuación: 5 (de 5)

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El lazarillo español. Guía de vagos en tierras de España por un peregrino industrioso, está considerada como la obra fundamental de Ciro Bayo —un raro predecesor del Noventa y ocho, al modo de Silverio Lanza—, donde relata su viaje desde Madrid a Barcelona, a través de Andalucía y por la costa levantina, durante los primeros días del siglo XX. Este extravagante periplo se urde con episodios de lo más variado (limosnas y aguinaldos, trabajos ocasionales, actuaciones como cómico, mediador entre guardias y delincuentes…) aderezado con descripciones de los tipos y de los escenarios del camino, sin que falte algún que otro diálogo «filosófico» o alguna explicación histórica del paraje, lo que conforma, todo mezclado, un peculiar estilo que será modelo para los futuros escritores de libros de viajes españoles, como Josep Pla o Camilo José Cela. (Sinopsis de la editorial)

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Ciro Bayo nace en Madrid en 1859. Hijo natural de un banquero vasco y de una dama guipuzcoana, vive en Valencia, Barcelona, Madrid… Después de pasar por la universidad, decide visitar Francia, Alemania e Italia. Luego viaja a Cuba, a la Argentina, Bolivia… Y lo hace como un auténtico hidalgo aventurero, aprovechando cualquier oportunidad que se le presenta. Empieza a escribir en esta época, pero es al regresar a España cuando se dedica de lleno a la literatura. Destacan sus libros de viajes por España y América del Sur, y varias novelas. Ganó el premio Fastenrath de la Real Academia Española con su Lazarillo español (1911), compitiendo con El árbol de la ciencia, de Pio Baroja, uno de sus pocos y mejores amigos. Ramón del Valle-Inclán lo representa como don Peregrino Gay en Luces de Bohemia. Muere en Madrid, en un asilo para escritores, en 1939. Entre sus obras destacan Lazarillo español. Guía de vagos en tierras de España por un peregrino industrioso (1911), Chuquisaca o La Plata perulera; cuadros históricos, tipos y costumbres del Alto Perú (Bolivia) (1912), la novela Orfeo en el infierno (1912), Las grandes cacerías americanas (1927) y Por la América desconocida (1927).

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