{Reseña} Emilia Pardo Bazán: La sirena negra (Nocturna)

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La ingente obra de doña Emilia Pardo Bazán es una mina de oro para muchas editoriales independientes. Así lo ha entendido Nocturna Ediciones, que publica estos días La sirena negra, una de las últimas obras de la genial gallega. Yo leí hace años esta novela y en esta nueva lectura me ha perecido una obra todavía más atractiva, de modo que no me explico cómo este título no es mucho más popular dado que para el lector actual es tremendamente accesible e interesante.

La sirena negra (1908) se suele considerar parte de una especie de trilogía —junto a La Quimera (1905) y Dulce dueño (1911)— que, sin renunciar a un naturalismo de estirpe maupassantiano, está dominada por una estética modernista, decadentista y simbolista, e incluso con influencias del naciente psicoanálisis. La sirena negra es una novela oscura, no exenta de lirismo, que nos presenta a un protagonista fascinante: Gaspar de Montenegro, personaje aristocrático, adinerado, abúlico, cínico, amoral y dandy; un tipo humano que nos es familiar en multitud de novelas extranjeras (especialmente francesas e inglesas) pero que no es tan habitual en la literatura española, que siempre abunda más en personajes castizos y populares.

Escrita en primera persona, la acción se desarrolla en Madrid y en la Rías Bajas gallegas. La sirena negra está organizada en secuencias cronológicamente lineales y en espacios sucesivos que confieren coherencia interna a la intriga novelesca. Vida y muerte, maldad y bondad, realidad e imaginación se presentan en continua contraposición, en la caracterización de los personajes, de modo que las relaciones que mantienen con el protagonista acentúan el carácter contradictorio y decadentista de Gaspar de Montenegro.

En la esquina de la Red de San Luis y el de Gracia, me separé del grupo que venía conmigo desde el teatro de Apolo, donde acabábamos de asistir a un estreno afortunado. Si hablase en alta voz, hubiese dicho «grupo de amigos», pero, para mi sayo, ¿qué necesidad tengo de edulcorar la infusión? Espero no poseer amigo ninguno; no tanto por culpa de los que pudieran serlo, cuanto por la mía. Si alguna vez me he dejado llevar del deseo de comunicación, de expansión, de registrarme el alma y enseñar un poco de su oscuro contenido a la media hora de hacerlo estaba corrido y pesaroso, según estaría un sacerdote hebreo que hubiese permitido a un profano tocar al arca de alianza.

Por lo mismo, me guardé de terciar en la polémica que armaron sobre «la idea» de la obra. La tal idea es ya para mí una persona de toda confianza: por sexta vez en este invierno la aprovecha un autor. Según los recitados, cantares y diálogos de la zarzuelilla, la vida es buena, la alegría es santa y los que no andan por ahí chorreando satisfacción son unos porros. No sé por qué (acaso por efecto de la discusión trabada entre los del grupo, y que me golpeó en el cerebro con redoble de martillazos secos y ligeros sobre una placa sonora), la cuestión, en aquel momento, me preocupaba. Ningún problema, para el que vive, revestirá mayor interés que este de la calidad de la vida.

***

Me habían servido el café, y aguardaba, frío ya. A mí me gusta más frío que caliente: me retrepé en la butaca y empecé a beberlo a sorbos, con placer nervioso, semi-espiritual. Tumbado en el sofá, el doctor, robusto y lastrado de coñac excelente, había cogido el sueño al vuelo, y dormía con la boca abierta, modulando a ratos un comienzo de ronquido. Me serví café otra vez, más engolosinado que la primera. Una excitación lúcida se apoderó de mí: en excitaciones semejantes las ideas son como ágiles saltatrices; hay una labor cerebral de devanadera; un tropel de representaciones; todo parece inminente, inaplazable, cual si urgiese resolver el negocio de nuestro destino sin un punto de dilación. La tristeza de lo frustrado se hizo trágica en mí. A las doce de la mañana de aquel mismo día, me alborozaba aún la perspectiva de la humareda azul del hogar. Y no era la humareda lo que yo echaba de menos -todas las humaredas me son indiferentes-. Era mi deseo, mi sueño de la humareda, mi sueño de vida, lo que añoraba. Nada vale nada; sólo vale algo el deseo que sentimos de poseer o realizar las cosas.

