{Reseña} Adriano Erriguel: Pensar lo que más les duele (Homo Legens)

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Más allá de los escasos datos facilitados por la editorial difícilmente encontrará el lector información detallada sobre Adriano Erriguel, autor de este libro. Sabemos, no obstante, que sus textos suelen aparecer en revistas digitales y en blogs de carácter alternativo, tales como El Manifiesto y Posmodernia, entre otros. Este título que comentamos, Pensar lo que más les duele, es un amplio ensayo compuesto por textos que en su mayoría ya habían sido publicados en El Manifiesto durante los últimos tres años y que han sido totalmente revisados y actualizados por su autor, por lo que se presentan ahora en su forma definitiva. Naturalmente, la indiscutible calidad de estos escritos ha hecho posible su publicación en forma de libro en una editorial como Homo Legens, en la que comparte catálogo con autores como Chesterton, Roger Scruton o Fabrice Hadjadj, entre otros.

Todos advertimos a diario que las viejas categorías del pensamiento y la acción social y política (izquierda-derecha;  socialismo-liberalismo; marxismo-capitalismo) han quedado obsoletas desde hace décadas. Pues bien, Pensar lo que más les duele realiza un profundo recorrido por la ideología triunfante en la modernidad, que no es otra que el neoliberalismo global en simbiosis íntima con el izquierdismo posmoderno más delirante surgido tras el 68. Ésta es la tesis principal de este libro: que la izquierda actual ha asumido todos los postulados del capitalismo mundialista, esto es, ha aceptado que todas las relaciones humanas se encuentran sometidas a una mercantilización estrictamente economicista. A cambio, el capitalismo ha fagocitado de la izquierda lo que le resulta útil para la expansión y triunfo del capitalismo total («El (neo)liberalismo es económicamente de derechas  pero culturalmente de izquierdas»). Lo que impacta de la lectura de Pensar lo que más les duele es que no hay una sola opinión se Erriguel que no veamos confirmada por los hechos de la actualidad con poco que rasquemos la cáscara.

El libro comienza con dos extraordinarios y amplios estudios sobre las características y efectos del 68 y cómo a partir de ahí se ha ido conformado un mundo posmoderno (Progrelandia) en el que se ha verificado, gracias a una imparable ingeniería social (fomentada por tanto por la izquierda como por la derecha tecnócrata), una completa mutación antropológica. No voy a entrar en los detalles de las múltiples informaciones e interpretaciones de Erriguel; simplemente recordar que el 68 toma como punto de partida los postulados de la Escuela de Fráncfort (sustitución de los aspectos económicos del marxismo por los sociales y culturales) para abandonar toda aspiración de revolución de clase (cambio en el sistema, no del sistema) y abrazar un individualismo absoluto que sólo se verá satisfecho con el consumo hedonista y la multiplicación ad infinitum de los derechos individuales. Esto es, ni más ni menos, el neoliberalismo triunfante como forma hegemónica del capitalismo («el neoliberalismo el presupone el capitalismo, el capitalismo no está necesariamente unido al neoliberalismo»).

La traición de la izquierda a las clases trabajadoras ha supuesto su abrazo entusiasta a mil causas (ideología de género, feminismo radical, ecologismo, inmigración masiva, multiculturalidad, etc.) que tienen en común y como objetico principal atacar la dimensión propiamente comunitaria del ser humano para sustituirla por la antropología individualista propia del liberalismo («La izquierda posmoderna es libertaria. Pero el liberalismo también lo es»). Aquí entran en escena todas las filosofías hegemónicas de la French Theory divulgadas en los campus universitarios norteamericanos: deconstrucción, espacios seguros, apropiación cultural, estudios culturales, manipulación del lenguaje, discriminación positiva, discurso de odio, victimización, etc. Naturalmente, el resultado final no es otro es un acelerado proceso de descivilización de Occidente, el odio a toda tradición y toda organización social que impida la emancipación radical del sujeto (familia, patria, religión).

