{Reseña} Marcelo Gullo: Madre Patria (Espasa)

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La publicación de las obras de María Elvira Roca Barea Imperiofobia y leyenda negra (Siruela, 2016) y Fracasología (Espasa, 2019) provocó un tremendo impacto en decenas de miles de lectores y una cierta conmoción en la adormecida comunidad académica. Por supuesto, ya desde el célebre ensayo La leyenda negra (1914-17) de Julián juderías han sido muchas las voces que han intentado explicar los efectos paralizantes y letales que para la cultura, la economía y la propia autoestima ha tenido la asunción acrítica de la leyenda negra por todo el mundo hispano, pero no tuvieron desgraciadamente la amplia repercusión de los libros de Roca Barea. Esto se debe a que para la intelligentsia hispanoamericana y española de los dos últimos siglos este complejo ha resultado más fácil y cómodo asumirlo que discutirlo. Por suerte, entre los investigadores actuales que están dedicando su esfuerzo en estudiar este fenómeno —pienso en Rafael García Cárcel, Iván Vélez y Pedro Insua, por citar tres españoles—, hay que añadir al profesor argentino Marcelo Gullo que acaba de publicar en Espasa un amplio trabajo cuyo título lo dice todo: Madre Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán.

Marcelo Gullo, que reconoce que no tiene ninguna ascendencia española (lo que parece otorgarle más imparcialidad), señala que la leyenda negra forma actualmente parte del núcleo duro del pensamientos políticamente correcto y, por tanto, cualquier cuestionamiento de la misma conlleva el riesgo de ser silenciado y expulsado de la comunidad académica. Esa dictadura de la corrección impide refutar con hechos las bases primigenias de la leyenda negra, por ejemplo, la exitosa política de los Reyes Católicos de fomento del mestizaje, la intensa labor educativa y de cuidado de los enfermos realizada en los virreinatos, y, por encima de todo, no se puede hablar de la naturaleza completamente antropófaga del imperio azteca y violentamente opresora del inca. La lista de temas sometidos a la manipulación negrolegendaria es interminable; Gullo escoge para su análisis algunos de los más significativos, y lo hace con la herramienta más formidable que existe para estos casos, esto es, acudiendo sistemáticamente a la historia comparada. El resultado es que el lector corriente (no especialista) queda asombrado por magnitud de las manipulaciones que ha sufrido la historia de Hispanoamérica y España en la época del Imperio. 

Comienza el libro con unas consideraciones geopolíticas generales de cómo era el mundo conocido a finales del siglo XV y sobre las causas de la expansión oceánica de los reinos ibéricos. También se dedica un amplio espacio de la primera parte del libro en profundizar en el concepto —y esto es muy importante— de subordinación ideológica y cultural. No vamos a comentar aquí todos los datos y hechos que ofrece Marcelo Gullo para demostrar que España no instituyó una política imperialista sino imperial; o en expresado en términos del filósofo Gustavo Bueno: el español fue un imperio generador, frente al imperio depredador establecido por Inglaterra u Holanda. «Lo que nos ha ocurrido a los españoles americanos y a los españoles europeos —escribe Gullo— es que las potencias enemigas de España han tergiversado, magnificando u ocultando hechos, la historia de la conquista de América y la historia misma del Imperio español, de su gestación y disolución».

En Eurasia, a través de la guerra y el comercio, numerosas tribus, reinos e imperios mantenían un contacto más o menos intenso desde hacía siglos, influenciándose unos a otros. Sin embargo, hasta 1521 y 1533, respectivamente, los dos grandes imperialismos del continente americano, el azteca y el inca —que habían asimilado, por la fuerza, a otros muchos pueblos y lenguas—, no habían recibido jamás la influencia de Eurasia. Aztecas e incas desconocían la existencia de Roma, Constantinopla, Damasco, la Meca o Pekín, y nunca habían tenido contacto con los centros de poder euroasiáticos. Solo a partir de la llegada de Hernán Cortés a México y de Francisco Pizarro a Perú, todas las grandes unidades políticas del mundo se situaron en el mismo tablero, integrando un mismo sistema, lo que significa que las acciones de una unidad política influían —directa o indirectamente— en las demás unidades políticas con una intensidad que dependía del grado de vulnerabilidad que cada una poseyera.

Fue en este momento histórico cuando surgieron, con la escuela teológica española —que analizaba la legalidad o ilegalidad de la conquista hispánica de América—, las semillas del Derecho Internacional y el germen de lo que hoy llamamos «derechos humanos». Uno de los representantes más reconocidos de esa escuela fue el padre Francisco de Vitoria, quien, en 1539, desde su cátedra de la Universidad de Salamanca, dio dos clases magistrales sobre la legalidad o ilegalidad de la conquista. Vitoria afirmó por primera vez el derecho sagrado a la vida y estableció el principio de que la soberanía de las unidades políticas quedaba limitada por ese derecho, idea de la que se desprende que ninguna unidad política, amparándose en el principio de soberanía, podía violar en su territorio el derecho natural, lo que, traducido en términos actuales, quiere decir que ningún Estado podía realizar un genocidio excusándose en el principio de soberanía. Sin comprender cabalmente las tesis de Vitoria, el 10 de noviembre de 1539 el emperador Carlos V ordenó el secuestro del texto base de las clases magistrales del padre Vitoria y de los apuntes tomados por sus alumnos.

