{Reseña} Julio Camba: Ni Fuh ni Fah (Pepitas de Calabaza)

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Con Ni Fuh ni Fah prácticamente están disponibles en ediciones modernas todos los títulos de Julio Camba publicados en vida por el autor gallego. Antepenúltimo de sus títulos y uno de los más desconocidos, Ni Fuh ni Fah ha sido publicado por la editorial riojana Pepitas de Calabaza, editorial que tiene en catálogo otras dos interesantes obras de Camba: Mis páginas mejores (1956), antología de artículos realizada por el propio autor, y ¡Oh, justo, sutil y poderoso veneno!, una selección olvidada de sus juveniles escritos anarquistas. Bienvenida sea, por tanto, esta resurrección editorial, un hecho asombroso teniendo en cuenta de la tradicional olvido y desprecio con que se trata a la mayoría de los artistas españoles tras su muerte (naturalmente, mucho más si no pertenecen a los ideológicamente correctos).

A excepción hecha de sus novelas cortas El destierro (1907) y El matrimonio de Restrepo (1924), todos los libros publicados por Julio Camba son recopilaciones de artículos —usualmente sin añadidos ni correcciones— que previamente habían visto la luz en la prensa española e hispanoamericana. También en los últimos años algunos editores han recuperado muchos de los textos que aún permanecían inéditos escondidos en las hemerotecas para armar nuevos libros del genial gallego. Muchos de los artículos que aparecen en Ni Fuh ni Fah pasaron del periódico ABC al libro y regresaron después al mismo periódico a doble página y suntuosamente acompañados por unas estupendas ilustraciones de Lorenzo Goñi. Como escribe Pablo Martínez en el prólogo: «Bastaba con que hubiese pasado el tiempo suficiente para que se le hubiera muerto media generación de lectores. Y con que el artículo, diez o quince años después, siguiese siendo claro, insólito, exacto y brillante. A Camba le funcionaba».

Una de las pocas cosas que siempre hemos tenido por ciertas acerca de la China resulta ahora ser una mentira como una casa. Me refiero a esa especie de que los chinos, mientras gozan de buena salud, les pasan una pensión a sus médicos, retirándosela tan pronto como son víctimas de alguna enfermedad y no volviendo a pagársela hasta que se encuentran perfectamente restablecidos. Viajeros dignos de todo crédito aseguran que la sabiduría china no ha llegado aún a elaborar ese sistema que, evidentemente, sería la suma perfección, y, al parecer, en la China ocurre lo mismo que aquí; esto es, que el interés de los médicos no consiste en tener a la gente sana, sino, al contrario, en procurar por todos los medios que caiga enferma.                                      Pero lo que no es cierto de los médicos sí lo es de los astrónomos, o, por lo menos, lo era en la antigua China, donde estos respetados caballeros solían responder con sus cabezas de todos los tifones, terremotos, lluvias torrenciales, huracanes y tornados que no habían sido capaces de evitar. Así, un día, mil o mil quinientos años antes de la era cristiana, los chinos empezaron a ver cómo el sol iba siendo devorado en el firmamento por un dragón espantoso, y, poseídos del mayor pavor, se echaron a buscar por todas partes a los sabios Fuh y Fah, que eran los astrónomos más ilustres de la corte. El dragón ya le había dado al sol un gran mordisco en la cabeza, y amenazaba con tragárselo todo entero cuando aún no se había encontrado rastro alguno de Fuh ni de Fah.
—¿Dónde estarán esos hombres?—se decía el pueblo, aterrorizado—. ¿Por qué no vienen de una vez a matar al dragón? Y echando mano de todos los tambores que había en Pekín, empezaron a batirlos desesperadamente, a ver si el monstruo se asustaba con el ruido.
¡Plan! ¡Plan! ¡Racataplán!…
Al redoble de los tambores se unía el vocerío ensordecedor de la multitud, y, poco a poco, pudo verse cómo el dragón iba, aunque de muy mala gana, soltando su presa. Por fin, y gracias a los esfuerzos concertados de todo el pueblo, el dragón abandonó la lucha y huyó, sin que hasta la fecha haya logrado averiguarse adónde; pero ¿qué era de Fuh y de Fah?
No se dio con ellos hasta algunas horas más tarde, cuando un grupo de chinos que entró en una taberna a celebrar la victoria del sol los encontró borrachos perdidos debajo de una mesa. Sí, señores. Los dos ilustres, honorables y venerables ancianos, gloria de la ciencia, asombro de la Humanidad y orgullo del celeste Imperio, estaban borrachos perdidos. Se habían puesto a beber desde por la mañana, y cuando el dragón, que los acechaba, vio que ya no podían tenerse en pie, fue cuando decidió lanzarse sobre el sol.
Huelga añadir que tanto Fuh como Fah fueron decapitados inmediatamente, con todos los honores debidos a su alta jerarquía. Luego se nombró a otros dos astrónomos de corte, y mientras no hubo inundaciones ni terremotos, eclipses de sol ni tempestades de arena, los hombres se dieron la mejor vida del mundo.