Abiertos los ojos a la penumbra, pensaba en la que va a desaparecer después de sufrir tal suplicio en su corazón, selva de plantas ponzoñosas. Esa vaga incredulidad que nos asalta ante el no ser, me dominó por un momento. ¿Era posible que Rita, la caprichosa, la vivaz, la que tanto se entusiasmaba y hacía tales extremos en el teatro, la que había padecido los furores de la antigüedad criminal, fuese mañana un poco de materia orgánica en descomposición? ¿Cómo puede suceder algo tan extraordinario en un segundo? ¿Por qué se arroja sangre si cesa de existir? Murió Rita, dirán. Entonces, Rita no es su cuerpo enmagrecido, no es sus cabellos foscos, no es su tez verdosa, no es su cuello de flor medio tronchada. Todo eso ahí estará… y Rita no. Puse sobre el velador los codos y sobre las palmas derrumbé la cabeza. Mi meditación se convertía en cavilación visionaria. Acaso dormía, acaso deliraba. El alcaloide del café concentrado actuaba sobre mi sistema nervioso, y con malsano goce dejé volar mi fantasía, provista de unas alas membranosas, gris oscuro, de murciélago, que acababan de brotarle.

Por una caprichosa decisión, Gaspar de Montenegro adopta a Rafaelín, hijo de su amiga Rita Quiñones, muerta de tuberculosis. Su plan es el modelar al niño a su imagen y semejanza en un afán de perpetuación; para ello, no escatima en gastos y en cuidados, ofreciendo a chico una elitista educación a manos de una institutriz inglesa (Miss Annie) y un joven preceptor (Desiderio Solís). Otros personajes, que ofrecen una sensación de mayor sosiego y sensatez son la hermana de Garpar, Camila, y la antigua prometida de éste, Trini. Como todo cínico y descreído Montenegro es una personalidad supersticiosa y está obsesionado por la presencia de la muerte, por la Seca o la Segadora (la Sirena negra), obsesión que va apareciendo por toda la obra. La novela culmina cuando, en un periodo de estancia en su casa de la costa gallega, se desarrolla una tragedia de pasión y celos entre la institutriz, Solís y su antigua novia Trini. Este drama culmina con la muerte accidental de Rafaelín por un disparo de Solís, disparo que estaba destinado a Gaspar, que acaba roto y derrotado: «He aquí que me complazco en postrarme, quebrantada la dura cerviz de mi soberbia, asqueando de mi sensualidad, avergonzado de mi dureza, fuera del laberinto de complicaciones miserables en que se perdió mi espíritu… He aquí que me siento sencillo, pequeño, bienaventurado».

En cuanto a esta edición dentro de la colección Noches Blancas de Nocturna hay que decir que es excelente, desde la hermosa fotografía de la cubierta hasta su cuidadosa maquetación y diseño.

La sirena negra en una novela rara, intensa, que se devora con fruición y que recomiendo sin reservas.

Puntuación: 5 (de 5)
Nocturna Ediciones (2021)
Colección: Noches Blancas, 44
200 págs.

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Gaspar de Montenegro es un joven acomodado que deambula sin rumbo y sin espíritu por las calles de Madrid mientras su hermana se esfuerza por casarlo con una mujer de la «buena sociedad». Así, sumido en el amor y el desamor, seducido por el hechizo de la muerte, cuya melodía siempre parece acompañarlo, Gaspar toma una decisión que lo marcará definitivamente.

En esta novela crepuscular y psicoanalítica, de conciencia e introspección, ambientada entre el Madrid de comienzos del siglo XX y su Galicia natal, Emilia Pardo Bazán tomó un rumbo espiritual y de carácter simbolista que la alejaba del naturalismo y retrataba con gran agudeza la penumbra trágica de una sociedad en constante transformación. (Sinopsis de la editorial)

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Emilia Pardo Bazán nació en La Coruña en 1851 y se crio en el Pazo de Meirás, donde recibió formación en diversas materias, especialmente las humanidades y los idiomas (dominaba el francés, el inglés y el alemán). Se casó muy joven con José Quiroga y pronto toda la familia se trasladó a Madrid, donde fue desarrollando una intensa labor literaria en la que cultivó el naturalismo con libros como La cuestión palpitante (1883) o Los Pazos de Ulloa (1886) y trató temas transgresores en obras como La tribuna (1883) e Insolación (1889) que, junto con sus modernas ideas sobre la libertad de las mujeres, suscitaron fuertes reacciones en la época. La sirena negra (1908) es una de las últimas novelas que publicó antes de su muerte en Madrid, en 1921.

4 comentarios sobre “{Reseña} Emilia Pardo Bazán: La sirena negra (Nocturna)

  1. Magnifica novela. La he devorado. De hecho me ha abierto la puerta a otras curiosidades de la Pardo Bazán: : estoy con los misterios de Selva. Me ha recordado algunos cuentos de Hardy y coincido mucho con su reseña. Es una novela muy perturbadora sobre todo por la singular amoralidad del protagonista. El onírico capítulo del baile de la muerte es muy interesante.

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