{Reseña} Natsume Sōseki: Misceláneas primaverales (Satori)

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A pesar de su inmenso prestigio no ha sido Natsume Sōseki uno de los escritores japoneses que más me han interesado, quizá al asociarlo casi exclusivamente a la novela realista y psicológica. (En la literatura nipona prefiero a los escritores más dados a la fantasía: Izumi Kyoka, Ryunosuke Akutagawa, Kenji Miyazawa, Kobo Abe, etc.). Sin embargo, Misceláneas primaverales presenta una vena fragmentaria y onírica muy atractiva que puede satisfacer tanto al lector habitual de Soseki como, en mi caso, al aficionado a la literatura más imaginativa. Misceláneas primaverales, que ya fue publicado por Satori Ediciones en 2013, acaba de aparecer en una nueva edición (con nueva cubierta) en la magnífica traducción de Akira Sugiyama, profesor de Literaturas Hispánicas de la Universidad Seisen de Tokio.

Este libro que comentamos está compuesto en realidad de dos obras casi coetáneas: Los sueños de diez noches (“Yume jū-ya”) y de Misceláneas primaverales (“Omoidasu Koto nado”). La primera de ellas incluye diez piezas breves que vieron la luz en el periódico Asahi shinbun —donde Sōseki dirigía la sección literaria— entre el 25 de julio y el 5 de agosto de 1908; la segunda colección consta de veinticinco textos publicados en el mismo periódico entre el 14 de enero y el 14 de marzo de 1909. Finalmente, se publicaron conjuntamente en forma de libro en 1910. Es un título en que que se advierte un cambio estilístico del autor, desde la escritura humorística de sus primeras obras hacia una literatura fuertemente introspectiva, en unos años decisivos en los que se verifica una tendencia de Sōseki a «describir el miedo, la soledad, la tristeza y el sentimiento de pérdida».

Al salir de aquella casa me encontré en una calle que seguía recto hasta donde alcanzaba la vista. Di unos pasos hasta el centro de la calle y miré a mi alrededor; me di cuenta de que todas las casas eran de cuatro pisos y estaban pintadas del mismo color. Eran de tal manera idénticas que si uno iba a la esquina y volvía, seguramente ya no podría dar con la casa de donde había salido. Era verdaderamente un barrio algo extraño.

La noche anterior me había ido a la cama escuchando el ruido de los trenes. A eso de las diez sentí el paso de unos caballos y campanillas, lo cual me hizo galopar en la oscuridad de mi sueño. Centenares de lucecitas multicolores empezaron a ir y venir sobre mis párpados. Aquello era lo único que había podido ver la noche anterior. Ahora, en la calle, mis ojos volvían a registrar las cosas de este mundo.

Me detuve un par de veces para observar la fachada de las casas. Luego doblé a la izquierda y seguí caminando unos bloques más, hasta llegar a una encrucijada. Traté de no olvidar el trayecto. Giré luego a la derecha, y esta vez salí a una avenida donde transitaban animadamente coches de caballos con sus pasajeros a bordo. Eran carruajes rojos, amarillos, verdes, marrones, azules que llegaban y pasaban de largo. Al fondo de la avenida, aquella caravana de colores parecía avanzar todavía mucho más allá. Miré a mi espalda y vi otra nube multicolor que se acercaba. Me quedé allí parado preguntándome adonde querría ir tanta gente en aquellos coches. En eso estaba cuando un hombre alto se me vino casi encima al chocar con uno de mis hombros. Traté de esquivarlo, pero a la derecha tenía a otro hombre; y a la izquierda, a otro más. El hombre alto que me había empujado parecía haber sido empujado también por alguien de más atrás. Todos permanecían callados, pero seguían avanzando sin aflojar el paso.

