{Reseña} Stefan Zweig: El legado de Europa (Acantilado)

el-legado-de-europa

Acaba de aparecer en Acantilado la octava reimpresión de El legado de Europa. El título puede inducir a pensar que se trata de un ensayo unitario sobre la aportación de la civilización europea al acervo de la humanidad; sin embargo, es uno de los volúmenes de Stefan Zweig confeccionados ex novo por sus editores recopilando diversos escritos —artículos, reseñas, conferencias— que se encontraban inéditos o dispersos en revistas y diarios. Al igual que sucede con Encuentro con libros (Acantilado, 2020), estas piezas menores del escritor centroeuropeo muestran la misma pasión y cuidado en su escritura que sus ensayos y relatos canónicos, y eso lo nota enseguida el lector, que advierte el esmero que pone Zweig en cada uno de ellos.

El legado de Europa lo conforman veinticinco textos de variada extensión escritos entre 1911 y 1943. El más importante es, sin duda, Montaigne, su último trabajo escrito en su exilio de Petrópolis. A excepción de un estupendo artículo dedicado a Las mil y una noches y de las tres últimas y muy breves piezas de reflexión histórica (La tragedia de la falta de memoria; ¿Es justa la historia?; La Torre de Babel), el resto lo constituyen semblanzas biográficas de escritores y artistas por los que Zweig siente una especial afinidad. Como se sabe, Zweig fue un maestro del género biográfico, maestría que también muestra en estos concisos apuntes en los que sintetiza hábilmente sus vidas y realiza una perspicaz crítica de sus obras. En todos los personajes que comenta Zweig busca y expone lo que éstos tienen de positivo, de aprovechable y de admirable; huye de la crítica destructiva (que no va con su carácter ni sus ideales personales) y de la adhesión o censura global del personaje, que siempre juzga en su complejidad y en relación con las circunstancias históricas que le tocó vivir.

Muchos de los protagonistas de estos artículos son hoy, como entonces, totalmente desconocidos para el lector español: Jean Jaurès, Léon Bazalgette, Edmond Jaloux, Charles-Ferdinand Ramuz, Jens Peter Jacobsen, Peter Rosegger, Anton Kippenberg, Otto Weininger, Alessandro Moissi, o Walther Rathenau. Cabe preguntarse, entonces, si tiene sentido la lectura de estos textos; la respuesta es claramente afirmativa dado que Stefan Zweig consigue interesarnos por estas figuras tanto como si escribiera sobre Thomas Mann o Hermann Hesse, por ejemplo. Muchos de ellos, aparte de su valor estrictamente artístico, se caracterizaron por ser defensores de posiciones pacifistas y antinacionalistas —como el propio Zweig— en el conflictivo primer tercio del siglo XX.​ (Algunos pagaron con su vida la defensa de estas ideas, como Jaurès y Rathenau, asesinados en 1914 y 1922, respectivamente).

Los últimos años nos han dado ocasión abundante, y diría que hasta sobreabundante, para aprender el arte difícil y amargo de la despedida. A cuántas cosas y cuántas veces hemos tenido que decir adiós, nosotros los emigrados y expulsados: a la patria, a nuestro círculo de acción, a nuestras casas y propiedades y a toda la seguridad ganada durante años. Cuánto hemos perdido, y lo hemos perdido de continuo: amigos por muerte o por cobardía del corazón, pero sobre todo hemos perdido la confianza, confianza en la configuración pacífica y justa del mundo, confianza en la victoria final y definitiva del derecho sobre la violencia. Con demasiada frecuencia nos hemos decepcionado para que todavía podamos seguir esperando con pasión desbordada, y por instinto de conservación hemos intentado disciplinar nuestro cerebro para excluir, y excluir rápidamente, cualquier nueva destrucción y para considerar como definitivamente superado todo cuanto queda atrás. Pero en ocasiones nuestro corazón se resiste a esa disciplina del olvido radical y rápido. Siempre que perdemos a una persona, a una de las escasas personas que consideramos insustituibles e irreemplazables, sentimos afectados y a la vez dichosos hasta qué punto nuestro corazón maltratado todavía es capaz de sentir dolor y de sublevarnos contra un destino que nos arrebata antes de tiempo a nuestros seres queridos e insustituibles.