A pesar de sus juegos de artificio, de su verbo revolucionario y del uso de sus símbolos tradicionales, la izquierda y extrema izquierda occidental son hoy un mero apéndice, muchas veces utilizado como fuerza parapolicial, de los intereses económicos transnacionales. Basta reflexionar sobre ello en relación a todos los acontecimientos de los últimos años, desde las últimas elecciones en EEUU en que los grupos violentos Antifa hacían la campaña a Biden (es decir, al Sistema) hasta los sindicatos españoles apoyando cualquier causa menos la defensa de los sufridos trabajadores nacionales.

A pesar de todas las apariencias, vivimos en una civilización reciente. Por mucho que habitemos en países centenarios y seamos los herederos de una cultura milenaria, las costumbres, ideas y creencias que vertebran nuestra visión del mundo no remontan más allá de unas décadas. Entre un hombre de 2017 y otro de 1950 puede haber más distancia – en sus concepciones antropológicas básicas – que la que pudiera darse entre un hombre de 1950 y otro nacido en 1800. A lo largo del último medio siglo nuestra civilización ha sido remodelada a fondo, con una velocidad y con una intensidad sin precedentes a lo largo de toda la aventura humana.

En ese sentido, un historiador francés, Alain Besancon, ha podido afirmar que “mayo 1968” es, sin ninguna duda, el evento más importante acaecido tras la Revolución americana y la Revolución francesa. Pasado medio siglo desde entonces, ¿qué significado atribuir a aquellos acontecimientos?

Ante todo, el de ruptura de una larga cadena de transmisión cultural. “Matar al padre” es una metáfora freudiana que evoca un mandato generacional. Como el río de la vida, cada generación debe asumir sus propias tareas. El problema consiste en saber si, después de aquél célebre mes de mayo, queda todavía algún “padre” al que matar.

Mayo 1968 inauguró una época inédita: la transgresión como dogma y la rebeldía como nueva ortodoxia. Una “rebelocracia” – en palabras de Philippe Muray – que exalta sus propias contradicciones, las comercializa y las fagocita. Mercado global, domesticación festivista y educación para el consumo: los signos definitorios de nuestra época. En ese sentido mayo 1968 fue una revolución para acabar con todas las revoluciones.

¿Verdaderamente? Pasado ya medio siglo, la utopía sesentayochista adquiere para muchos los contornos de una burla insultante. La generación que quiso reinventar el mundo, reinventar la vida, exigir la felicidad y merecerlo todo, ha dejado como legado varias generaciones de juguetes rotos. Algo se torció en el experimento, y sin embargo aquella generación que cuestionó todas las certezas, que derribó todos los valores, proclama como incuestionables sus propios valores y sus propias certezas, exige pleitesía para ellas y las declara intocables y las sitúa como coronación suprema de la aventura humana.    

Pero la aventura humana continúa; y una vez puesto en marcha, el acelerador de mutaciones sociológicas es imparable. Como ocurría en 1968 los tiempos están cambiando. Un nuevo malestar en la civilización – volvemos a Freud – se extiende con una virulencia nunca vista. A medida que avanza el siglo XXI, desde el caos de identidades deconstruídas, desde el reguero de juguetes rotos, aumenta el número de aquellos que, solitarios, atomizados, desarraigados, no habiendo conocido otro mundo que el conformado a partir de mayo 1968, tienen una serie de cuentas que ajustar con la gloriosa efeméride.

Dedica el autor un capítulo a estudiar el fenómeno del nacimiento la “derecha alternativa” norteamericana (Alt-Right), surgida como respuesta a la agobiante e incontrolada dictadura de la corrección política y que tuvo como resultado la victoria inesperada de Trump en 2016 en contra de todo el sistema institucional, mediático y cultural de su país. También realiza un estudio original y amplio del Populismo, entendido como forma política de resistencia que podría realizar cambios profundos la sociedad posmoderna, especialmente el populismo de derecha que ve como único con capacidad factible de actuación y supervivencia. (Ya escribió Roger Scruton que «el populismo es una palabra utilizada por la izquierda para referirse al pueblo cuando este no la escucha»).

