{Reseña} Juan Eduardo Zúñiga: Fábulas irónicas (Nórdica)

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«Pocos géneros literarios suelen ser más tediosos que el cuento de hadas, salvo, naturalmente, la fábula». De esta forma tan tajante expresaba Jorge Luis Borges su opinión sobre el género fabulístico en una reseña escrita en 1938. Claro está que el maestro argentino se refería a las historias de animales que desde Esopo hasta La Fontaine, Iriarte o Samaniego llevaban aparejada una enseñanza o moraleja, no siempre comprensible o sensata. Otra cosa totalmente diferente es el género que cultivaron autores como Marcel Schwob, Ambrose Bierce (Fábulas fantásticas) y Karel Capek (Apócrifos), entre otros. A este selecto grupo de escritores hay que añadir a Juan Eduardo Zúñiga y sus Fábulas irónicas, libro que comparte con los anteriores una visión mordaz de la historia y de sus protagonistas, a la vez que ofrece versiones y desenlaces inéditos o alternativos a los oficiales.

Juan Eduardo Zúñiga publicó Fábulas irónicas en 2018, cuanto el autor madrileño tenía 99 años de edad, aunque hay que advertir que ocho de las diez fábulas que integran el volumen ya habían visto la luz en Babelia, suplemento literario de El País, entre abril de 2002 y agosto de 2004. En cualquier caso, Zúñiga demuestra con estas pequeñas piezas que se encontraba en plenas facultades intelectuales y que conservaba intactas a esa edad avanzada todas sus capacidades creativas y literarias. Parece ser que el autor tenía previsto escribir doce historias, pero finalmente quedaron reducidas a diez, las ya citadas publicadas en Babelia más dos inéditas, Escrito en las paredes y El magnate y el bufón.

No reneguemos del olvido. Esta cualidad nos deja libres para ir a nuevos caminos o pisar los andados sin reconocerlos. No reneguemos de olvidar algo cada minuto y que los rasgos de lo que supimos se alejen a nuestras espaldas. Alegrémonos de olvidar. Incluso, los más dados a conservar la historia han trascordado hechos, y bien, ¿de qué puede servirnos saber penas o alegrías ajenas si no nos sirve para conjugar las nuestras? ¿Para qué tendríamos que acumular un archivo infinito de sufrimientos o recuerdos triviales? ¿Para qué perpetuar acciones menudas de un personaje, o las peripecias de un reinado, pongamos, como ejemplo distante, el de la emperatriz Ana de Rusia? ¿Podría alguien interesarse en lo que esta remota figura hizo? No, no es posible: tantos datos nos sujetarían con su larga cadena a un pasado quizá merecedor de olvido. No en balde los antiguos soñaron aquel río cuyas aguas tenían el don de lavar la memoria. El humano, en la frágil barquita, navega a lo largo de sus orillas y según descubre nuevos paisajes va olvidando los vistos. Río Leteo, el que todos surcamos gozando de su benéfico influjo, ¿qué sería de nosotros sin el roce de tus ondas?

Pues supongamos por un momento que nos acordásemos minuciosamente del reinado de la zarina Ana. Entonces, todo lo ocurrido en Rusia a mediados del siglo XVIII lo tendríamos presente, se mezclaría con nuestras vidas actuales y vendríamos a caer un día en la excentricidad de comentar, como algo totalmente normal, las diversiones de aquella emperatriz. No los graves problemas de gobierno o la guerra con Turquía, sino la nimiedad de los entretenimientos preferidos por Su Alteza Imperial: jugar a las cartas, vestida con una simple bata y un pañuelo a la cabeza, asistir a ligeras obras de teatro, montar a caballo, tirar al blanco o disparar a los pájaros desde las ventanas del palacio. Se sabe que disponía de seis bufones, los cuales serían, sin duda, ejemplares singulares por haber merecido tal honor. Tres de ellos eran de origen noble; había un judío portugués, Lacosta, y un italiano, Pedrillo, sus favoritos. Le encantaba verlos pegarse entre sí; saltar, decir inconvenientes y ser la confirmación constante de que los cortesanos, y ella misma, no eran así. Había grandes espejos traídos de Alemania hacia los que Ana volvía sus ojos para contemplarse —bella imagen real— y asegurarse de que era bien distinta a los enanos. Su mayor diversión era cuando se ponían los bufones en fila, de cara a la pared, y uno de ellos les daba un golpe en las corvas para que cayesen en posturas ridículas que la zarina celebraba con grandes carcajadas […] («Benéficas aguas del olvido»)