Uno de esos hombres insustituibles era nuestro querido Joseph Roth, inolvidable como persona y a quien por los siglos de los siglos ningún decreto podrá desterrar como poeta de los anales del arte alemán. Singularmente se mezclaban en él los elementos más diversos con fines creativos. Como ustedes saben, procedía de un pequeño lugar de la antigua frontera austro-rusa; origen que influyó de manera determinante en su formación espiritual. En Joseph Roth había un ruso —casi me atrevería a decir un hombre de la raza de los Karamazov—, un hombre de grandes pasiones, un hombre que en todo perseguía el máximo; un ardoroso sentimiento ruso le llenaba, una piedad profunda, aunque fatídicamente también el instinto ruso de autodestrucción. Y en Roth había además un segundo hombre: el hombre judío, de una inteligencia clara, extrañamente vigilante y crítica, un hombre de sabiduría recta y por lo mismo apacible, que espantaba en sí y a la vez miraba con amor secreto al hombre salvaje, al ruso, al demoníaco. Y hasta un tercer elemento alentaba en él debido a su origen: el hombre austríaco, noble y caballero en cada gesto, tan amable y encantador en la vida diaria como dotado y musical en su arte. Sólo esa mezcla singular e irrepetible me aclara la singularidad de su persona y de su obra.

Ya he dicho que procedía de una pequeña ciudad y de una comunidad judía en el límite extremo de Austria. Pero misteriosamente en nuestra peculiar Austria, los verdaderos partidarios y defensores de la misma nunca se encontraban en Viena, en la capital de lengua alemana, sino siempre y exclusivamente en la periferia del imperio, donde las gentes podían comparar a diario el dominio clemente y atenuado de los Habsburgo con el más represivo y menos humano de los países vecinos. En la pequeña ciudad de la que Joseph Roth era oriundo, los judíos miraban agradecidos a Viena. Allí vivía, inalcanzable como un dios sobre las nubes, el viejo, el viejísimo emperador Francisco José, y con un respeto reverencial alababan y amaban a aquel emperador lejano como una leyenda; veneraban y admiraban a los ángeles coloristas de aquel dios, los oficiales, los ulanos y dragones, que aportaban un reflejo de color luminoso a su mundo modesto, sofocante y pobre. El respeto reverencial al emperador y a su ejército se lo llevó Roth desde su patria oriental hasta Viena como el mito de su infancia. (de “Joseph Roth. Oración fúnebre”, París, 1939)

Más interesantes resultan los artículos y conferencias dedicados a los escritores Chateaubriand, Romain Rolland, Lafcadio Hearn, Tagore, E.T.A. Hoffmann, Arthur Schnitzler, Jakob Wassermann, Rainer Maria Rilke, Joseph Roth y al compositor y director de orquesta Gustav Mahler. En estos ensayos hace gala Zweig de su profundo conocimiento de la literatura europea, y más concretamente, de la literatura en lengua alemana, de la que realiza interpretaciones críticas de gran finura que incluso pueden servir de guía para el lector actual. Por ejemplo, en su artículo dedicado a Jakob Wassermann, comenta que la escasez de obras alemanas en las listas de standard works del arte narrativo se debe al carácter introspectivo que predomina en la mayoría de las novelas en lengua alemana. También, al hablar de Joseph Roth, escribe que La marcha de Radetzky («un libro de despedida, melancólico y profético, como son siempre los libros de los verdaderos poetas») es un libro capital de la literatura europea porque describe a la perfección el fin de un mundo, el mundo de la vieja y noble cultura austríaca.

