{Reseña} Luis Manuel Ruiz: Atlas (Aristas Martínez)

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Desde la lectura hace años de su novela Obertura francesa (Alfaguara, 2002), una entretenida obra de intriga y misterios matemático-musicales, no había vuelto a encontrarme a Luis Manuel Ruiz, y no por falta de interés, sino porque el azar me inclinó a otras lecturas. Pues bien, acaba de llegar a mis manos el nuevo libro del escritor sevillano, en este caso una amplia colección de cuentos cortos o microcuentos titulado Atlas que ha sido publicado por Aristas Martínez Ediciones, casa editorial extremeña especializada en literatura de género que paulatinamente va armando un catálogo de extraordinario interés. Y hay que señalar también que nos llega en una cuidadísima y hermosa edición que incluye unas estupendas ilustraciones del artista Borja González. Una maravilla.

El título ya muestra su pretensión enciclopédica y el homenaje a un género de libros —atlas, enciclopedias, compendios, recetarios, anecdotarios— que debido a los avances tecnológicos han quedado obsoletos como obras de consulta pero no como obras de disfrute para el lector, ya que muchas de ellas contienen auténticas joyas de la imaginación en su interior. Según su autor, «la obra quiere colocarse junto a otros insignes ejemplos del mismo género como son las recopilaciones de Marcel Schwob, Borges e Italo Calvino, o, más recientemente, Ángel Olgoso». Desde luego, Luis Manuel Ruiz no esconde sus influencias —no tiene por qué hacerlo— pues son evidentes para cualquiera que admire y haya leído a esos maestros. Ecos de las ficciones borgeanas, de Las ciudades invisibles, de las Vidas imaginarias, de las extrañas creaciones (y del estilo) de Ángel Olgoso pueden rastrearse en todos los textos de Atlas. Pero hay que decir que Atlas no es un pastiche ni una copia de esos modelos, sino que es un homenaje y una profundización personal en esa tradición tan fascinante como minoritaria dentro de la literatura fantástica.

LOS VALLES DE BOHEMIA

En sus años de colegio, el joven René Descartes amaba retirarse a la biblioteca y abrir los inmensos infolios grabados con las maravillas más sobresalientes del orbe: los arimaspos de un solo ojo, los caníbales de las antípodas que comen la carne sin cocer, las acacias del otro lado del ecuador, la mantícora y el unicornio, los ríos de leche del reino del Preste Juan. Luego, al crecer, empezó a dudar de la veracidad de los autores antiguos y decidió emprender otra lectura más ardua y prolongada: la del libro que comenzaba fuera del patio del recreo. Así recorrió ciudades con canales y atalayas, vio hombres tostados y otros con la piel amarillenta, ascendió montañas y se inscribió como mercenario en el ejército de un emperador. Por último, se retiró a una cabaña junto a la ribera de un río, en los valles de Bohemia, cuando el invierno atería ya las hayas: estaba un poco mareado, ahíto, el mundo le había dejado en la cabeza esa estela borrosa que traza el vino durante una larga noche de banquete.

Allí, frente a la estufa, Descartes se puso a pensar. E, igual que en el colegio, al pensamiento pronto le sucedió la sospecha: tal vez las batallas y los aludes y los mapas y las prolijas ciudades que había recorrido no eran menos ficticias que aquellos monstruos de leyenda sobre los que leía en la biblioteca mal aireada de su colegio. Se dio cuenta, con menos horror que intriga, de que en realidad no sabía nada: porque no hay mayor valor en el crédito que concedemos a esos testigos pretenciosos, los cinco sentidos, que el que merecen las páginas más polvorientas de los filósofos de antaño. Ver una abeja no es más increíble que oír de ella, si estoy soñando o siendo soñado por otro. Así, el joven Descartes, que de repente dejó de ser joven, arribó a la siguiente constatación: que podía dudar de todo salvo de que dudaba, y que, por tanto, el mundo de afuera de aquella cabaña estaba allí sólo porque Descartes pensaba en él. Removió las brasas de la estufa y se sentó bajó una manta, más cansado pero no más satisfecho. Cerró los ojos y comenzó a repasar el largo inventario: los bosques, las manadas, los candelabros, las nubes en el cielo, los astros que giran, los pelos de su bigote, los alvéolos de polvo en el aire quieto de las aulas de su vieja escuela. Tenía que pensarlo todo despacio, con dedicación, con amabilidad, si no quería que se esfumara en la luz helada de la mañana, aquella mañana que blanqueaba los arroyos afuera, en los valles de Bohemia.

