{Reseña} Julio Camba: Londres (Editorial Renacimiento)

978841838751

Tras muchos años de olvido e indiferencia, el interés por la obra del cronista gallego Julio Camba se ha reavivado plenamente y hoy tenemos disponibles casi todos sus títulos publicados en vida, más algunas recopilaciones temáticas que incluyen la recuperación de algunos textos inéditos. Ahora le llega el turno a Londres, uno de sus primeros trabajos que llega de la mano de la sevillana de Editorial Renacimiento. (Curiosamente, la primera edición de 1916 fue debida a la editorial Renacimiento de Madrid)

Después de que el joven Camba fuera deportado de Argentina acusado de actividades anarquistas, inició su actividad de escritor en la prensa gallega (Diario de Pontevedra) y en publicaciones revolucionarias madrileñas (El Porvenir del Obrero y La Revista Blanca). La principal labor periodística de Julio Camba comienza en 1908 como corresponsal en el extranjero enviando crónicas desde Turquía para La Correspondencia de España. A su regreso de Estambul entra en El Mundo, que le contrata para sus corresponsalías en París y Londres. En 1913 inicia su relación con ABC, que perduraría, con algunas interrupciones, hasta su muerte. En estos primeros años fue corresponsal en París y Londres. En 1911 está en Alemania y en 1916 viaja a Nueva York. Vuelve a Madrid en 1917, pero continúa viajando: en 1921 vuelve como corresponsal a Berlín y, de 1929 a 1931 desarrolla su trabajo desde Nueva York. Siguió viajando hasta 1949, fecha en la que, por motivos de salud, fija su residencia en Madrid (en el Hotel Palace, concretamente). Londres. Impresiones de un español, como la mayoría de los libros de Camba, es básicamente una recuperación de artículos publicados en prensa, sin añadidos ni correcciones; así sucede desde el primero, Alemania, impresiones de un español (1916) hasta el último, Millones al horno (1958). 

Excepto las siete últimas crónicas, que aparecieron en el periódico La Tribuna y datan ya de su segunda y más breve corresponsalía en Londres (entre febrero y mayo de 1913), el resto de textos de esta antología (82 en total) pertenecen a la primera experiencia de Camba en la capital inglesa, donde permaneció durante un año largo y llegó a escribir más de ciento cincuenta artículos publicados en El Mundo entre diciembre de 1910 y enero de 1912. Más que una diferencia en las costumbres, lo que Camba observa en este libro es una total incompatibilidad psicológica entre el carácter español —desordenado e individualista hasta la anarquía— y el carácter británico, tan pragmático y utilitarista como clasista y puritano. Con todo, Camba muestra, si no atracción, sí gran interés por entender esa sociedad británica que se encontraba entonces en el cima de su poder y desarrollo (aunque, como expresó González Ruano, «Fuera de comer bien, yo estoy seguro de que a Camba no le interesaba nada»).

EL PRIMER GUARDIA INGLÉS lo vi en la aduana de Newhaven al salir del barco. No eran todavía las cinco de la mañana. Hacía un frío terrible y llovía.

El guardia, situado a la puerta de la aduana, ofrecía un aspecto imponente. Era inflexible, majestuoso, formidable. La lluvia resbalaba por él como por un edificio. En la aduana de Newhaven, a la entrada de Inglaterra, aquel guardia parecía una de esas figuras alegóricas y decorativas que, en el pórtico de un palacio, nos imponen, antes de entrar, una actitud de respeto y de acatamiento.

Con esta actitud entré yo en Inglaterra. Después de ver aquel guardia, ¿cómo dudar de la fuerza que tiene aquí el principio de autoridad? Yo hice una vez un artículo acerca de los ingleses fuera de Inglaterra: «Los ingleses —decía yo— les pegan a los guardias extraños, pero respetan a los suyos». ¡Ya lo creo que los respetan! ¡Como que son muy grandes! Y los guardias tienen que ser grandes y estar bien alimentados. Si no imponen su prestigio materialmente, ¿cómo van a imponerlo moralmente? En un país donde los señoritos les pegan a los guardias, se puede asegurar que el principio de autoridad no tiene eficacia ninguna.

A mí, el guardia inglés me parece algo sobrehumano, que está por encima de nuestras pasiones y de nuestra sensibilidad. Alguna vez he tenido precisión de preguntarle a un guardia por una calle: me he acercado a él y he mirado hacia arriba. El guardia tenía la cabeza levantada y no me veía. Le he llamado y he formulado mi pregunta. Entonces el guardia, sin mover la cabeza para mirarme, me ha contestado minuciosamente, y cuando yo me he ido, se ha quedado en la misma actitud, inmóvil e impasible. Y es que, cuando uno le pregunta a un guardia inglés, el guardia inglés no le contesta a uno: le contesta a la sociedad. No hay cuidado de que uno influya en su espíritu según vaya mejor o peor vestido y según sea más o menos simpático. Ya he dicho que el guardia inglés es sobrehumano. Su espíritu es el espíritu del deber. Usted, yo, cualquiera, al acercarnos a él, somos la sociedad que le llama. El guardia responde, y nada más.

