{Reseña} Carl Sagan: La diversidad de la Ciencia (Península)

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Se cumple este año el vigesimoquinto aniversario de la muerte de Carl Sagan, seguramente el más importante divulgador científico del siglo XX, el más mediático, el más influyente y el más conocido fuera de su país. Sin duda a ello contribuyó decisivamente que la serie televisiva Cosmos. Un viaje personal, emitida por primera vez en 1980 y que dio origen al célebre libro del mismo título, sea la serie documental científica más famosa y de mayor impacto en la historia de la televisión. Todavía hoy puede leerse Cosmos y verse la serie original con igual fascinación y aprovechamiento.

Aparte del citado Cosmos, Carl Sagan escribió bastantes títulos de éxito que conservan gran interés, entre ellos La conexión cósmica (1973), El cerebro de Broca (1979), Un punto azul pálido: una visión del futuro humano en el espacio (1994), El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad (1995) y Miles de millones: pensamientos de vida y muerte en la antesala del milenio (1997). La diversidad de la Ciencia (The Varieties of Scientific Experience: A Personal View of the Search for God, Democritus Properties, 2006) es una obra póstuma editada por su viuda Ann Druyan a partir las transcripiones de las intervenciones de Sagan en las Conferencias Gifford (The Gifford Lectures) celebradas en la Universidad de Glasgow en 1985. Aparece ahora en una nueva edición, en esta ocasión a cargo de Ediciones Península dentro de su selecta colección Imprescindibles.

Las Conferencias Gifford deben su origen al legado de Lord Adam Gifford a las universidades escocesas de Edimburgo, Glasgow, Aberdeen y St. Andrews con el objetivo de «promover y difundir el estudio de la Teología Natural en el sentido amplio del término; en otras palabras, el conocimiento de Dios». La primera de estas conferencias tuvo lugar en 1888 y entre los ponentes se encontraron personalidades tan famosas como Hannah Arendt, Niels Bohr, Werner Heisenberg, William James, Iris Murdoch y el propio Carl Sagan.

Yo diría que la superstición no se caracteriza por su pretensión de ser un corpus de conocimiento sino por su método de búsqueda de la verdad. Y la superstición consiste en algo muy simple: se trata de creer sin pruebas. Intentaré abordar la cuestión de qué constituye una prueba en esta interesante materia, y volveré más adelante a la cuestión de la naturaleza de la prueba y de la necesidad del pensamiento escéptico en las investigaciones teológicas.

La palabra religión proviene del latín «religatio», reunir, juntar lo que ha sido separado. Es un concepto muy interesante y, en lo que respecta a buscar el vínculo más profundo entre cosas que superficialmente parecen estar separadas, creo que los objetivos de la religión y la ciencia son idénticos o casi. Pero la cuestión tiene que ver con la fiabilidad de las verdades proclamadas por ambos campos y los respectivos métodos de aproximación a las mismas.

Una de las mejores formas que conozco de experimentar el sentimiento religioso, la sensación de sobrecogimiento, es, con mucho, mirar hacia arriba en una noche clara. Creo que es muy difícil saber quiénes somos hasta que entendemos dónde estamos y cuándo. Creo que todo el mundo, en cualquier cultura, ha sentido sobrecogimiento y estupor al mirar al cielo, y eso se refleja tanto en la ciencia como en la religión. Thomas Carlyle dijo que maravillarse es la base de la adoración. Y Albert Einstein aseveró: «Creo que el sentimiento religioso cósmico es el estímulo más fuerte y más noble para la investigación científica.» Así pues, si Carlyle y Einstein pudieron estar de acuerdo en algo, hay una modesta posibilidad de que pueda ser cierto.

Es sabido que Sagan no fue una persona de inquietudes religiosas —murió como agnóstico— y que sus conocimientos en esta materia son escasos (más todavía si nos referimos a Teología cristiana). Debido a esto, las aproximaciones del astrofísico al fenómeno religioso pueden resultar a veces excesivamente superficiales, especialmente porque no distingue entre las diferentes religiones y porque algunas de las descripciones que hace de las creencias religiosas se rebajan a meras caricaturas.

Los nueve capítulos de La diversidad de la Ciencia recorren un terreno intelectual amplio y diverso, desde el tamaño del Cosmos, la naturaleza de la ciencia, la inteligencia extraterrestre, los ovnis, las pruebas de la existencia de Dios, el ambientalismo y la amenaza de una guerra nuclear. Los explicativos títulos de las nueve conferencias son los siguientes: Naturaleza y maravilla: un reconocimiento del cielo, La resistencia a las tesis de Copérnico, El universo orgánico, Inteligencia extraterrestre, Folclore extraterrestre: implicaciones para la evolución de la religión, La hipótesis de Dios, La experiencia religiosa, Crímenes contra la Creación, y La búsqueda.