Sentí por primera vez que me estaba ahogando en un mar de gente y no lograba imaginar qué proporciones tenía aquel mar. Pero me di cuenta de que, aunque vasto, era un mar tranquilo. Lo que me inquietaba era no encontrar cómo salir de él. Miraba a la derecha y veía el paso bloqueado. A la izquierda ocurría lo mismo. Miraba hacia atrás y solo veía una muchedumbre. No había más remedio entonces que seguir hacia delante. Miles de personas acompasando los pasos. («Impresiones»)

En Los sueños de diez noches Sōseki se adentra en su propia mente, en sus recuerdos y su inconsciente —recordemos que La interpretación de los sueños, de Freud es de 1900 y sus ideas flotaban en el ambiente de la época—. Aunque de temas variados, la muerte aparece en casi todos estos sueños, especialmente en el tercero, con un final terrorífico propio del mejor Poe. En este sueño el protagonista carga a su espalda con su hijo ciego que lo va guiando a través de un bosque hasta el lugar donde su padre lo asesinó cien años antes. Casi todos los sueños son memorables e inquietantes, hecho que se acentúa por por el estilo lacónico y simbólico en el que están escritos. «Como sueños —escribe José Pazó—, son realmente oníricos, ya fueran reales o no; como literatura, son surrealistas, a pesar de ser bastantes años anteriores al comienzo del club bretoniano. Y son tristes, melancólicos, terribles a veces, interesantes siempre».

Misceláneas primaverales (literalmente, «Opúsculos nacidos del ocio de los largos días de primavera») tiene, junto a un componente autobiográfico evidente, bastante en común los Los sueños de diez noches, incluyendo el fuerte elemento onírico de muchos de ellos. Siete textos están ambientados en Inglaterra, país en el que residió Soseki durante dos años. Aquí se muestra el autor japonés como un observador preciso de las costumbres británicas, aunque siempre melancólico. Dentro de este grupo, El profesor Craig es el más extenso e interesante. Con todo, a mí los que más me han gustado son los más relacionados con los sueños. Destaco entre ellos los claramente oníricos El incendio, El corazón y Un cálido sueño, o el casi kafkiano Impresiones, sobre un hombre que al salir de su casa se ve arrastrado por una multitud anónima a lugares desconocidos .

En fin, pese a su brevedad y aparente modestia, Misceláneas primaverales es un libro fascinante y de lectura muy recomendable. Por último, no puedo terminar sin ponderar una vez más la calidad estética y material de la colección Maestros de la literatura japonesa de Satori, sin duda, una de las colecciones más bellas e interesantes dentro del panorama editorial español.

Puntuación: 4 (de 5)
Satori Ediciones (2021)
Traducción: Akira Sugiyama | Prólogo: José Pazó
Colección: Maestros de la literatura japonesa, 12
162 págs.

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«Misceláneas primaverales» es una recopilación de 25 relatos breves con gran contenido autobiográfico (7 de ellos nos trasladan a la Inglaterra de comienzos del siglo XX, donde Soseki vivió 3 años), de carácter introspectivo y altamente sensibles que forman un caleidoscopio de la personalidad de su autor. De escritura asombrosamente moderna, fragmentada y subjetiva, Misceláneas son los reflejos de un interior que se busca a sí mismo.

En «Los sueños de diez noches» Soseki se zambulle de forma literaria en su propia mente, en sus recuerdos y su inconsciente. Se abandona a los sueños, en los que la muerte aflora inevitablemente y se embarca en un viaje onírico expresado con un estilo lacónico y simbólico, permitiendo al privilegiado lector asomarse a las simas más profundas de su psique. (Sinopsis de la editorial)

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Nacido en Tokio en 1867, Natsume Sōseki vivió una adolescencia marcada por la desgracia y se volcó en los estudios hasta alcanzar una brillante formación intelectual. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas por la Universidad de Tokio, donde comenzó a ejercer la docencia. Su consagración literaria llegó en 1905 con su primera novela, «Soy un gato» y «Botchan», en 1906, gracias a cuyo éxito abandonó la docencia y se centró en su carera de escritor y articulista. Alcanzó su cumbre literaria con «El caminante» (1912), «Kokoro» (1914) y «Las hierbas del camino» (1915) obras de madurez que destacan por la honda caracterización psicológica de los personajes (novela psicológica) y el lúcido análisis de la sociedad nipona.

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