{Reseña} Stanislaw Lem: Fábulas de robots (Impedimenta)

EL PROFESOR

Posiblemente Fábulas de robots de Stanislaw Lem fue uno de los primeros libros de ciencia ficción que leí al inicio de mi adolescencia en una barata edición de bolsillo de Bruguera. Recuerdo que no me entusiasmó especialmente debido a que yo prefería entonces las historias robóticas de Asimov, con sus famosas Tres leyes de la robótica y sus conflictos entre seres humanos y androides. Las fábulas de Lem eran otra cosa, pertenecían a un mundo literario bien distinto que yo no estaba en condiciones de apreciar entonces. Ese antiguo libro de Bruguera (que perdí), curiosamente ofrecía la misma brillante traducción de Jadwiga Maurizio que ha recuperado Impedimenta para esta preciosa edición con la que la editorial madrileña prosigue rescatando la obra del genial escritor polaco.

Aunque la fábula —ya lo hemos comentado en alguna ocasión— es un género problemático, en manos maestras consigue evitar el infantilismo y la superficialidad. Aquí, bajo la apariencia de historias humorísticas e inocentes, Stanislaw Lem incluye algunas reflexiones sobre la naturaleza humana, sobre el poder, la guerra o el nacimiento de los mitos. Precisamente por obras como Fábulas de robots —y por todo su ciclo de aventuras protagonizadas por el simpático Ijon Tichy— la crítica siempre ha emparentado a Lem con autores fantástico-satíricos como Cyrano, Swift y Carroll, por poner unos ejemplos. «Un tipo de fábula —escribió el crítico Carlo Frabetti—, además, que se aleja del tradicional y asfaltado camino hacia la fácil moraleja para adentrarse en los terrenos mucho más fértiles de la poesía, la ironía, el humor y una fantasía que a menudo roza o penetra en el surrealismo. Todo ello con un denso e inquietante trasfondo filosófico, que el tono festivo y desenfadado de los relatos no hace sino realzar».

Érase una vez un inventor que continuamente ideaba y construía extraordinarios aparatos. Construyó una máquina pequeñísima que cantaba maravillosamente y a la que dio el nombre de pajarolezna. Se hizo un sello con un corazón y ponía esta marca a cada átomo que salía de sus manos, para asombro de los sabios que en sus análisis espectrales atómicos descubrieron aquel reluciente corazoncito.

Este gran inventor construyó muchas máquinas muy útiles, grandes y pequeñas, y hasta se le ocurrió la idea realmente insólita de asociar en una sola cosa la muerte y la vida para así conseguir lo inalcanzable. Decidió crear unos seres racionales a partir del agua, pero nada de espantosos cuerpos blandos y húmedos. Lo que deseaba era crear con el agua unos seres realmente hermosos e inteligentes, es decir, cristalinos.

Buscó un planeta, muy alejado de todos los soles, de cuyo helado océano extrajo unos enormes bloques de hielo con los cuales esculpió a los Criónidas, los nuevos seres por él imaginados.

Pero estos seres solamente podían existir en el frío más espantoso y en el vacío sin sol. Los Criónidas no tardaron en edificar ciudades y palacios de hielo, pero el más mínimo calor representaba su perdición, de manera que se las arreglaron para atrapar las auroras boreales, meterlas en unos utensilios transparentes e iluminar con ellas sus viviendas. Cuanto más poderosos eran los Criónidas, tenían más auroras boreales amarillas y plateadas, y vivían muy felices con sus luces y sus famosas joyas, extraídas de los gases congelados. Adornaban con sus vivos colores su noche eterna, en la que, al igual que espíritus cautivos, aquellas joyas resplandecían bajo la tenue luz de las auroras boreales como mágicas nebulosas en bloques de cristal. («Los tres electroguerreros»)

Fábulas de robots («Bajki robotów», 1964) es un conjunto de quince relatos protagonizados por unos robots muy especiales, tan anacrónicos como imposibles. Unas historias cibernéticas que formalmente beben de los cuentos infantiles tradicionales pero transformadas en desaforadas fantasías llenas de reinos de hielo artificiales habitados por seres racionales hechos de agua y creados por un ingeniero cosmológico, caballeros andantes (electroguerreros) en busca de gloria, ejércitos mecánicos, príncipes y princesas infelices, electrodragones, sabios locos, mitologías robóticas… En su construcción también he podido advertir ecos de autores y obras como Luciano, Orlando Furioso, Cyrano de Bergerac, el barón de Münchhausen o el mundo de Oz, entre otros.