Erriguel se pregunta si es posible hablar en la sociedad posmoderna del concepto de lucha de clases, término desaparecido desde hace años del debate político. Para el autor, que sí considera que existe lucha de clases entre la élite transnacional globalista y unas clases trabajadoras y medias depauperadas. La atomización de la sociedad, su división en múltiples identidades de diseño ha tenido como objeto, entre otras cosas, acabar con la conciencia de clase e impedir cualquier cambio o alternativa en el actual sistema.

La obra finaliza con dos capítulos cortos dedicados a dos temas más concretos: en el primero de ellos se habla del escritor francés Philippe Muray (1945-2006), figura escasamente conocida en España pero autor de unas interesantes obras literarias que contienen una fuerte crítica contra la sociedad actual («Ningún mundo ha sido jamás tan detestable como el mundo presente»). Muray considera que ya vivimos en tiempos poshistóricos en los que reina un odio patológico a todo el devenir civilizatorio, a toda tradición, a la propia naturaleza humana, donde los castradores de todo lo que nos hace humanos pasan por libertadores («vivimos en una época inédita, aquella que ha visto consumarse una metamorfosis de lo humano»); por último, Erriguel dedica unas páginas a la Iglesia católica. Sostiene la aparente paradoja de que tras la “muerte de Dios” nietzscheana, la continuidad de la Iglesia se hace ahora más relevante y necesaria porque su propia existencia supone la refutación de la homogeneidad asfixiante de la poshistoria.

No hay que estar plenamente de acuerdo con todo lo expuesto por Adriano Erriguel para captar la potencia de estos ensayos metapolíticos —escritos, hay que decir, con una combativa prosa ensayística, vigorosa, rigurosa, de muy fácil lectura—, ensayos que tiene la virtud de descorrer las cortinas que ocultan la verdadera naturaleza de la sociedad contemporánea. «De lo que se trata ahora —escribe Erriguel— es de pensar lo que hasta ayer era impensable, de cabalgar el tigre de las nuevas realidades». En definitiva, de atreverse a pensar lo que más les duele.

Puntuación: 5 (de 5)
Homo Legens (2020)
Prólogo: Bertrand Martin
428 págs.

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Al calor del fracaso de las ideologías como explicación del mundo, se ha gestado en el Occidente contemporáneo una inextricable amalgama entre el neoliberalismo, la teoría de género, el posmarxismo, el transhumanismo, el feminismo y la teoría poscolonial, entre otras corrientes. En ella se han fundido izquierdas y derechas hasta el punto de ser indistinguibles unas de otras; en ella conviven el populismo y la derecha alternativa con la corrección política y la teoría queer.

Este batiburrillo conforma el espectro posmoderno, el mundo líquido del que hablaba Baumann. Un mundo caracterizado por la condensación de ideas aparentemente contradictorias y, en consecuencia, muy difícil de analizar. Es precisamente por esto por lo que se antoja necesario un ensayo como Pensar lo que más les duele, en el que Adriano Erriguel nos descubre tanto la naturaleza del Occidente contemporáneo como la génesis y las implicaciones de los apriorismos sobre los que éste se asienta. (Sinopsis de la editorial)

Adriano Erriguel nació en Ciudad de México hace más de cuatro décadas, en familia de ascendencia española. Estudió derecho y ciencias políticas. Abogado y consultor en ejercicio, ha residido y trabajado en diferentes países europeos. Desde hace años ejerce una labor de crítica literaria y de ensayo en el campo de la historia de las ideas, desde una perspectiva que él se empeña en llamar «metapolítica». Su área de atención preferente son las corrientes intelectuales marginales, alternativas y ajenas a los consensos ideológicos imperantes. Su ambición es ir trazando una cartografía intelectual de los focos de rebelión que, desde una perspectiva antimoderna o posmoderna, se enfrentan a la corrección política y al pensamiento único. Es autor de ¿Rusia o América? Metapolítica de dos mundos aparte (Ediciones Insólitas, 2017)

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