Sagan comienza afirmando que a partir de Copérnico la ciencia ha demostrado constantemente la insignificancia de la Tierra en la vastedad del universo. En su opinión, la adopción por algunos cosmólogos del principio antrópico —el argumento de que el universo parece estar diseñado para sustentar vida inteligente— es un retroceso desde el punto de vista de la neutralidad científica. Sagan amplía esta línea de argumentación al examinar varias ideas comunes a su trabajo: evidencia científica de los orígenes químicos de la vida en la Tierra, la probabilidad de múltiples mundos habitados y la cuestión del posible contacto con extraterrestres (del que se muestra totalmente escéptico). La insistencia de Sagan en la evidencia y la razón humana lo lleva a definir la Teología natural, el tema al que se dedican las conferencias, como «conocimiento teológico que puede establecerse mediante la razón, la experiencia y la experimentación». Señala que las definiciones de Dios propuestas por Spinoza y Einstein corresponden en términos generales a «la suma total de las leyes físicas del universo». Por el contrario, Carl Sagan sostiene que las pruebas de la existencia de Dios propuestas no ofrecen evidencia verificable de su concepción común como un ser sobrenatural que interviene en los asuntos de la vida humana. Concluye examinando la importancia de una cosmovisión científicamente informada en un mundo que cambia rápidamente y sostiene que en el mundo contemporáneo la sabiduría no radica en una tradición indiscutida, sino en la investigación vigorosa, escéptica y creativa.

En cuanto a mi valoración final, considero que La diversidad de la Ciencia no alcanza la profundidad ni la agudeza de otras obras de Sagan —Cosmos y su continuación, Un punto azul pálido, son mis favoritas— pero es una lectura sugerente, recomendable y, por su tema controvertido, siempre actual. Sin olvidar tampoco el aspecto nostálgico de volver a visitar a Carl Sagan, uno de los grandes ídolos de todo aficionado a las ciencias.

Puntuación: 4 (de 5)
Ediciones Península (2021)
Traducción: Dolors Udina | Introducción: Ann Druyan
Colección: Imprescindibles
288 págs.

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En esta obra póstuma, el brillante astrofísico y ganador del Premio Pulitzer Carl Sagan combina magistralmente astronomía, física, biología, filosofía, mitología y teología para explorar la relación entre religión y ciencia, y explicar el sentimiento casi místico que uno experimenta al admirar el universo.

En 1985, Sagan fue invitado a las prestigiosas Conferencias Gifford y el resultado de ese encuentro es esta maravillosa y personal exposición de sus observaciones y opiniones sobre temas mayores de la historia de la humanidad. Con un estilo claro y directo, sin academicismos ni tecnicismos, el autor aborda los temas clave de su obra como el origen del universo, la posibilidad de vida inteligente en otros planetas, el peligro de la aniquilación nuclear, el creacionismo y la posible naturaleza química de la transcendencia.

Las observaciones divertidas, sabias y a menudo asombrosamente proféticas de Sagan sobre algunos de los mayores misterios del universo tienen el efecto vigorizador de estimular el intelecto y la imaginación, así como de despertarnos a la grandeza de la vida en el cosmos. (Sinopsis de la editorial)

Carl Sagan (Nueva York, 1934 – Seattle, 1996) fue profesor de la cátedra David Duncan de Astronomía y Ciencias Espaciales y director del Laboratorio de Estudios Planetarios de la Universidad de Cornell; Distinguished Visiting Scientist del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) del Instituto de Tecnología de California y cofundador y presidente de la Sociedad Planetaria, la más importante del mundo dedicada a temas del espacio.

A lo largo de su vida, recibió numerosas distinciones (Premio Pulitzer, medallas de la NASA, el Premio Apollo, el Premio Masursky y la medalla del Bienestar Público de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos), y un asteroide, el 2709, fue bautizado con su nombre. Al concederle su premio más importante, la Academia Nacional de Ciencias constató: «Nadie ha conseguido nunca transmitir las maravillas ni el carácter estimulante y jubiloso de la ciencia con tanta amplitud como lo ha hecho Carl Sagan… Su habilidad para cautivar la imaginación de millones de personas y para explicar conceptos complejos en términos comprensibles constituye un magnífico logro».

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