Como señalé, Montaigne es el más importante y amplio trabajo de este volumen —de hecho, suele publicarse por separado—. La figura de Montaigne debió fascinar desde temprano a Zweig al ser el francés una de las personalidades más independientes y tolerantes de su tiempo, marcado por las guerras civiles y religiosas en Francia. Esta biografía sintética recorre los momentos capitales de la vida de Michael de Montaigne —el Señor de la Montaña, para nuestro Quevedo—, algunos de los cuales desconocía y me han sorprendido bastante. Uno de ellos, por ejemplo, es el hecho de que su padre, planificando la educación humanista de su hijo, lo enseñara a hablar y escribir en latín antes que en francés; también su retirada durante diez años (cuando tiene 38) a su famosa torre, habilitada como biblioteca y lugar de estudio («Mi biblioteca es mi reino, y aquí procuro reinar como soberano absoluto»). Muy interesantes los hábitos de Montaigne como lector —que Zweig comparte totalmente—: «Su relación con los libros es, como en todo, una relación de libertad. Tampoco aquí conoce ningún tipo de deber. Quiere leer y aprender, pero sólo aquello que le agrada, y justo cuando le produce placer (…) Si un libro le resulta pesado, lo cambia por otro». Tras estos diez años de aislamiento, el 22 de junio de 1580 Montaigne emprende un viaje a Italia de casi dos años, pasando por Suiza y Alemania, fruto del cual surgirá su Diario del viaje a Italia. («Montaigne viaja para hacerse libre, y durante todo el viaje da un ejemplo de libertad»). Cuando se encuentra feliz en tierras italianas es llamado y obligado a aceptar el cargo de alcalde de Burdeos y a intermediar después en las disputas civiles entre el rey Enrique III y Enrique de Navarra (futuro Enrique IV). Michael de Montaigne murió el 13 de septiembre de 1592 tras haber recibido la extremaunción. Su obra inmortal, Los ensayos (Les essais), la publica Montaigne en Burdeos en 1580 (libros I y II) y la revisa e incluye una tercera parte en la edición de París de 1588.

No hay página de Stefan Zweig, por muy circunstancial y modesta que parezca, que no provoque en el lector la sensación de encontrarse frente a un artista universal, ante uno de los grandes. El legado de Europa nos confirma en esta certeza.

Puntuación: 4 (de 5)
Acantilado (2021)
Colección: El Acantilado, 83
Traducción: Claudio Gancho | Epílogo: Richard Friedenthal
304 págs.

Ver y Comprar este libro en Amazon: https://amzn.to/36ee8hS

csm_stefan_zweig_zentrum-26_befe8bf968

Richard Friedenthal, editor y gran amigo de Stefan Zweig, reunió, en El legado de Europa, aquellos ensayos en que el escritor austríaco rinde homenaje a los artistas que supieron expresar la esencia de la conciencia común europea. Tras la fragmentación de esa patria compartida que fue Europa, Zweig la reconstruyó en el único mundo que le era posible, el del espíritu. En esta reconstrucción le ayudaron aquellos autores que fueron sus compañeros de viaje: Montaigne, Chateaubriand, Wassermann, Rilke, Roth… Artistas y amigos que, a modo de herencia, nos lega para inmortalizarlos en el tiempo, para que permanezcan imperecederamente en nuestra conciencia. (Sinopsis de la editorial)

soluciones-stefan-zweig-FLIP

Stefan Zweig (Viena, 1881 – Petrópolis, Brasil, 1942) fue un escritor enormemente popular, tanto en su faceta de ensayista y biógrafo como en la de novelista. Su capacidad narrativa, la pericia y la delicadeza en la descripción de los sentimientos y la elegancia de su estilo lo convierten en un narrador fascinante, capaz de seducirnos desde las primeras líneas. En Acantilado se ha publicado la mayor parte de su obra narrativa y ensayística.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s