{Reseña} Nicolás Gómez Dávila: Escolios a un texto implícito (Atalanta)

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En 2009 la todavía joven Ediciones Atalanta tuvo la temeridad de publicar en un compacto tomo en papel semibiblia la obra aforística completa del colombiano Nicolás Gómez Dávila, autor entonces poco conocido para la mayoría de los lectores españoles. El éxito de Escolios a un texto implícito (Escolios para un texto implícito – Ediciones Atalanta) fue bastante importante y descubrió a un fascinante y heterodoxo pensador que se movía con inteligencia contra todas las expresiones habituales de la modernidad. Después de permanecer agotado algún tiempo aparece ahora la segunda edición de la obra y muchos podremos acceder finalmente al grueso de la escritura del colombiano en este magnífico volumen de la editorial de Jacobo Siruela.

Nicolás Gómez Dávila fue un escritor peculiar, autodidacta y políglota; un pensador que forjó su erudición encerrado en su magnífica biblioteca con la lectura profunda y sistemática de los grandes clásicos del pensamiento filosófico (Homero, Tucídides, Platón, san Agustín, Montaigne, Pascal, Rochefoucauld, De Maistre, Burke, y una larga nómina de pesimistas y críticos). Desarrolló un método personal de escritura consistente en la anotación de sus profundas lecturas con comentarios, pensamientos y analogías, notas que posteriormente se meditaban, corregían y depuraban para obtener el escolio («Nota que se pone a un texto para explicarlo»). Las instituciones, el autoengaño del progreso, la igualdad, la estupidez del intelectual, las convenciones académicas, la contracultura, la vulgarización de gustos y costumbres, la infantilización de mentes y actitudes, el progresismo, la religión, la Iglesia, la literatura, caen bajo sus dardos inmisericordes y afilados. Más que conservador, nuestro autor se considera un reaccionario genuino, un ser desmarcado de la historia («El progresista siempre triunfa y el reaccionario siempre tiene razón»). Nicolás Gómez Dávila plantea una enmienda frontal y total a la modernidad, a sus tentaciones, trampas y falacias. Poseedor de una energía corrosiva que lo emparenta con los nihilistas —solamente en la forma, naturalmente— , pretende derribar, no sólo lo antiguo, sino también lo nuevo y lo por venir. Lo hace con rotundidad y eficacia, uniendo la perfección de la forma con la potencia de su pensamiento, para convertirse en uno de los más grandes aforistas en lengua española. Como ocurre tantas veces, sólo el interés de algunos prestigiosos intelectuales extranjeros (Ernst Jünger, Botho Strauss, Franco Volpi) y de su paisano Álvaro Mutis ha permitido a Gómez Dávila salir del olvido y convertirse en un autor de culto.

Gómez Dávila escribió fundamentalmente para sí mismo. Alejado de los circuitos intelectuales de su país, fue capaz de armar una obra casi secreta, sin preocuparse excesivamente de llegar al público lector —todos sus libros salieron en editoriales de organismos públicos, lo que es garantía de escasa difusión— ni convencer a la crítica. Así, fueron llegando sus cinco títulos de sentencias filosóficas: Escolios a un texto implícito I y II (1977), Nuevos Escolios a un texto implícito I y II (1986) y Sucesivos Escolios a un texto implícito (1992). Antes, en 1959, vio la luz Textos I, segunda obra de Gómez Dávila que al igual que la anterior, Notas. Tomo I, está escrita en prosa continua y quedó inconclusa. Textos es importante porque ofrece una clave esencial de su pensamiento, pues según el crítico Francisco Pizano de Brigard, la idea seminal de su teoría de la reacción, es decir, el «texto implícito» al que aluden los Escolios, encontraría su primer desarrollo completo en una parte de la obra citada. La idea del reaccionario, el filósofo que cultiva la inteligencia, es tema recurrente en todos sus escritos con un objetivo muy claro: «El reaccionario no escribe para convencer. Meramente transmite a sus futuros cómplices el legajo de un pleito sagrado».

La libertad no es fin, sino medio. Quien la toma por fin no sabe qué hacer cuando la obtiene.

El futuro próximo traerá probablemente extravagantes catástrofes, pero lo que más seguramente amenaza al mundo no es la violencia de muchedumbres famélicas, sino el hartazgo de masas tediosas.

Sólo las educaciones austeras forman almas delicadas y finas.

El escepticismo es la humildad de la inteligencia.

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres.

La historia de las religiones no es historia de opiniones, sino de aventuras.

El progresista cree que todo se torna pronto obsoleto, salvo sus ideas.

La sociedad moderna corrompe igualmente a ricos y a pobres.

