{Reseña} José María Carabante: La suerte de la cultura (La Huerta Grande)

81fJJWLm60S

«Como la aguja de Notre Dame, devorada por las llamas una tarde de abril de 2019, también la cultura parece consumirse ante la mirada atónica e incluso indiferente del hombre». Con esta analogía tan impactante comienza del profesor de Filosofía del Derecho y crítico José María Carabante este trabajo que intenta dilucidar cuál es el estado actual de la cultura en Occidente, o por lo menos, advertir del declive que se está produciendo de un cierto concepto de cultura que hasta ahora se consideraba como eje vertebral del devenir humano.

La suerte de la cultura, un brevísimo ensayo que se lee de un tirón y que podría ser perfectamente el contenido de una conferencia, ha sido publicado con esmero por La Huerta Grande y constituye, pienso, una notable aportación actual a la reflexión sobre ese tema tan complejo, poliédrico y controvertido como es el de la cultura. Como se sabe, cultura es una palabra polisémica que ofrece infinidad de interpretaciones: el Diccionario de la Real academia lo define como «Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico», y también como «Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.». Lo importante para nuestro tema es recalcar que la cultura constituye un recurso imprescindible —quizás el principal— para que el ser humano pueda satisfacer, lo quiera o no, sus enormes necesidades simbólicas. Por tanto, no hay manera de cancelar nuestra naturaleza espiritual ni de evitar el poder de transformación que la cultura posee («allí donde se encuentre, el hombre creará una atmósfera cultural»). El camino para la reconstrucción de la cultura lo ha propuesto Nietzsche (para sorpresa de muchos) con acierto: «Se ha de aprender a mirar, se ha de aprender a pensar, y se ha de aprender a hablar y a escribir».

Son muchos los pensadores que han denunciado desde hace mucho tiempo que la crisis de la cultura es consecuencia de la crisis del hombre, cuya abolición se pregona desde los inicios de de la modernidad y que se está verificando en la posmodernidad. Sólo recuperando la humanidad perdida, es decir, retomando el acervo espiritual de todo ser humano, la cultura volverá a tener el papel central que siempre ha tenido en la indagación sobre nuestra naturaleza humana.

Ciencias y letras forman parte de la cultura, es decir, del conjunto de conocimientos y prácticas que caracterizan la vida del hombre. Tradicionalmente, sus enseñanzas se han impartido bajo el nombre de “saberes liberales”, aunque hoy, sintomáticamente, la expresión designa casi siempre la docencia de las humanidades, suponiendo que los planes de estudios universitarios se encargan de dispensar el conocimiento especializado que requerirán los estudiantes en el futuro. Nada más alejado de la realidad, puesto que los alumnos, tanto en facultades desvencijadas como en imponentes centros de estudios saturados de cristaleras y cables, aprenden a lo sumo los rudimentos técnicos de una profesión.

Tal vez por este motivo, justo cuando nos intima por doquier el requerimiento de la utilidad, sea conveniente recordar el origen de las artes liberales. Si en su momento se consideraba que estas disciplinas, entre ellas alguna tan exótica para nosotros como la teología, “liberaban” era porque hacían posible el ejercicio de lo propio del individuo —el ejercicio de la razón, del espíritu —, frente a las llamadas artes serviles, que procuraban la satisfacción de las necesidades. «Únicamente se llaman libres  explicaba Tomás de Aquino en su Comentario a la Metafísica de Aristóteles—  aquellas artes que están ordenadas al saber; aquellas, en cambio, que están ordenadas al logro de un bien útil, se llaman ‘serviles’». Liberal era, ante todo, lo que no poseía aplicación inmediata: lo que no servía, literalmente, para nada, porque no era medio para otros logros. No había diferencia entre ciencias y letras, sino entre ambas y la técnica. En esa cualidad, en el hecho de que el conocimiento de estas materias era un fin en sí, estribaba el valor que tenían para la emancipación del hombre. Fue esto precisamente lo que no acertó a adivinar la muchacha tracia que se burló de Tales: que su risa constituía la cadena más hiriente porque es la que uno consiente en ceñirse cuando decide abajar su mirada, mientras que Tales era libre ya que, aun magullado en las profundidades del pozo, podía seguir contemplando las estrellas.

