{Reseña} Joaquín Dicenta: Crónicas viajeras (Editorial Renacimiento)

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Gracias a la labor de algunas esforzadas editoriales estamos comprobando que la literatura de viajes en España, sin llegar a ser tan importante a la de otras literaturas como la inglesa o francesa, sí se ha cultivado con asiduidad y calidad por la mayoría de nuestros mejores escritores. Pedro Antonio de Alarcón, Unamuno, Azorín, Blasco Ibáñez, Ciro Bayo, entre otros, fueron algunos de los autores importantes que dedicaron algún título a sus viajes (especialmente dentro de España). También el prolífico Joaquín Dicenta dio a la imprenta varios libros de viajes —en realidad, recopilaciones de crónicas periodísticas— en la primera década y media del siglo XX.

Pues bien, Crónicas viajeras es una antología que rescata 43 artículos extraídos de sus libros viajeros: Espumas y plomo (1903), De piedra a piedra (1905), Desde Los Rosales (1906), Por Bretaña (1910), Mares de España (1913) y Bajo los mirtos (1916). Joaquín Dicenta sintió la necesidad en numerosas ocasiones de alejarse del Madrid que le absorbía sus fuerzas con el continuo trabajo teatral y periodístico y su vida acelerada de gran ciudad. Fuera por descanso, por encargos periodísticos o por motivos sentimentales, nuestro autor realizó algunas escapadas que le inspiraron estos títulos.

Espumas y plomo —que ha sido publicado completo recientemente por Renacimiento— está dividido en dos partes: un viaje desde Barcelona a Canarias a bordo del vapor Wifredo, y la visita a la ciudad minera de Linares en la que Dicenta despliega todo su arsenal crítico contra situación social de los mineros. De piedra a piedra cuenta su recorrido por el monasterio aragonés de Piedra en Nuévalos (por entonces de gran atracción turística) y la famosa abadía de Montserrat (Barcelona). Desde Los Rosales está compuesto por crónicas enviadas en un retiro en San Vicente de la Barquera. Por Bretaña narra su viaje en barco y su estancia en Bretaña. Mares de España es el recuerdo de un viaje en el paquebote Felisa desde Bilbao haciendo escala en varios puertos hasta llegar al Mediterráneo. Por último, en Bajo los mirtos Joaquín Dicenta detalla sus impresiones de la visita al lazareto de San Simón (Vigo) y otros lugares de Galicia.

AL cabo de ocho días puedo coger la pluma y escribir a usted para comunicarle, según le había prometido, mis impresiones a propósito de Linares, mejor que de Linares de los seres que lo pueblan, luchando con la vida en la superficie del suelo y jugando con la muerte en el fondo.

No atribuya usted a pereza el retraso; atribúyalo a imposibilidad absoluta de dar forma escrita a esas impresiones. Durante ocho días han danzado ellas por el interior de mi cerebro con tal desorden y tan confuso ir y venir, que ninguna estaba en su puesto, ni se destacaba con precisión ante mi juicio.

El cielo azul , los tonos alegres de calles y edificios, el vocear de los chicuelos celebrando la Pascua entre redobles de tambor y gemidos de zambombas y de rabeles, mezclábanse al trajín bullicioso de los obreros vestidos de fiesta y al trajín siniestro de los obreros que, con el hatillo al hombro, el sombrero caído sobre las cejas y el cigarro de papel sujeto entre los labios, se dirigían a la mina, prontos a jugar su existencia durante doce horas contra un jornal de doce reales. A real por hora. Menos mal que en una hora se juega el minero veinte veces la vida. («A flor de tierra»)

***

Lo desapacible de la tarde, que con ráfagas de aire filo y torrentes de lluvia transformaba la atmósfera en una gigantesca heladora y las calles en un fangal, hacía poco grato el viaje que teníamos preparado para visitar las fundiciones.

Resolvimos aplazarlo y ocupar el día en recorrer aquellos sitios donde los mineros se reúnen cuando vuelven de su trabajo o cuando se encaminan a él.