Sin embargo, la Universidad de Salamanca se negó a doblegarse a la voluntad del emperador, quien, lejos de arremeter contra la institución, comenzó él mismo a cuestionarse la legalidad o ilegalidad de las conquistas que allende los mares realizaban sus súbditos.

Conviene recordar que era la primera y única vez en la historia que una unidad política se cuestionaba si tenía o no derecho a conquistar un territorio. Como afirma Gustavo Gutiérrez, uno de los padres fundadores de la teología de la liberación, «es importante, sin embargo, recordar que solo en España se tuvo el coraje de realizar un debate de envergadura sobre la legitimidad y justicia de la presencia europea en las Indias».

En aquella España premoderna, el poder no era la medida de todas las cosas. Tampoco lo era la riqueza. Para España, sería bueno no tanto lo que le diera poder o riqueza, sino lo que fuese justo. Ni antes ni después ninguna unidad política actuaría de esa manera. En ese sentido, España fue una excepción histórica.

Unos capítulos muy interesantes para el lector español son los dedicados algunos intelectuales y políticos americanos que lucharon contra la leyenda negra. Aunque pareciera que toda la élite americana ha estado infectada de hispanofobia son significativas algunas figuras que comprendieron que ese sentimiento era odio hacia sí mismos: el uruguayo José Enrique Rodó («Patria es, para los hispanoamericanos, la América española»), el mexicano José Vasconcelos («Nuestra patria superior es la América española»), el argentino Manuel Baldomero Ugarte («Nada de recriminaciones contra España. Los sudamericanos que reniegan de su origen son suicidas morales y parricidas a medias»), el uruguayo Alberto Methol Ferré («somos latinos, pero antes españoles»); también los políticos Juan Irigoyen, Juan Domingo Perón o Víctor Raúl Haya de la Torre se enfrentaron a la leyenda negra porque intuyeron, con acierto, la mano oculta de los ingleses.

El capítulo El nuevo destino para todos los españoles, según he entendido, sugiere que para los españoles (los peninsulares, se entiende) la unión a Europa nunca puede ser la solución de nada, sino más bien el generador del mayor problema, que no es otro que el existencial; la solución propuesta es, por tanto, el Hispanismo a través de alguna fórmula que pueda vertebrar la ecúmene cultural hispana. Pero el cultivo de la leyenda negra no tiene fin: las últimas manifestaciones del fenómeno estudiado que constituyen la guinda de este pastel indigesto son el auge de los separatismos peninsulares y de los múltiples indigenismos disgregadores que comienzan a infectar Hispanoamérica y que suponen un riesgo cierto de una mayor balcanización e irrelevancia de los fragmentos resultantes. Para finalizar, Gullo asegura que estamos en un momento crucial de la historia, un punto de inflexión donde el antiguo poder mundial (EEUU) se encuentra en franca decadencia y será sustituido pronto por China como potencia global. En ese breve intervalo de tiempo se abre una ventana de oportunidad para que otras entidades geopolíticas —como una Hispanidad unida de algún modo— puedan posicionarse y ser actores principales y no meros vasallos del país asiático.

En la introducción se pregunta el autor qué tienen que ver todas estas reflexiones históricas con la realidad diaria de todos nosotros; y la respuesta es que mucha e importante porque la aceptación permanente de la leyenda negra provoca un profundo complejo de inferioridad que impide el desarrollo de una sociedad vigorosa. Si además se añade la total subordinación cultural que se deriva de lo anterior, no puede extrañar el estado de postración fatalista y autodestructiva en la que vivimos en el mundo hispánico.

Terminamos la lectura de Madre Patria con cierta sensación agridulce, especialmente porque no se vislumbra una clara reacción del ensimismado mundo hispano para deshacerse de esta tremenda tara psicológica y afrontar el futuro con optimismo y unidad. En cualquier caso, este magnífico ensayo de Marcelo Gullo, de lectura absolutamente imprescindible y recomendable, marca un hito en la consolidación de una historiografía independiente y rigurosa sobre nuestro pasado común.

Puntuación: 5 (de 5)
Editorial Espasa (2021)
Colección: No Ficción
Prólogo: Alfonso Guerra
560 págs.

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La leyenda negra que condujo a la subordinación social y cultural de Hispanoamérica y de España durante siglos, y que las ha llevado a no reconocer su enorme y rico legado, ha sido la obra más genial del marketing político británico, estadounidense y, curiosamente, soviético. Esta monumental obra rebate, uno por uno, todos los clichés creados durante generaciones y demuestra que nada separa a España de América, ni a América de España, salvo la mentira y la falsificación de la historia, y lo hace desde diferentes perspectivas y valiéndose de múltiples referencias como la literatura o el cine. (Sinopsis de la editorial)

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Marcelo Gullo Omodeo es doctor en Ciencia Política por la Universidad del Salvador (Buenos Aires). Graduado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de Madrid, es profesor de la Escuela Superior de Guerra y de la Universidad Nacional de Lanús (Argentina). Es autor de varios libros, entre ellos, La insubordinación fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones (2008), que obtuvo el premio Oesterheld como mejor libro del año.

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