{Reseña} Ciro Bayo: Chuquisaca o La Plata perulera (Ediciones del Viento)

814f5EVbKuL.jpg

Ya escribió José Cadalso a finales del siglo XVII en sus Cartas marruecas que los españoles sólo gustaban de las novedades extranjeras y despreciaban todo lo suyo… y en esas seguimos desgraciadamente, por lo que me temo que este precioso libro de Ciro Bayo haya pasado totalmente inadvertido desde su publicación hace unos años por Ediciones del Viento. No quiero seguir hurgando en la herida…

Después de una azarosa infancia y juventud y de su primer viaje por Europa (donde aprendería perfectamente francés e inglés) y brevemente a Cuba, Ciro Bayo se embarca hacia Sudamérica donde permanecerá durante once años. Los primeros años los pasó como maestro rural en la provincia de Buenos Aires, en plena Pampa. Intentó llegar a caballo a Chicago para visitar la Exposición Universal, pero acabó recalando en Sucre, donde vivió unos cuatro años, y de ahí a Beni (Amazonía boliviana), donde pasó otros cuatro años antes de regresar a España en 1900 vía Buenos Aires. Esta América del Sur, tanto la que conoció como la que leyó en los cronistas de Indias será la fuente de inspiración de muchos de sus libros. Ya en España, Bayo comienza a ganarse la vida realizando traducciones (su Salambó, de Flaubert es admirable) y escribiendo libros de encargo en el Madrid bohemio (Valle-Inclán lo presenta como don Gay Peregrino en sus Luces de Bohemia). En el periodo 1910-1912 publicaría siete de sus grandes obras, y desde 1913 se dedica, casi exclusivamente a su obras sobre América. Sus últimos años los vivió sufriendo graves apuros económicos, ingresando en un asilo hasta su muerte ocurrida en 1939. Hombre contradictorio, Ciro Bayo fue trotamundos y aventurero antes que escritor —hecho extraño dentro de las letras españolas—, poco amante de las camarillas e intrigas literarias (sólo mantuvo amistad con los hermanos Baroja) y no se adscribió a ningún movimiento cultural, lo que, sin duda, motivó su paulatino olvido. El mismo Bayo se definió en una ocasión: «Lo confieso; soy un español rezagado del siglo XVII».

Llegué, pues, a Sucre por la carretera de Potosí.

Acostumbrado á la visión de la Altiplanicie, no me extrañó el panorama de Chuquisaca. La población de casas a la antigua española con tejados oblicuos, se extiende al pie de dos cerros pelados: el Churuquella y el Sicasica. Entre las casas se levantan pequeñas frondas de patios y huertos, y señorean el vecindario las dos torres de la Catedral.

No sin cierta emoción contemplé la vez primera que apareció a mi vista, esa insigne
ciudad, sede un tiempo de la Audiencia de Charcas, Atenas del Alto Perú y solar de nobilísimos hidalgos de la conquista. Vivieron aquí virreyes, como Mendoza, que vino de Lima para establecer las famosas Ordenanzas; oidores y arzobispos ilustres; escritores como Calancha, Matienzo y Solórzano; varones de santidad, como Francisco Solano y San Alberto; por aquí pasó la Monja Alférez; aquí gobernaron últimamente Valdés, Espartero, Tacón y otros tantos milites, casi contemporáneos. Después, la nueva era; la ciudad santa de las libertades americanas, de la que partieron a predicar la buena nueva estadistas como Monteagudo y Moreno; y en la que vinieron a abatir su vuelo dos águilas caudales: Bolívar y Sucre; el prime ro para dar su nombre a la nueva República, como Rómulo a Roma; el segundo para dar el suyo a la Charcas colonial.

***

Pero, si he de ser franco, ya empezaba a cansarme la enseñanza, porque lo que quería era correr tierras, bajar los Andes y lanzarme a las costas del Pacífico o a las esplendorosas regiones del Oriente boliviano. Sólo que consideraba prematuro ir con la noticia de mi renuncia a mis Mecenas, diciéndoles: ¡Ahí queda eso! Eso supondría darles un desaire y dejar con un palmo de narices a los papás y mamás que me habían confiado la educación de sus hijos; porque, quién se encargaba del Colegio, si yo lo abandonaba.

***

La gala de Sucre es el vecindario criollo, los viracochas; nombre que los súbditos de Atahuallpa dieron a los españoles de Pizarro. Viracocha quiere decir hijo del Sol; y la plebe quichua sigue llamando así a los criollos de sangre azul. Corresponde, pues, a nuestro tratamiento de caballero; y a este tenor, he tenido el gusto de oírme llamar «hijo del Sol» un millón de veces.