Tabernas, bodegones, colmados, cafés de camareras y cafés cantantes; tales son, por regla general, los centros que el esclavo de la mina escoge para engomar su estómago hambriento con manjares innutritivos; aturdir su cerebro enraquitecido con medios de aguardiente; fortalecer sus músculos, relajados por la hereditaria faena, con inyecciones indirectas de alcohol; satisfacer sus anhelos estéticos con guitarresca música, con canciones rebosantes de estupidez, y realizar sus fáciles ensueños de amor con los dicharachos y caricias de unas mujeres, entre sirvientes y rameras, que, delantal a la cintura y servilleta al hombro, sirven, a cambio de una propineja, Cazalla y conversación, manzanilla y besos. («El hampón»)

Dicenta es tanto un viajero impresionista como un viajero social; descubridor de las sensaciones íntimas y poéticas que le produce un paisaje, un monumento o una población, y también analista y denunciador de la situación de pobreza y desamparo en que se encontraban amplísimos sectores sociales en la España de su época. En estas crónicas tenemos ejemplos de ambos tipos de preocupaciones (muchas veces mezclados en el mismo artículo), característica esta que lo aleja un poco de otras crónicas viajeras más artísticas y festivas que se publicaban en esos años.

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Estos artículos están escritos con el estilo ágil que requería su publicación en los periódicos para donde estaban destinadas; una clara prosa literaria más declamada que preciosista, más neorromántica que modernista, pero de muy grata lectura en cualquier caso.

Esta publicación de Editorial Renacimiento viene precedida por un interesante prólogo de Begoña Sáez Martínez, la antóloga de esta edición. La única pega que se me ocurre poner es que, en mi opinión, se deberían haber incluido un mayor número de crónicas de los libros seleccionados con el fin de dar una más amplia visión de la labor e intereses de Dicenta. Por lo demás, son más que recomendables estas Crónicas viajeras, una feliz recuperación de uno de los mejores cultivadores del género de viajes de la literatura española.

Puntuación: 4 (de 5)
Editorial Renacimiento (2018)
Colección: Los Viajeros, 40
Introducción y edición: Begoña Sáez Martínez
272 págs.

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Madrid fue para Joaquín Dicenta su hábitat natural, la ciudad del frenesí periodístico, de la vida teatral, del conflicto social, político y literario, de la bohemia. Estar lejos le asfixiaba. Pero esto no le impidió viajar por tierras y mares españoles o por la misteriosa Bretaña. Lo hizo por variadas razones: el periodismo, el teatro, su afán de aventura, sus amoríos, la búsqueda de un retiro para escribir o de un saludable cambio de aires. En estos viajes encontró tipos, situaciones y espacios que trasladó a sus obras. También motivos para sus columnas periodísticas, muchas recopiladas luego en volúmenes con apariencia de libros de viaje. Crónicas viajeras presenta una selección de estos libros donde el viajero observador huye de la mirada ociosa del turista y de la función decorativa de la crónica modernista para mostrar la nota crítica, las zonas inesperadas, la dura realidad social. Y también su propia voz, su estado de ánimo. Escritos que reflejan la crisis de la representación de lo real en un cambio de siglo donde realismo, simbolismo y modernismo conviven, convirtiéndose así en un legado de la literatura social de viajes y en un eslabón de la compleja cadena literaria de la Edad de Plata. (Sinopsis de la editorial)

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Joaquín Dicenta (Calatayud, 1862-Alicante, 1917), poeta, narrador, periodista, es uno de los dramaturgos fundamentales del paso del siglo XIX al XX, junto con Echegaray y Benavente. Su obra teatral, que comenzó dentro del neorromanticismo, pronto ensayó la fusión del drama y los temas sociales, alcanzando un éxito resonante con su obra Juan José (1895), protagonizada por un héroe proletario enfrentado a la injusticia. Durante un cuarto de siglo, Dicenta se convirtió en un maestro de la escena y en una celebridad solo comparable con Zorrilla y su Don Juan Tenorio. Republicano radical y socialista, desarrolló un «teatro social», cuya máxima expresión es el drama minero Daniel (1907). Su labor e influencia como periodista no va a la zaga de su éxito teatral. Colaboró intensamente en varias publicaciones, entre las que destaca El Liberal, dirigió El País, principal diario republicano, y fue redactor jefe del semanario Germinal, que agrupó a un relevante grupo de autores republicanos cercanos al Naturalismo y que atrajo a los principales del grupo del 98. Crítico teatral, maestro del cuento, de la crónica y del artículo social, publicó centenares de artículos y relatos en prensa, algunos de los cuales recogió en colecciones antológicas. Entre sus libros, se conocen 51 obras dramáticas (de las cuales se estrenaron 32), 142 cuentos, 39 novelas y 15 colecciones de artículos, semblanzas o crónicas de viajes.

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