Son textos breves, de apenas seis o siete páginas, que se ambientan en diferentes momentos históricos y en distintos lugares (Roma imperial, Bizancio, Rusia zarista, Sicilia, Asia Menor, Portugal), que son protagonizados por personajes históricos reales (Arquímedes, Pedro el Justiciero, Mitrídates IV, Basilio II, Ana y Catalina de Rusia) y otros de dudosa existencia, pero todos en la cúspide del poder o a su servicio, y donde el autor no renuncia a ofrecer en algún caso ejemplos edificantes a los lectores. No todas las fábulas son irónicas o humorísticas como anticipa el título; varias de ellas son trágicas e incluso despiadadas —estas historias bien podrían haber formado parte de Historia universal de la infamia de Borges—, como Miles de ojos cegados, fábula que da cuenta de la condena a la ceguera de los prisioneros búlgaros vencidos por las tropas bizantinas de Basilio II; también Odio y amor, puñales relata unos hechos de una crueldad extrema, en este caso la venganza de Pedro I de Portugal con los asesinos de Inés de Castro. El resto, sin embargo, son realmente irónicos, como Sublime ejemplo, donde un cortesano bizantino intenta imitar a Simeón el Estilita pero apenas resiste en la columna un par de días, sufriendo las burlas del pueblo. En Arquímedes, intelectual comprometido Zúñiga narra la muerte de Arquímedes en Siracusa a manos de los invasores romanos mientras el sabio realiza absorto un experimento de física. Igualmente destacaría Huelga de hambre en Roma, historia sobre la relación conflictiva entre Nerón y el historiador Aulo Cremucio Cordo, quien recurre a la primera huelga de hambre de la historia para denunciar los desmanes y arbitrariedades del emperador (con nulo éxito, naturalmente).

Como toda esta colección de Nórdica, los textos vienen acompañados de numerosas ilustraciones, en este caso diez acuarelas del artista madrileño Fernando Vicente basadas en situaciones y argumentos de las fábulas. Libro ligero y menor pero no exento de profundidad, estas Fábulas irónicas de Juan Eduardo Zúñiga nos reactivan el gusto por las historias sorprendentes, origen y fuente de la mejor literatura.

Puntuación: 4 (de 5)
Nórdica Libros (2018)
Ilustraciones: Fernando Vicente
Colección: Mini-ilustrados
112 págs.

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Estas fábulas son tanto episodios históricos como invenciones. Histórica fue la terrible venganza por la cruel muerte de Inés de Castro, como la huelga de hambre en Roma contra la tiranía de Nerón o el feroz castigo de un emperador griego que tras una batalla perdida condenó a la ceguera a miles de soldados búlgaros que así nunca podrían relatar lo que habían visto. Pura imaginación parecería este suceso que no obstante fue real. (Sinopsis de la editorial)

Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1919-2020). Es autor de libros de relatos emblemáticos sobre la Guerra Civil como Largo noviembre de Madrid (1980), La tierra será un paraíso (1991) o Capital de la gloria (2003), con el que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica. Estas tres obras forman el volumen Trilogía de la Guerra Civil. Dentro de la corriente de literatura fantástica, escribió Misterios de las noches y los días (1992). Especializado en literaturas eslavas, publicó una biografía-ensayo sobre Ivan Turgueniev, Los imposibles afectos de Ivan Turgueniev (1977), y El anillo de Pushkin (1983), ambos libros reunidos en el volumen Desde los bosques nevados (2010). En 2016, recibe el Premio Nacional de las Letras Españolas.

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