Chuquisaca o La Plata perulera fue publicada en Madrid en 1912 por la Librería General de Victoriano Suárez y es, seguramente, la mejor de las obras americanas de Bayo. Comienza con la llegada, procedente de Tucumán, a Sucre (antigua Villa de La Plata), región de Chuquisaca, donde Bayo hace sus primeros y afortunados contactos que le permiten establecerse como maestro de escuela durante toda su estancia en esta mediana ciudad (30.000 habitantes). Al mismo tiempo funda Fígaro. Revista cómico literaria que tuvo solamente seis meses de vida (21 números). Al final, cansado de esta vida cómoda pero monótona, Bayo abandonó Sucre rumbo a los gomales de Beni. Pues bien, en Chuquisaca el autor madrileño pasa revista, no sólo a sus peripecias —que no fueron muy espectaculares— sino a toda la vida de esa pequeña sociedad; libro de viajes, pero también de historia, de antropología, de etnografía y costumbrista, que de todo hay en este magnífico título. Se trata la violenta historia de los presidentes de la República, del estado de la enseñanza y la prensa, del idioma español del Alto Perú y su relación con el quechua y el aimara, del comercio, del soldado boliviano, y de los diferentes estratos sociales y étnicos: indios, cholos o mestizos, viracochas o blancos y extranjeros. Como se ve, en pocas páginas Bayo nos da una visión de la vida de esta atrasada pero chispeante región de Bolivia a principios del siglo XX.

Coetánea de su Lazarillo español, que según el escritor cubano Gastón Baquero «es una de esas obras llamadas a la inmortalidad. Pocas veces el idioma se ha escrito con tanta sencillez, con tamaña grandeza, con semejante esplendor», Chuquisaca comparte el mismo estilo directo, sobrio y castizo que hace amenísima su lectura. En definitiva, Chuquisaca o La Plata perulera es una excelente excusa para iniciarse en un autor hoy poco leído, además de constituir una lectura obligada para cualquier amante de la literatura española de viajes. Totalmente recomendable.

Puntuación: 5 (de 5)
Ediciones del Viento (2009)
Colección: Viento Simún, 45
144 págs.

Ver y Comprar este libro en Amazon: https://amzn.to/3lo7kmB

be885fd2e02148a7bff4f44b5733b572

Ciro Bayo entra en Sucre, antigua Chuquisaca, tras recorrer 273 leguas a caballo desde Tucumán (Argentina), un día de enero de 1892. Se queda durante cinco años en la por entonces capital de Bolivia y allí emprende la aventura de montar un colegio de la noche a la mañana, en el que educará a los hijos de lo más granado de la ciudad y que luego endosará a un verdadero profesor titulado. Narra en este libro divertidas escenas y situaciones de la vida boliviana, como la del preso que huyendo de la cárcel, acude a despedirse del fiscal, o las consecuencias de la costumbre de obligar, (“hacerle beber a una persona una porción de licor igual a la que ha bebido el que hace la invitación”). Finalmente, por su carácter aventurero, consigue un nuevo destino al norte del país, dejando de sus años en Sucre estas páginas deliciosas que Ediciones del Viento ha decidido rescatar de su injusto olvido. (Sinopsis de la editorial)

Ciro_Bayo_web.31195557_std

Ciro Bayo nace en Madrid en 1859. Hijo natural de un banquero vasco y de una dama guipuzcoana, vive en Valencia, Barcelona, Madrid… Después de pasar por la universidad, decide visitar Francia, Alemania e Italia. Luego viaja a Cuba, a la Argentina, Bolivia… Y lo hace como un auténtico hidalgo aventurero, aprovechando cualquier oportunidad que se le presenta. Empieza a escribir en esta época, pero es al regresar a España cuando se dedica de lleno a la literatura. Destacan sus libros de viajes por España y América del Sur, y varias novelas. Ganó el premio Fastenrath de la Real Academia Española con su Lazarillo español (1911), compitiendo con El árbol de la ciencia, de Pio Baroja, uno de sus pocos y mejores amigos. Ramón del Valle-Inclán lo representa como don Peregrino Gay en Luces de Bohemia. Muere en Madrid, en un asilo para escritores, en 1939. Entre sus obras destacan Lazarillo español. Guía de vagos en tierras de España por un peregrino industrioso (1911), Chuquisaca o La Plata perulera; cuadros históricos, tipos y costumbres del Alto Perú (Bolivia) (1912), la novela Orfeo en el infierno (1912), Las grandes cacerías americanas (1927) y Por la América desconocida (1927).

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s