Las tres últimas piezas son algo diferentes al resto ya que suponen la presentación de los dos expertos inventores y constructores Trurl y Clapaucio, personajes protagonistas de Ciberíada (1965), el siguiente libro de Lem. (De hecho, algunas ediciones incluyen estos tres cuentos como parte de Ciberíada). Estos constructores de robots inverosímiles —unas máquinas retro, llenas de válvulas, bombillas, condensadores y electroimanes— mantienen una rivalidad intelectual que los lleva  a las más disparatadas aventuras.

Aunque, naturalmente, estamos ante un divertimento que no posee la profundidad ni la complejidad de sus mejores novelas, hay que afirmar que Fábulas de robots es un libro delicioso y divertidísimo que no defraudará a ningún seguidor de Stanislaw Lem. Tampoco a los lectores de la buena literatura, muy especialmente a los más jóvenes.

Puntuación: 4 (de 5)
Impedimenta (2022)
Traducción: Jadwiga Maurizio
200 págs.

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Ralph McQuarrie's cover art for Robot Visions by Isaac Asimov 1990.

Seres con circuitos, princesas autómatas, ladrones de guante eléctrico, sabios muy sabios, bestias de silicio y reyes del algoritmo. Artefactos mecánicos que se han expandido hasta colonizar el último rincón de la galaxia, y que a pesar de todas sus virtudes y bajezas, y de su proclividad a la locura y a la ambición, son incapaces de errar ni de desviarse de su programación. Fábulas de robots es uno de los títulos más míticos del maestro polaco Stanislaw Lem, una brillante antología de mitos y leyendas cibernéticas, que fluctúan de lo profético a lo surrealista, de lo filosófico a lo humorístico, en las que el hombre es el verdadero rival a batir: seres mitológicos, semilegendarios, con fama de blandos, de pusilánimes y de paliduchos, y con una fatal y peligrosa tendencia al crimen. (Sinopsis de la editorial)

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Stanisław Lem nació en la ciudad polaca de Lvov en 1921, en el seno de una familia de la clase media acomodada. Siguiendo los pasos de su padre, se matriculó en la Facultad de Medicina de Lvov hasta que, en 1939, los alemanes ocuparon la ciudad. Durante los siguientes cinco años, Lem, miembro de la resistencia, vivirá con papeles falsos y se dedicará a trabajar como mecánico y soldador, y a sabotear coches alemanes. Al final de la guerra, Lem regresó a la Facultad de Medicina, pero la abandonó al poco tiempo debido a diversas discrepancias ideológicas y a que no quería que lo alistaran como médico militar. En 1946 fue «repatriado» a la fuerza a Cracovia, donde fijaría su residencia. No tardaría demasiado en iniciar una titubeante carrera literaria. Se considera que su primera novela es El hospital de la transfiguración, escrita en 1948 pero no publicada en Polonia hasta 1955 debido a problemas con la censura comunista. De hecho, esta novela fue considerada «contrarrevolucionaria» por las autoridades polacas. No fue hasta 1951, año en que publicó Astronautas, cuando por fin despegó su carrera literaria. Las novelas que escribió a partir de ese momento, pertenecientes en su mayoría al género de la ciencia ficción, harían de él un maestro indiscutible de la moderna literatura polaca: Edén (1959), La investigación (1959), Memorias encontradas en una bañera (1961), Solaris (1961), Relatos del piloto Pirx (1968), La voz de su amo (1968) o Congreso de futurología (1971). Lem fue, asimismo, autor de una variada obra filosófica y metaliteraria. Destaca en este ámbito, aparte de su obra Summa Technologiae (1964), la llamada «Biblioteca del Siglo XXI», conformada por Vacío perfecto (1971), Magnitud imaginaria (1973), Golem XIV (1981) y Provocación (1982). Falleció el 27 de marzo de 2006 en Cracovia, a los ochenta y cuatro años de edad, tras una larga enfermedad coronaria.

(Nota: Ilustración de Ralph McQuarrie para Robot Visions de Isaac Asimov, 1990)

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