Tras la lectura de este libro me extraña que este título no se encuentre entre los más cebrados del autor de Villagarcía de Arosa, dada la gran inteligencia y humor que caracterizan estos 72 artículos de temática tan variada como insólita. El título proviene del primer texto, en el que Camba convierte la expresión coloquial ni fu ni fa en el nombre de dos improbables sabios chinos, Fuh y Fah. El juego verbal, la paradoja dialéctica, la analogía grotesca y el sarcasmo gallego forman parte del arsenal de Camba como articulista y humorista; también la aplicación de la razón desnuda sobre la realidad conduce usualmente en Camba al más puro disparate —se podría decir, cambiando una palabra en la expresión de Goya, que «El juego de la razón produce monstruos»—. A veces, el punto de partida para el artículo es la lectura de una información en un periódico nacional o extranjero susceptible del comentario de Camba; otras, los recuerdos de sus muchos viajes (especialmente a Inglaterra y Francia); varios son meras divagaciones realizadas, por ejemplo, a partir de la definición de determinados vocablos (Matachines y matachones, La USA y los usanos). Otros textos son de carácter eminentemente narrativo (Un pueblo inglés, Frau Schultze). Los más interesantes, para mi gusto, son los puros juegos intelectuales, por ejemplo, la pieza titulada Emoción Pura, donde se describe a un jugador teórico del Casino de Estoril, es decir, que juega en serio pero in mente, sin apostar dinero real. En fin, un festín que nos lleva del inventor del paraguas (Mr. John Hanaway) a la tentativa del emperador austríaco Francisco José de afeitarse sus legendarias patillas; de los gatos callejeros de Lisboa a los caballos inteligentes de Elberfeld; o de la triste vida de Casanova en el neblinoso Londres hasta la imparable decadencia de los duelos de honor en París. De modo que finalizo recomendando Ni Fuh ni Fah, un ameno volumen con el que contrarrestar con una sonrisa continua estos tiempos tan foscos.

Puntuación: 5 (de 5)
Pepitas de Calabaza (2020)
Prólogo: Pablo Martínez Zarracina
196 págs.

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Ni Fuh ni Fah es el penúltimo libro que Julio Camba publicó en vida y una de sus obras más desconocidas. En sus páginas, el gran maestro del artículo nos regala divertidísimas anécdotas de su deambular por tierras extranjeras, fruto de esa manía suya de observar el ancho mundo, trufadas con lúcidas reflexiones que dejarían sin habla al más elocuente de los filósofos y que constituyen la prueba fehaciente de lo que él mismo solía predicar: «Los hombres no son ni buenos ni malos: son absurdos».

Esta obra, que nunca se ha reeditado desde que se publicara por vez primera en 1957, nos muestra a un periodista maduro, preciso y asombroso, un prodigio de serenidad y buen humor, de escepticismo y alegría de vivir, y supone todo un descubrimiento para los amantes de la prosa del gallego, además de una maravillosa —y sólida— puerta de entrada a la obra de quien fuera, en palabras de Ortega y Gasset: «el logos, la más pura y elegante inteligencia de España». (Sinopsis de la editorial)

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Julio Camba (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 1884 – Madrid, 1962) es hoy uno de los grandes escritores del siglo XX, aunque apenas publicó novelas y la mayor parte de su obra fue inspirada y alimentada por el periodismo. Culto y al mismo tiempo asequible para todo tipo de lectores, elegante y dueño de un sentido del humor radicalmente inteligente, se ganó a los principales escritores de su época, desde Azorín, que lo ensalzó en un artículo de ABC, hasta Pío Baroja. Amigo del anarquista Mateo Morral, con quien compartió más ideas que bombas, Camba colaboró con los principales medios de comunicación españoles, de los que fue corresponsal en Constantinopla, París, Londres, Berlín y Nueva York. Desde algunas de estas capitales cubrió la Primera Guerra Mundial y el crack de 1929 que hundió la economía norteamericana. Entre sus libros destacan Playas, ciudades y montañas (1916), Londres (1916), Un año en el otro mundo (1917), La rana viajera (1920), Aventuras de una peseta (1923), El matrimonio de Restrepo (1924), Sobre casi todo y Sobre casi nada (ambos de 1928), La casa de Lúculo (1929), La ciudad automática (1933) y Haciendo de República (1934). En 1951 obtuvo el premio Mariano de Cavia y durante años se le consideró el periodista mejor pagado de España. En 1949 se instaló en la habitación 383 del Hotel Palace de Madrid, en donde residió durante los últimos doce años de su vida.

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