El autor nos informa que los 82 textos que componen Atlas se fueron publicando durante un plazo de diez años en el suplemento literario de El Correo Vasco. A pesar este amplio periodo de escritura todas las piezas presentan tal unidad estilística y formal que parece que hubieran sido escritas al mismo tiempo y pensadas desde el inicio para publicarlas en un volumen. Más que capítulos de una hipotética enciclopedia, Atlas es un libro emparentado con los libros de prodigios que poblaron las fantasías de los lectores medievales y renacentistas. Enseguida nos viene a la memoria títulos como Silva curiosa de historias, de Pedro Mexía y Jardín de flores curiosas, de Antonio de Torquemada, y también algún ejemplo actual, como El planisferio de Morgius Cancri (FCE, 2014) del escritor mexicano Ignacio Díaz de la Serna, que también comentamos en el blog.

En el portentoso despliegue de fabulaciones que constituye Atlas encontramos mucho del imaginario fantástico de los maestros citados y de los clásicos de los cuentos y fábulas tradicionales, pero también situaciones y argumentos novedosos: ciudades fantásticas, libros mágicos, perros académicos, muñecos autoritarios, historias que parecen salidas de Las mil y una noches, diseñadores de ruinas, biografías imaginarias, escritores existencialistas, versiones de las vidas de Kafka y Pessoa (escritores que son en sí mismos un misterio), alquimistas praguenses, islas inexistentes… Por si fuera poco mérito lo anterior, el autor huye del predominante lenguaje ramplón actual y opta por una escritura algo arcaizante, de rico léxico y muy trabajada, pero de lectura ágil y grata.

En definitiva, considero que Atlas es un volumen que se antoja casi perfecto. Literatura fantástica cerebral y quintaesenciada con la que Luis Manuel Ruiz ha conseguido unirse al selecto club de mis autores favoritos del género. Sólo resta desear que este libro tenga la difusión y el éxito que merece.

Puntuación: 5 (de 5)
Aristas Martínez Ediciones (2022)
Ilustraciones: Borja González
Colección: Libros Singulares
208 págs.

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Un libro es todas las cosas, y hay libros que son todos los libros. En el pasado existía un libro llamado enciclopedia donde el mundo se miraba e intentaba saber de sí mismo: encontrar las selvas, los mares, las estrellas, los príncipes y los mendigos, los filósofos y las prostitutas, la verdad y la mentira que trata de imitarla. El mundo era parco y sin color, pero la enciclopedia lo volvía digno de la aventura: donde los objetos vivían aislados y en penumbra, sin guardar contacto con los cuerpos anodinos de su alrededor, el libro los hacía encontrarse, llamarse unos a otros, compartir trazas, recurrir a la metáfora y el plagio; donde imperaban el albarán y el trámite administrativo, el libro llamaba al vértigo, al mapa del tesoro; donde los rostros anónimos de los hombres se arracimaban para hacer cola o tomar el autobús, el libro identificaba asesinos, cortesanas, agentes secretos, sacerdotisas y locos. El mundo era opaco y gris tras el cristal de la ventana; la enciclopedia era luminosa y vasta, inagotable, bajo el papel de las guardas.

Dicen que esos libros dejaron de existir, que se extinguieron ante la llegada de máquinas que lo saben todo, o que presumen de ello. Pero hay algunos que no se resignan, y siguen acariciando esa vieja ambición: que lo de dentro sea lo de fuera, que la vigilia imite al sueño, que el tigre, las nubes, los diamantes, las máquinas de coser, los dientes, las espadas, las ciudades, la sangre y los cocodrilos sean, primero y sobre todo, palabras en una página, signos por descubrir. (Sinopsis de la editorial)

Luis Manuel Ruiz (Sevilla, 1973) Es profesor de Filosofía y colabora regularmente en prensa cultural. Ha publicado, entre otras, las novelas Hugo Lémur y los ladrones de sueños (Aristas Martínez, 2019); No contaban con mi astucia (2021) y Corazón de marfil (2019) en Algaida; El hombre sin rostro (2014) y El ejército de piedra (2015) en Salto de página; Temblad villanos (Premio Málaga 2014. Fundación José Manuel Lara); Tormenta sobre Alejandría (2008), El ojo del halcón (2007) y La habitación de cristal (2004) en Alfaguara.

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