{Reseña} Octave Uzanne: El fin de los libros y otros cuentos para bibliófilos (Trama Editorial)

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No es infrecuente encontrar en la literatura decimonónica personajes obsesos con los libros hasta la locura. Seguramente fue Charles Nodier, con su relato de 1831 El bibliómano, quien inició este curioso género literario sobre la bibliofilia y sus extrañas manías, y que posteriormente cultivaron numerosos escritores europeos entre los que descuella, por su erudición y calidad literaria, el escritor borgoñés Octave Uzanne.

Uzanne fue un conocido editor, cronista de la vida social parisina, profundo connaisseur de la moda femenina de su tiempo y un reputado bibliófilo, apasionado por encima de todo de las bellas encuadernaciones. Además de sus muchas colaboraciones en prensa, le debemos al menos nueve estudios serios sobre bibliofilia y encuadernación (en España está publicado La encuadernación moderna, artística y caprichosa, Editorial Point de Lunettes). Octave Uzanne se movió en los círculos del decadentismo literario, junto a amigos artistas, escritores y bibliófilos como Jean Lorrain y Remy de Gourmont.

Octave Uzanne ha pasado a la historia literaria precisamente por sus dos colecciones de relatos que tienen la bibliofilia como tema esencial: Caprices d’un bibliophile (1878) y Contes pour les bibliophiles (1895). Este último es el elegido por la editorial Trama para su colección Largo recorrido, y hay que decir que el acierto ha sido total; pocas veces se puede encontrar una colección de cuentos tan compacta y tan bien escrita. Partícipes de la gran tradición del relato francés de la época, estas piezas no desmerecen en nada a las obras de algunos de sus contemporáneos como Villiers de l`Isle-Adam, Barbey d’Aurevilly o Jean Lorrain.

La cuestión del fin de los libros y su completa transformación fue tratada aproximadamente hace dos años en Londres por un reducido grupo de bibliófilos y eruditos, en el trascurso de una velada memorable, cuyo recuerdo quedará, sin duda, grabado en la memoria de cada uno de los asistentes.

***

«Es necesario que los libros desaparezcan o que nos engullan; he calculado que en el mundo aparecen de ochenta mil a cien mil obras al año, que, con tiradas de mil ejemplares de media, suman más de cien millones de ejemplares, de los cuales la mayor parte no contienen más que las mayores extravagancias y las quimeras más absurdas, y no difunden más que prejuicios y errores. (…) Como bien dijo el Hamlet de nuestro gran William: “Words! Words! Words!”, palabras… que pasan y que ya no leeremos más.»

Estos once encantadores y maravillosos Cuentos para bibliófilos, protagonizados por personajes estrafalarios, dilettanti y maniáticos, se caracterizan por estar impregnados de un fino humor cuando tratan los excesos de las manías librescas —de los que se dan varios ejemplos—, están escritos con una oportuna erudición que nunca llega a avasallar, y, sobre todo, presentan muy variados e interesantes argumentos. Algunos tienen como tema central la bibliofilia y en otros es un tema secundario, aunque siempre aparece algún escrito o libro en la historia. El más celebre es El fin de los libros, una especulación futurista sobre el destino de los libros impresos tras del invento del fonógrafo (en el cuento, los libros serán sustituidos por grabaciones sonoras). El infierno del Caballero Kerhany nos muestra a un excéntrico coleccionista de libros y cuadros eróticos, es decir, una variedad específica del bibliómano. El cuaderno de apuntes de Napoleón I presenta un hipotético dietario encontrado de Napoleón I. Un Almanaque de Musas de 1789 es la indagación, a partir de la notas escritas encontradas en los márgenes de un antiguo libro de poemas, de un probable romance pasado. La herencia Sigismond es una hilarante historia de unos bibliófilos dispuestos a todo, en este caso a un casamiento absurdo, con tal de hacerse con una biblioteca. Después de leer estas narraciones nos quedamos con ganas de poder disfrutar con la lectura de Caprices d’un bibliophile de este maestro de bibliófilos que fue Octave Uzanne; ojalá Trama pueda editar la versión española en un futuro próximo.

Concluyo diciendo que El fin de los libros y otros cuentos para bibliófilos es un título delicioso e imprescindible para los muchos amantes de los libros y de la gran literatura francesa finisecular. La edición de Trama es estupenda. Absolutamente recomendable.

[Contenido de El fin de los libros y otros cuentos para bibliófilos:

El fin de los libros
Un Almanaque de Musas de 1789
La herencia Sigismond
El bibliotecario Van der Boëcken de Rotterdam
Una novela de caballería franco-japonesa
Los románticos desconocidos
El cuaderno de apuntes de Napoleón I
Polvorín y Biblioteca
El infierno del Caballero Kerhany
Los villancicos del poeta Scarron
Historias de momias: relatos auténticos]

Puntuación: 5 (de 5)
Trama Editorial (2015)
Traducción: Sonia Berger
Colección: Largo recorrido
192 págs.

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«El fin de los libros» es el relato más interesante e incisivo de la obra de Octave Uzanne, pues ya en fecha tan temprana como 1894 anunciaba el fin del objeto libro que, según él, sería sustituido por artefactos mecánicos para uso de los lectores. Hoy día, augurar el fin del libro impreso no nos suena descabellado, pero hace más de cien años sí lo parecería.

Este volumen recoge, además, una selección de relatos de bibliofilias y bibliomanías, y otras curiosidades y rarezas librescas. (Sinopsis de la editorial)

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Octave Uzanne (1851-1931) fue un insigne bibliófilo y hombre de letras francés. Su erudición y su pasión por los libros —tanto por su contenido como en su condición de objetos bellos— se manifestó, entre otras cosas, en la creación de varias revistas de bibliofilia. Su actividad en los medios literarios parisinos le hizo relacionarse con las figuras más célebres de su tiempo, y su amistad con Jean Lorrain se plasmó en una biografía de este famoso escritor. Sobre el tema específicamente bibliófilo publicó dos colecciones de relatos: Caprices d’un bibliophile (1878) y Contes pour les bibliophiles (1895), en los que retrata con fino humor y agudo sentido de la observación a sus extravagantes colegas, los bibliófilos.

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