Además, el guardia inglés debe de ser impermeable. Aquí todo es impermeable: los gabanes, las gorras, los sombreros, el calzado, el suelo… Pues yo creo que los guardias también están hechos de una sustancia impermeable. […]

Entre estos artículos podemos encontrar estudios de personajes y costumbres, reflexiones casi filosóficas, análisis de la sociedad en la que vive y hasta alguna declaración de teórica sobre cómo se escribe una buena crónica periodística. Londres es para nuestro autor la ciudad de la niebla, tanto como fenómeno meteorológico como un estado de ánimo que todo lo tiñe de melancolía. Escritos para un lector español, nunca pierde de vista que la búsqueda del contraste y oposición entre sociedades tan distintas puede ser la base del efecto humorístico de sus crónicas; casi tanto como la hipérbole inteligente, uno de sus procedimientos favoritos. En definitiva, Camba muestra admiración por el respeto a la autoridad y la ley que tiene el ciudadano inglés, pero siente poco apego por sus costumbres y formas de vida. La luz de Londres (o su falta de luz, por mejor decir), la comida («Si comes carnes asadas y legumbres cocidas, eres un inglés; si comes platitos bien condimentados, regodeándote en las salsas, eres un francés; si no comes, eres español»), las mujeres inglesas («Yo no he conocido en ninguna parte del mundo mujeres tan bonitas ni mujeres tan feas como las que he conocido aquí»), las minorías étnicas, o la veneración por la realeza son algunos de los temas tratados en estos artículos que componen Londres.

Julio Camba es uno de los reyes del articulismo español, género que mejor se ajustaba a su estilo de cronista rápido, mordaz, impresionista, impulsivo e intuitivo, siempre irónico y teñido de un refinado escepticismo («tenía la capacidad de convertir la anécdota en categoría filosófica», escribió sobre él César González-Ruano, otro genial articulista). La retranca y sorna gallega aparece en él en todo su esplendor y la aplica tanto a la psicología de los individuos como a psicología de los pueblos. Muchos de los artículos escritos por Camba son intemporales y totalmente actuales, siempre transitando entre la realidad y la broma («Yo soy un escritor decorativo y me dedico a una literatura fácil, superficial y pintoresca»). Camba mantuvo relación con los grandes de su época, desde Rubén Darío hasta Valle Inclán, y Unamuno afirmó que no había entre los escritores españoles del momento quien emplease con más precisión y gracia la lengua española («¡Qué delicia para nuestros lectores celtíberos!», escribió). Es, por tanto, un escritor plenamente recomendable, un autor que se lee con una sonrisa permanente, lo cual siempre es saludable, quizás hoy más que nunca.

Puntuación: 4 (de 5)
Editorial Renacimiento (2021)
Colección: Los Viajeros, 47
Prólogo: Mª Ángeles Robles
248 págs.

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En Londres se reúnen un puñado de artículos periodísticos que son fiel reflejo del inconfundible estilo de Camba y que, leídos juntos, nos ofrecen, no solo una imagen nítida del Londres que el periodista encontró, conoció y –en contra de la primera impresión que puedan dar algunos de estos escritos– también amó, sino que son además una verdadera lección de cómo el maestro era capaz de construir el relato de una ciudad, de una sociedad y de un momento histórico a partir de un análisis fragmentario y aparentemente disperso. Londres es para Camba la ciudad de la niebla, y esa niebla no es únicamente un fenómeno meteorológico, sino también un estado de ánimo. Siente admiración por el inglés respetuoso de la autoridad y poco apego por sus costumbres y forma de vida. Su tono es la ironía, pero siempre aderezada con algún otro elemento: la ternura, el humor, la observación estricta, la comprensión exacta, e incluso la desidia. Sus impresiones sobre la capital británica aciertan a perfilar una línea clara que define una actitud vital: la del hombre que comprende aunque no siempre comparte, la del escritor audaz que sabe exprimir el jugo a las más variadas ocasiones. (Sinopsis de la editorial)

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Julio Camba Andreu (Villanueva de Arosa, 1884-Madrid, 1962) fue durante la segunda y tercera década del siglo XX uno de los más singulares corresponsales extranjeros que haya tenido nunca la prensa española. Su maestría no ha dejado de ser elogiada por escritores tan distintos y variados como Miguel Delibes, Francisco Umbral, Cándido, Manuel Vicent o Antonio Muñoz Molina. A los dieciséis años se escapó de casa y llegó hasta Buenos Aires. Allí se introdujo en los círculos anarquistas y redactó incendiarias proclamas y panfletos. Al final fue deportado del país junto con otros anarquistas. De regreso a España empezó a colaborar en la prensa local gallega y en publicaciones revolucionarias del Madrid de comienzos de siglo, y su prosa no tardó en ocupar las columnas de los más importantes periódicos (El País, España Nueva, La Correspondencia de España, El Mundo, La Tribuna, ABC, El Sol, Ahora). De sus quince libros publicados, siete son crónicas de viaje para diversos periódicos: Playas, ciudades y montañas (Galicia, París y Suiza), Londres, Alemania (los tres de 1916), Un año en el otro mundo (1917) (Nueva York), La rana viajera (1920) (España), Aventuras de una peseta (1923) (Alemania, Londres, Italia y Portugal) y La ciudad automática (1932) (Nueva York de nuevo). Esta edición se presenta con un prólogo de Francisco Fuster y en ella se recogen las crónicas publicadas originalmente entre mayo de 1912 y enero de 1913 en La Tribuna, y, a partir de esta fecha y hasta marzo de 1915 en ABC.

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