{Reseña} Ángel Olgoso: Breviario negro (Menoscuarto)

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Ángel Olgoso en Breviario negro nos regala una colección de 41 de cuentos breves que, salvo algunos como La Rosa Azul y Últimas voluntades, más extensos, se inscriben dentro de la tradición del “romanticismo negro”, el que con su lirismo visionario refuerza las sensaciones más intensas. Un semillero de delirios y visiones alucinadas, un libro de oraciones fantástico e impío, una especie de calendario pagano de adviento con ventanitas que se abren y guardan detrás una sorpresa, pueden ser viajes temporales o sueños habitados, ángeles caídos a tierra o fantasmas enamorados, macabras órdenes ministeriales o cartografías amorosas, burdeles de cuadros vivos o ciudades sitiadas, ondinas hambrientas o ánimas benditas, relojes que marcan la última hora del mundo o el lugar donde cayó la baba de Caín, autómatas vivos o peregrinos eternos, naufragios espectrales, el hambre de los muertos o insólitas teorías físicas, caballos pensantes o metamorfosis. Son relatos enemigos del día, con el sabor lúgubre del mundo de Kubin y Redon, de los grabados de Blake y las series negras de Goya, de la perversión de Los cantos de Maldoror de Lautréamont y de las visiones del Infierno en las miniaturas medievales.

Dramaturgia

La compañía de los Admiral’s Men da hoy cumplimiento a una nueva obra de su repertorio. En el escenario, una polvorienta redoma de cristal traslada al público con presteza al estudio del doctor Faustus. Como nigromante, tiene apetito de maravillas y conocimientos prohibidos. Como teólogo, su anhelo de inmortalidad lo lleva a vanagloriarse ante Dios con insolencia. Mefistófeles le ha entregado libros en los que se explica cómo conseguir oro, desencadenar tempestades, reunir ejércitos, invocar espíritus y conocer los atributos de las plantas y las fulminaciones de las estrellas. Proclamándose último responsable de su destino, Faustus ha realizado conjuros en elaborados círculos de tiza y surcado los cielos sobre un carro tirado por dragones para contemplar las nubes y los planetas. Ahora, tras lograr que el sabio firme en un contrato con su sangre la venta de su alma, Mefistófeles hace salir a tablas a un grupo de demonios: las trampillas en el suelo se abren como bocas del Tártaro. Visten negras membranas de murciélago y los vapores de sus antorchas sahúman, con flores de azufre, los círculos de la platea. Bailan una alocada giga alrededor de Faustus, como los convidados a la holganza de una partida de placer. Gañendo y blasfemando entre jadeantes convulsiones, se libran a una danza macabra de homúnculos, de buhoneros, de hamadríades, de bestias con el cuerpo lleno de humores estancados. El público de las galerías superiores zapatea al son de la fanfarria y la paja del techo se desprende sobre el patio. La gente que está de pie estira de asombro sus cuellos y los que han pagado un penique por el cojín se levantan para seguir, boquiabiertos, el cuadro que se les ofrece, los saltos, las muecas y visajes de los espíritus enviados por Lucifer, poseídos por un delirio coribántico. Aquel abominable coro de diablos ha venido a cubrir al doctor Fausto con una corona de pámpanos y una rica vestidura purpúrea. Éste, testarudo, arrogante, hueco, se muestra poderosamente encantado por las atenciones que le ha dispuesto el conjurador. Pero los actores, a medida que la guardia de honor infernal gira y retoza en torno al erudito interpretado por el mismísimo histrión Edward Alleyn, comienzan a dudar, a llevar consigo el desconcierto, a perder el paso, a temblar espeluznados. Incluso el apoderado de la compañía, cuando reconoce el estrago, se santigua en la sala de atuendos: todos ellos saben que el hijo del carpintero John Marlowe, el gentil Kit, muerto en una pelea de taberna en Deptford, al escribir aquella tragedia que obtuvo licencia del Consejo Real pese a su impiedad, estableció que el número de demonios que debían aparecer en escena era de cuatro y no de cinco, como hoy aquí en esta función llena de un público afecto, a plena luz del día.

Son evidentes los homenajes a muchos de sus autores favoritos, tanto en la ambientación como en la forma de algunos cuentos: Poe en Stella splendens, Cunqueiro en Escalas de Jacob, Kafka en Carta al hijo, Chateubriand en Últimas voluntades…

«A fuerza de soñar un monstruo, el monstruo nace.»

En el prólogo titulado Luz oscura, José María Merino señala el “desconcierto ontológico convertido en magníficos relatos” como rasgo característico de esta serie en la que conviven con los cuentos una serie de estampas, más inclinadas a la inmovilidad poética que a la tensión narrativa. Pero lejos de constituir esta variedad un cajón de sastre inconexo, esta selección presenta una coherencia absoluta debido a la materia común de todos ellos, que son la presencia de la muerte, el paso del tiempo, los monstruoso y lo ominoso, y todo ello cincelado con un espléndido y personal estilo literario, que sólo alguna que otra vez se desliza hacia un exceso retórico, sin que esto menoscabe la eficacia del relato.

En definitiva, Breviario negro es un título imprescindible para los seguidores de Olgoso y para los amantes del cuento fantástico en todas sus facetas. La edición, a cargo de Editorial Menoscuarto, es inmejorable. MUY RECOMENDABLE.

Puntuación: 5 (de 5)
Editorial Menoscuarto (2015)
Prólogo de José María Merino
Colección: Reloj de Arena, 71
160 págs.

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EL Vaso

Este nuevo libro de Ángel Olgoso afirma su dominio de lo extraño, trasciende el género del relato y consigue con plenitud la resonancia sombría, según destaca José María Merino en el prólogo. Breviario negro renueva la innegable riqueza imaginativa del autor en historias de particular fuerza y belleza expresiva, fruto de su constante búsqueda de tramas originales, escenarios sorprendentes y perspectivas insólitas. Los sueños, lo ominoso, el tiempo, el horror, lo telúrico y lo legendario se nos revelan en unas piezas inquietantes. Esta joya de la narrativa breve, alentada por lo poemático y lo filosófico, plantea interrogantes al lector, pero también ilumina, aunque sea con luz oscura, la permanente) condición humana. (Sinopsis de la editorial).

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Ángel Olgoso Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Granada. Miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada y de la Amateur Mendicant Society de estudios holmesianos, Auditeur del Collège de Pataphysique de París, y fundador y Rector del Institutum Pataphysicum Granatensis, donde ha otorgado el rango de Sátrapa Trascendente −entre otros escritores y artistas− a José María Merino y a Umberto Eco.

En 1991 publicó Los días subterráneos, primer libro de relatos al que seguirán en este género La hélice entre los sargazos (1994), Nubes de piedra (1999), Granada, año 2039 y otros relatos (1999), Cuentos de otro mundo (1999, 2003 y 2013), Tenebrario (2oo3), El vuelo del pájaro elefante (2006), Los demonios del lugar (2007), Astrolabio (2007 y 2013), La máquina de languidecer (2009), Los líquenes del sueño. Relatos 1980-1995 (2010), Cuando fui jaguar (2011), Racconti abissali (2012), Las frutas de la luna (2013), Almanaque de asombros (2013), Las uñas de la luz (2013) y Breviario negro (2015).

Muchos de sus relatos han sido traducidos a varios idiomas y han sido recogidos en más de cuarenta antologías sobre el cuento. Está considerado por la crítica especializada como un maestro del cuento, «uno de los autores de referencia del relato breve y fantástico en español».

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