La Biblia no es la voz de Dios, sino del hombre que la encuentra.

Hay ideas que no son verdaderas, pero que debieran serlo.

La inteligencia tiene hoy el deber de pelear hasta el fin batallas de antemano perdidas.

Verdadero aristócrata es el que tiene vida interior. Cualquiera que sea su origen, su rango, o su fortuna.

El hombre actual reclama libertad para que la vileza florezca impune.

Desconfío de toda idea que no parezca obsoleta o grotesca a mis contemporáneos.

La libertad es derecho a ser diferente; la igualdad es prohibición de serlo.

El mundo moderno ya no censura sino al que se rebela contra el envilecimiento.

Siempre hay Termópilas en donde morir.

Aceptamos que nos condenen pero no que nos juzguen.

Lo que el  moderno detesta en la Iglesia católica es su triple herencia: cristiana, romana y helénica.

El peor totalitarismo no es el estatal ni el nacional, sino el social: la sociedad como meta englobante de todas las metas.

El asunto principal de ese misterioso «texto implícito» es la democracia, que aquí se entiende como una especie de «religión antropoteísta», no como un sistema de gobierno. Esta teología atea y progresista, otorga al ser humano el papel de transformar la historia de acuerdo a la medida de sus propios anhelos. Tal declaración universal del hombre como centro de todas las cosas supone la negación de la autonomía de los valores, tema central de su pensamiento, pues para Gómez Dávila los valores no dependen de la historia ni de los vaivenes del juicio humano: son inmutables y autónomos, a la manera platónica. Para Gómez Dávila este antropoteísmo supone una confusión de la historia humana; y como consecuencia de ello, su rechazo total a la doctrina democrática del mundo moderno («En nuestro tiempo, la rebeldía es reaccionaria, o no es más que una farsa hipócrita y fácil»). El crítico germano-colombiano Ernesto Volkening, uno de los estudiosos de la obra de Gómez Dávila, expresa la actitud de nuestro pensador frente al principio de la democracia moderna: «Sólo el reaccionario, tal como lo pinta Nicolás Gómez Dávila, sería capaz de adoptar frente al acontecer histórico una actitud serena e inteligente, y al mismo tiempo moralmente inobjetable, sin caer en el servilismo ante el fait accompli del cual raras veces escapa el marxista habituado a justificar post festum el rumbo que tomaron los eventos, sin pretender tampoco dictar leyes a la historia, como lo hace el liberal cuando, cayendo en el otro extremo, sueña con el derrotero que ella ha debido seguir en su concepto».

He leído seguidos todos los aforismos de este volumen —quizá no sea ésta la mejor forma de leer un libro de 1400 páginas—, del primero («Un texto breve no es un pronunciamiento presuntuoso, sino un gesto que se disipa apenas esbozado ») al último («Escribir es la única forma de distanciarse del siglo en el que le cupo a uno nacer»); no he encontrado ninguno banal o deficiente, y aunque lógicamente se repiten los temas y obsesiones del autor, es rara la página que no contiene al menos un par de aforismos absolutamente memorables. (Para entender mejor la magnitud de Escolios a un texto implícito se me ocurre decir que si leyésemos diez aforismos al día tardaríamos casi tres años en completar su lectura). También hay que destacar la absoluta coherencia ideológica del autor que no traiciona en ningún momento su firme ideario en aras de escribir un aforismo brillante pero impostado en su caso.

Gómez Dávila es un maestro indiscutible del pensamiento aforístico y son muchos los que reconocen su magisterio y se declaran sus discípulos. Con seguridad, la lectura de esta obra unirá a muchos a ese grupo de resistentes. Sólo me resta afirmar que Escolios a un texto implícito es un de esos pocos libros que hay que releer durante toda la vida. Una obra magna de la escritura aforística que no pueden dejar escapar.

Ediciones Atalanta (2ª edición, 2021)
Colección: Ars Brevis, 38
Prólogo: Franco Volpi
1408 págs.

Puntuación: 5 (de 5)

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Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) nació en Bogotá. A los seis años su familia se trasladó a París. Allí adquirió un gran dominio del pensamiento, de las lenguas clásicas y la literatura europea. A los veintitrés años volvió a Bogotá. Con el paso del tiempo, atesoró en su mansión una imponente biblioteca, en la que se recluía a diario para leer y escribir. A lo largo de su vida trabajó en una sabia destilación de todas sus lecturas, que tituló Escolios a un texto implícito (1977-1986). Su obra comenzó a ser reconocida gracias al impulso que recibió en Alemania de Botho Strauss y Ernst Jünger, y a la edición italiana de Adelphi.

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