{Reseña} Stanislaw Lem: El Invencible (Impedimenta)

978841755393

No cabe duda que el escritor polaco Stanislaw Lem consiguió con Solaris (1961) una obra maestra de la literatura de ciencia ficción —y de la literatura en general, creo—. Pero como ha ocurrido con otros escritores, esa novela ha oscurecido alguna de sus obras posteriores igualmente interesantes. Tal es el caso de El Invencible (Niezwyciężony), novela escrita entre 1962 y 1963 y publicada en Varsovia el año siguiente. El Invencible, que ya fue vertida al español en 1978 por la mítica editorial argentina Minotauro, nos llega ahora en una preciosa edición de Impedimenta y en nueva traducción directa del polaco a cargo de Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz.

Escrito, como he señalado, en esa década prodigiosa de la science fiction clásica —estaban en la cúspide autores como Ray Bradbury, Arthur C. Clarke, Isaac Asimov y muchos otros—, El Invencible es una gran novela de intriga y de aventuras espaciales. Pero es, sobre todo, una auténtica obra de ciencia ficción, ya que las reflexiones y la elaboración de hipótesis científicas tienen un papel primordial y decisivo en el desarrollo de la trama. Es una novela de estructura más clásica que otras del autor que son más cercanas al género ensayístico y en las que la especulación intelectual prevalece sobre las peripecias propias de la narración. Como es habitual en Lem, el libro está muy bien escrito y es literariamente superior, pienso, a la mayoría de sus coetáneos angloamericanos.

El Invencible, un crucero de segunda clase —la mayor de las naves de las que disponía la base en la constelación de Lira—, avanzaba a propulsión fotónica por el cuadrante más alejado de la galaxia. Los ochenta y tres miembros de la tripulación dormían en el hibernador de la cubierta principal. Como la travesía era relativamente corta, en lugar de la hibernación total se había optado por un sueño profundo en el que la temperatura del cuerpo no descendía por debajo de los diez grados. En el puente de mando solo trabajaban autómatas. En su campo de visión, en el retículo del visor, se encontraba el disco de un sol no mucho más cálido que una simple enana roja. Cuando su circunferencia ocupó la mitad de la superficie de la pantalla, la reacción de aniquilación fue detenida. Durante unos instantes, una calma chicha se apoderó de toda la nave. Los climatizadores y las máquinas de computación trabajaban en silencio. Cesó cualquier vibración, por ligerísima que fuera, de las que acompañaban poco antes a la emisión en la parte de popa del chorro de luz que a modo de espada de una infinita longitud atravesaba las tinieblas propulsando la nave. El Invencible, inerte, silencioso y aparentemente vacío, avanzaba a una velocidad estable, cercana a la de la luz.

Más tarde, las luces empezaron a intercambiar pequeños guiños desde los cuadros de mando, bañados por el rosáceo resplandor del lejano sol que aparecía en la pantalla central. Las cintas ferromagnéticas se pusieron en marcha, los programas fueron reptando poco a poco hacia el interior de los diferentes aparatos, los conmutadores soltaron chispas y la electricidad corrió por los circuitos con un zumbido que nadie alcanzó a oír. Los motores eléctricos, venciendo la resistencia de lubricantes solidificados hacía ya mucho tiempo, arrancaron y pasaron de un sonido bajo a un agudo gemido. Las barras mates de cadmio asomaron desde los reactores auxiliares, las bombas magnéticas bombeaban sodio líquido en la serpentina del sistema de refrigeración, recorrió las planchas de las cubiertas de popa una vibración, y al mismo tiempo, se pudo escuchar un ligero crujido en el interior de las paredes, como si camparan a sus anchas manadas enteras de pequeños animales que golpeaban con sus garras el metal. Todo indicaba que los autorreparadores móviles ya habían empezado una ronda de varios kilómetros para comprobar el estado de todas las soldaduras de las vigas, la hermeticidad del casco, la integridad del ensamblaje metálico. La nave entera se iba llenando de ruidos y de movimiento, iba despertando, y únicamente la tripulación seguía durmiendo