A partir de esa concepción de los saberes liberales, podemos definir la cultura, tan próxima a ellos, como el cultivo de lo humano. Forma parte de ella toda experiencia que posibilite el desarrollo de nuestra humanidad, así como de lo más pro-pio que poseemos: la libertad. Desde hace más de un siglo, no han dejado de existir soñadores que defienden la inclusión de programas de artes liberales en los planes de estudios con el fin de garantizar la formación integral de los alumnos. Que se haya señalado que de esa parte del currículum académico depende la educación del gentleman debería decirnos mucho de su envergadura y no porque se trate de una enseñanza reservada a un estrato social o constituya la punta de lanza de exclusiones vergonzosas, sino porque son disciplinas que contagian un elitismo cultural poco proclive a las diferencias sociales. De lo que se trata es de insistir en que no es suficiente con que el hombre acumule conocimientos especializados: hay que despertar en él la sensibilidad liberadora de la cultura.

Para José María Carabante son tres los grandes peligros (aflicciones las llama el autor) a los que la cultura se enfrenta en el mundo contemporáneo: el primero, la fiebre del yo («La cultura debería ser lo que ampliara la extensión de nuestra humanidad, nunca lo que la restringiera»); el segundo, la mentalidad relativista («Cada ciudadano, un haz de sentimientos a flor de piel, es un potencial e incontestable crítico de arte»); y, en último lugar, la mercantilización de la cultura («Si reputamos como verdad sólo lo que reputamos útil, nos alejamos inexorablemente de la sabiduría»). Pese a todo, Carabante considera que no son obstáculos insuperables y que, en la medida que seamos conscientes del peligro que entrañan, todavía podría conservarse una cultura vigorosa y fértil.

Obviamente, dada su brevedad y su carácter divulgativo, La suerte de la cultura es «más una reflexión impresionista que un diagnóstico definitivo y concluyente sobre nuestro presente cultural». Tiene, pese a ello, la gran virtud de invitarnos a participar junto con el autor en el debate sobre la cultura, a plantearnos qué supone para nosotros y cómo enriquecernos mediante el cultivo de esas tres metas que han sido el tradicional combustible de toda creación cultural: la búsqueda de la verdad, la belleza y el bien.

Hay dos tendencias mayoritarias en el diagnóstico sobre el futuro de la cultura: una derrotista y casi apocalíptica, quizá la mayoritaria actualmente; la segunda, de cierto optimismo con reservas, que es, creo, la que comparte Carabante en este libro. Así lo ha expresado en un comentario posterior sobre La suerte de la cultura: «La obra es una apología […] A fin de cuentas, mi intención era transmitir amor por la cultura, aquello que, precisamente, ensancha nuestro espíritu, lo que nos moldea y humaniza, mostrando, en definitiva, que la suerte de la cultura es, lo queramos o no, nuestra propia suerte».

Puntuación: 4 (de 5)
La Huerta Grande (2021)
Colección: Ensayo, 28
90 págs.

Ver y Comprar este libro en Amazon: https://amzn.to/2ZnLuuk

la-amistad-dantesca-1048x542

Si algún sentido tiene la palabra “cultura” es el que se encuentra relacionado con el cultivo de lo humano. Por eso, lo que trata de mostrar este libro es que la suerte del hombre es también la suerte o el destino de la cultura.

El autor de sus páginas, reflexiona sobre la cultura y nos aporta ideas para su reconstrucción a través de tres fuentes clásicas: la verdad, el bien y la belleza. Se trataría, según él, de recuperar una noción amplia de cultura que anhela y busca el punto de encuentro entre las ciencias y las  humanidades, entre la alta y la baja cultura. (Sinopsis de la editorial)

cara

José María Carabante es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Complutense de Madrid y colaborador en varios medios culturales. Dirige, además, la sección de crítica de libros de ensayo en la Agencia de Prensa Aceprensa. Ha escrito diversas obras sobre pensamiento filosófico contemporáneo, entre las que destaca Entre la esfera pública y la política discursiva y Mayo del 68. Claves filosóficas de una revuelta posmoderna.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s