Los protagonistas de la novela son Horpach, veterano comandante de la nave El Invencible, y Rohan, navegador y segundo de a bordo, ambos poseedores de una fuerte personalidad y una rigurosa ética personal, lo que recuerda a muchos personajes de las obras de Conrad. Para no desvelar totalmente la trama, diré sólo que la nave La Invencible acude al planeta Regis III para investigar la desaparición de su gemela Cóndor unos años atrás —este argumente ha sido utilizado en infinidad de ocasiones, pero siempre es eficaz— . Encuentran la tripulación muerta en circunstancias inexplicables ya que la atmósfera no es letal ni hay ninguna forma de vida en la parte terrestre del planeta, sí en los océanos. Tras varias expediciones que provocan la muerte o la amnesia total de algunos tripulantes se llega a la conclusión de que que son atacados por unas entidades no biológicas evolucionadas a partir de pequeños robots pertenecientes a otra civilización no humana, una especie de entidad colectiva fruto de «un proceso inanimado de autoorganización». (Esta idea ha sido tratada numerosas veces por la ficción científica; recuerdo especialmente la obra de J.H. Rosny La muerte de la Tierra (1912), donde se introducen los ferromagnetales como entidades pseudo-vivas). Tras una serie de peripecias y una épica lucha de Rohan por su supervivencia tratando de rescatar a algunos compañeros perdidos consigue finalmente regresar a la nave, que abandona el planeta. Al igual que en Solaris, la tesis principal de Lem es que es imposible la comunicación con otras formas de vida exóticas que se hayan podido desarrollar en condiciones totalmente diferentes a las terrestres, de las que ni siquiera podríamos acceder al más mínimo conocimiento y comprensión de su ser.

En definitiva, en El Invencible encontramos una muy entretenida y reflexiva novela que conserva todo ese aroma de la época dorada de la ciencia ficción y que hará las delicias de los buenos aficionados a este género.

Puntuación: 4 (de 5)
Impedimenta (2021)
Traducción: Abel Murcia & Katarzyna Mołoniewicz
264 págs.

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El Invencible es el nombre de la enorme nave interestelar que parte hacia el encuentro de su gemela, la impresionante y guerrera Cóndor. Esta última, perdida en Regis III, un aislado y deshabitado planeta, provocar. oleadas de angustia vital tanto en los que sobrevivieron como en aquellos que acuden en su ayuda de manera abrupta, devastadora y violenta. Nanobots, viajes en el espacio, inteligencia de enjambres y evolución artificial se citan en este relato despiadado y atroz de supervivencia humana. El cosmos es en El Invencible el centro del pensamiento humano. La utopía del hombre, la búsqueda de la verdad y la importancia de diferenciarnos de los demás seres del universo son solo la punta del iceberg del gran desafío misterioso y cruel que nos proponen la existencia y nuestra incapacidad de no poder conquistarlo todo. (Sinopsis de la editorial)

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Stanisław Lem nació en la ciudad polaca de Lvov en 1921, en el seno de una familia de la clase media acomodada. Aunque nunca fue una persona religiosa, era de ascendencia judía. Siguiendo los pasos de su padre, se matriculó en la Facultad de Medicina de Lvov hasta que, en 1939, los alemanes ocuparon la ciudad.

Durante los siguientes cinco años, Lem, miembro de la resistencia, vivirá con papeles falsos y se dedicará a trabajar como mecánico y soldador, y a sabotear coches alemanes. En 1942 su familia se libró de milagro de las cámaras de gas de Belzec. Al final de la guerra, Lem regresó a la Facultad de Medicina, pero la abandonó al poco tiempo debido a diversas discrepancias ideológicas y a que no quería que lo alistaran como médico militar. En 1946 fue «repatriado» a la fuerza a Cracovia, donde fijaría su residencia. No tardaría demasiado en iniciar una titubeante carrera literaria. Se considera que su primera novela es El hospital de la transfiguración, escrita en 1948 pero no publicada en Polonia hasta 1955 debido a problemas con la censura comunista. De hecho, esta novela fue considerada «contrarrevolucionaria» por las autoridades polacas. No fue hasta 1951, año en que publicó Astronautas, cuando por fin despegó su carrera literaria. Las novelas que escribió a partir de ese momento, pertenecientes en su mayoría al género de la ciencia ficción, harían de él un maestro indiscutible de la moderna literatura polaca: Edén (1959), La investigación (1959), Memorias encontradas en una bañera (1961), Solaris (1961), Relatos del piloto Pirx (1968), La voz de su amo (1968) o Congreso de futurología (1971). Lem fue, asimismo, autor de una variada obra filosófica y metaliteraria. Destaca en este ámbito, aparte de su obra Summa Technologiae (1964), la llamada «Biblioteca del Siglo XXI», conformada por Vacío perfecto (1971), Magnitud imaginaria (1973), Golem XIV (1981) y Provocación (1982). Lem fue miembro honorario de la SFWA (Asociación Americana de Escritores de Ciencia Ficción), de la que sería expulsado en 1976 tras declarar que la ciencia ficción estadounidense era de baja calidad. Falleció el 27 de marzo de 2006 en Cracovia, a los ochenta y cuatro años de edad, tras una larga enfermedad coronaria.

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